En Salamanca, donde hoy se clausura la feria del libro, me he comprado un chorizo de guijuelo que parece la porra del agente Matute, el policía de don Gato. Hay un vinito de la ribera del Duero, un crianza, poca cosa, que entra estupendamente con ese chorizo, unos dados de queso de oveja y unas rebanadas de pan gramado. Así disfrutaban don Quijote y Sancho antes de que se inventara el colesterol, y así disfruto yo ahora que el colesterol, los bancos y el Gobierno amenazan nuestras vidas y nos muestran, como un Virgilio con corbata de Hermés, el averno adonde nos han conducido nuestros pecados. Los directivos y los políticos que nos llevaron hasta aquí están ahora retirados a sus palacios de verano y comen ensaladas de rúcula y tomate raf, y luego, después de la siesta, se dan una vuelta por la playa y piensan, mirando los veleros a lo lejos, en que lo más duro de la crisis está por llegar. Para ellos la crisis es una especie de vago sentimiento de melancolía, como un lied de Schumann o una canción de Django. Nosotros en cambio la sufrimos con mayor pena porque sabemos que nos la merecemos, que no hemos invertido en imasdé, que no hemos ahorrado, que nos hemos comprado un piso a crédito, que nos hemos ido de crucero por el Nilo y que, en fin, los más audaces de nosotros se han comprado un Cayenne. Hoy hemos devuelto el coche, hemos perdido la casa y seguimos sin saber lo que es el imasdé. ¡Que no nos vengan con el colesterol!