Perdida ya la gran guerra se suceden las batallitas. Los escarceos. Y también las maniobras de huida. Porque aquí ya no hay medallas para nadie. Y porque nadie quiere apuntarse cadáveres. Los cadáveres de la crisis económica. A falta de culpabilidades en los juzgados, no vendría mal que se entonara algún mea culpa más o menos oficial. Pero cuesta. La primera persona del plural es muy socorrida. La frase «vivimos por encima de nuestras posibilidades» tiene su elegancia y, al encerrar parte de mentira y de verdad, lo mismo zurce un roto que abre un descosido. La cuestión es si fue antes la codicia o la desidia. Si el origen de la explosión en cadena, si el big bang de la hecatombe financiera corresponden a ciertos magnates o a determinados políticos. O si esprintaron codo con codo y es necesario utilizar la foto finish para determinar quién cruzó primero la línea de lo insostenible. De momento, el intercambio de golpes no resuelve el dilema. En España, un egregio banquero dispara sin reparo contra los señores de la cosa pública. Y Reino Unido retira el título de caballero a Fred Goodwin, exconsejero del Royal Bank of Scotland, que fue objeto del mayor rescate bancario de la historia. En el fondo, asistir a esta lección de esgrima es como escuchar a posteriori la discusión entre el capitán del Costa Concordia y la Capitanía de Puerto de Livorno. En la tragedia del crucero italiano la conversación sí resulta reveladora. Pero en las oscuras aguas de la economía, donde antes todos parecían capitanes intrépidos, ahora es fácil encontrar la sombra de un Francesco Schettino en cada puerto. En ambos casos, el barco sigue hundiéndose.