La llamada de Íñigo

PODEMOS

De todas las cosas que no es conveniente hacer con un amigo montar un partido es la más evidente. La amistad es de los pocos asuntos sólidos que depara la vida y corresponde no sobarla con la política, en donde los afectos dependen de la última encuesta del CIS y la lealtad se aplaza en cuanto queda libre una subsecretaría. Los abrazos en política pueden ser más falsos que los que se proyectan en un cine y una sonrisa envolver de caramelo la próxima traición.

En España ha habido unos cuantos amigos en política y casi todos acabaron en ese desprecio dolido que solo inspiran los antiguos camaradas. La última pareja ha durado poco, cabalgando su disolución en el mismo ciclón vertiginoso en el que últimamente avanza todo. El carpetazo lo dio una llamada, con lo que duele que te abandonen mientras sientes el frío metálico y ausente de la carcasa de un teléfono. Imagino a Pablo entre patucos y a Íñigo consumando al otro lado la ruptura. Solo ellos conocen la complexión exacta del deterioro de su amistad y la dimensión y el ritmo de cada una de las traiciones que los alejaba un poquito más hasta llegar hasta este duelo público.

La política es nuestro circo y Pablo e Íñigo son dos gladiadores que se destrozarán a garrotazos entre el Telegram, el Twitter y un par de tertulias. Todo este entorno de la nueva política se destroza muy bien. Y muy rápido. Llegaron a nuestras vidas con el compromiso de hacer transparente la trastienda borrosa y sospechosa de lo público y han acabado como una canción de Pimpinela; por eso Íñigo, Pablo esa llamada del jueves debe ser compartida. Queremos saber qué os dijisteis y cómo fue el tono de vuestro desencuentro postrero. Si gritasteis o lo ventilasteis con monosílabos. Qué hicisteis tras colgar. Porque ese último adiós nos corresponde y es el de todo lo que significó Podemos.

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