A mí últimamente me parece que no hago más que votar. Por ejemplo, voto más que voy al dentista -al cual desde aquí mando un abrazo-. Anda mejor mi dentadura que mi intención de voto, cosas de la alimentación y la democracia. Nos han estado contando los candidatos la Galicia que quieren y la verdad es que tampoco es para tanto. Yo prefiero decir la Galicia que no quiero: la de los vecinos que denuncian al colegio autista de mi hija por si la obras de pintura de este verano fueran ilegales, la de los pokemones y los campeones, la de los excluyentes que confunden el lenguaje con la ideología, la de los dineros be, la de los jóvenes bacaladeros de fin de semana que se matan a doscientos en las curvas de la Costa da Morte, la de la Ciudad de la Cultura, la de los centros de ocio, los museos, los centros comerciales fastuosos y vacíos, la de los abrazos y los achuchones y los besos de los políticos -en general estoy en contra de los besos casi siempre-, la de los colegios donde los niños no aprenden a pensar ni a bailar ni a cantar ni a leer. En fin, la Galicia de las fiestas gastronómicas. Yo quiero un país moderno, culto, limpio, honesto, simpático, solidario, alegre, de donde salga el próximo premio nobel de física o de medicina. Donde una persona honrada pueda progresar y, lo que es más importante, que sus vecinos se alegren. Ese es el país que yo quiero, pero nadie me lo ofrece.