Sánchez: todas las farsas del presidente


Montado en la furiosa farsa de la manipulación de una sentencia, Pedro Sánchez entró por la puerta trasera de una moción de censura en el palacio que no había conquistado por la puerta delantera de las elecciones de 2015 y 2016, en las que obtuvo los peores resultados de la historia del PSOE.

Tras esa jugada de ventaja, imposible sin la complicidad del golpismo catalán, montó Sánchez la segunda de sus farsas: en la censura proclamó que solo quería regenerar la democracia y dar la palabra al pueblo, pero, ya asentado en la Moncloa, el trampantojo se esfumó. Su objetivo no era convocar elecciones sino acabar la legislatura y utilizar la presidencia, nacida de un pacto ignominioso, para seguir en el poder después del 2020.

Se aprestó entonces Sánchez a montar su nueva farsa, dirigida a asentar la mayoría necesaria para seguir en el poder: una negociación con sus socios separatistas, supuestamente destinada a resolver el llamado problema catalán. En la mente de Sánchez aquella solo era, sin embargo, una añagaza. Cierto: la de un irresponsable aventurero que, al precio de ceder lo que fuera necesario ante las delirantes pretensiones independentistas, aspiraba nada más a ganar tiempo, lo que exigía aprobar los Presupuestos que su activo paje Pablo Iglesias negoció incluso en una cárcel.

Pero su ciega ambición impedía ver a Sánchez lo que percibíamos millones de españoles: que sus constantes concesiones al separatismo nada eran para quienes lo tenían cogido por el cuello. Solo entonces quien se había creído un hábil burlador descubrió ser un de ridículo burlado. Ya cercado, el presidente creía tener en la manga aún una carta: o aprobáis los Presupuestos, amenazó al separatismo, o vendrá el lobo, es decir, un gobierno de derechas. Con ello no logró Pedro Sánchez su objetivo, pero deja tras de sí un destrozo formidable: confirmar al separatismo en el delirio de que sus proyectos no son el fruto del egoísmo sectario e insolidario del credo nacionalista, sino la lógica reacción frente a un Estado que quiere acabar con la identidad de Cataluña. El nacionalismo precisa un enemigo y Sánchez, con una irresponsabilidad descomunal, se lo regala como acto inicial de la próxima campaña electoral.

Y al tiempo que lo hace, ya desahuciado, monta su farsa final, con la vista puesta en los comicios generales: ha sido la negativa del Gobierno a hablar de autodeterminación -proclama la inefable vicepresidenta- la que ha roto los tratos con los secesionistas. Otra burda falsedad: el Gobierno llevaba semanas negociando sobre los disparatados 21 puntos de Torra (ese que anteayer declaró que la voluntad popular no está sujeta en democracia al contenido de la Constitución y de las leyes) y solo la inmensa escandalera que ello provocó dentro y fuera del PSOE obligó a Sánchez a parar su plan de poner la unidad del Estado en almoneda con tal de seguir en el poder. Esa es la historia.

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