No es el idioma, es el racismo


Cataluña siempre ha sido una tierra de acogida. Lo saben muy bien los gallegos que emigraron a Barcelona, los que abrieron allí prósperos restaurantes, los que desde allí triunfaron en la industria cinematográfica y los que encontraron un trabajo modesto. Este cronista viajó mucho a Cataluña, dio conferencias, escribe en un periódico catalán, fue comentarista (en castellano) en una televisión que emite en catalán, recibió premios periodísticos, alguno tan notable como el Godó, y jamás tuvo el menor problema con el idioma. Ocurría lo mismo que en Galicia: si alguien me escuchaba hablar en castellano, en castellano se dirigía a mí.

Algo debe estar cambiando después de escuchar que Anna Erra, alcaldesa de Vic, hizo esta recomendación: no hablar en castellano a gente que «por su acento o su aspecto físico no parece catalana». Y eso no lo dijo en una charleta de café. Lo dijo en un discurso que tenía escrito y que leyó en el Parlament. Armó una escandalera nacional. Por supuesto, la señora Erra tiene todo el derecho a promocionar el aprendizaje del idioma catalán, como nosotros lo tenemos a promocionar el gallego. Si su intención es que los inmigrantes lo aprendan, no hay nada que reprochar. Lo que es preciso es aclarar que no es una idea suya: es del gobierno de Quim Torra, que el pasado mes de septiembre lanzó la campaña «No em canviïs de llengua»; exactamente lo mismo que dice Anna Erra para erradicar la costumbre (la buena educación) de hablar en castellano a quien es de otro país.

Lo grave del episodio es ese fondo supremacista de Erra y del Govern, que demuestra la intolerancia del independentismo, llevada ahora al territorio del idioma. Lo más grave es que bajo la disculpa o el propósito confesado de integrar al extranjero a través de la lengua, se trata de excluir al castellano del lenguaje de la calle como un método más de ruptura con España. Y lo gravísimo es el racismo que se esconde detrás de la referencia al «aspecto físico» del interlocutor. ¿Cómo se distingue a un catalán, por ejemplo, de un aragonés que cruzó la raya? ¿Cómo se le distingue de un gallego que fue a ver la Sagrada Familia? ¿Existe una raza catalana que permite identificar a un «catalán autóctono» -esa es la expresión de Erra- en la Rambla? Es la misma xenofobia que había en Xabier Arzallus cuando exaltaba el RH negativo de los vascos como factor diferenciador de los demás pueblos de España. Es el racismo que hay en muy conocidos textos del señor Torra. Es el asomo de racismo que se está notando en algunos discursos políticos. Y que no se engañe nadie: no se trata solo de obligar a hablar el catalán. Se trata de avergonzar y de marginar al que habla español. Esa es la cuestión.

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