Esto está que arde. Los sindicalistas que, en horario laboral, van a la puerta del juzgado de la bella Alaya a gritar no sé qué de la democracia y de que tienen derecho a gastarse en copas el dinero de las subvenciones; eso lo primero. También lo del lustroso Picardo, que plañe en la ONU desconsolado por sus monas y sus letrinas. Y luego, claro está, la risa que le entra a Montoro cuando habla, como un niño que actúa en la función del colegio, que lo que dice es mentira y lo están viendo sus padres. Lo más gracioso del toples del Congreso es cuando desde las poltronas tachan el desnudo de falta de respeto. Los de las poltronas son esos que se dicen gracietas y maldades, que cambian canicas y negocian postalillas, que escupen en el suelo -figuradamente- y hacen el payaso para convocar audiencia. Yo ya casi prefiero un consejo de ministros en toples, qué quieren que les diga.
El mal también anda echando chispas: incendiarios, violadores, asesinos, infanticidas, en actividad frenética. Y los días en medio del vociferio se achican poco a poco, con la dignidad del otoño que viene a poner orden en un año tan despendolado. Los suecos también se tranquilizan y le dan el Nobel de las letras a una escritora adorable, sensata y canadiense -¿se puede pedir más?-, y Nadal vuelve a ser número uno, de nuevo Dios existe. Y los niños salen del colegio soltándoles un rollo descomunal a sus padres sobre Pedro, Antía, la señorita, la tabla de multiplicar, sobre yo qué sé. Y esto quiere decir que la vida sigue. Menos mal.