Los sermones que nos endilga el presidente del Gobierno sobre el coronavirus se sustentan en dos ideas -en realidad dos tópicos- expresadas como dogmas: «Nosotros hacemos lo que dicen los técnicos», y «la batalla contra el virus la vamos a ganar». Por eso, tras mezclar en mi almirez de politólogo un ideario tan pobre con una palabrería tan rica, he llegado a dos deprimentes conclusiones: que Sánchez utiliza a los técnicos como un escudo que le protege de su banalidad política y de su desnortada interpretación de la pandemia; y que su militar arenga contra el virus oculta su pesimista convicción de que «todas las pandemias se acaban cuando el virus deja de matar».

Lo primero que conviene saber es que la confusión de la esfera técnica con la política pone de manifiesto una funesta debilidad. Porque los técnicos saben de virus y de contagios, y de altas y defunciones, pero no están capacitados para tomar -ni siquiera aconsejar- decisiones políticas de enorme complejidad, cuyas consecuencias, innúmeras y enrevesadas, pueden causar males tan graves como el propio virus. Por eso, si Sánchez quisiese hablar con propiedad, debería decir: «Tras escuchar los diferentes y contradictorios informes técnicos -¡porque los técnicos también marran, se contradicen, tienen sus legítimos y cruzados intereses, y sufren tentaciones de adular a quien los nombra!-, he tomado las siguientes decisiones…». El problema, ya lo sé, es que este lenguaje, más preciso, lo sumerge en la soledad del poder, le hace asumir sus errores, y lo priva del escudo cientificista contra el que la sociedad actual -¡cuerpo a tierra, que habló la bata blanca!- está inerme.

Sobre el segundo principio, basado en que todas las guerras, catástrofes, pandemias, hambrunas y terremotos tuvieron su fin, sería bueno que el presidente reconociese que los españoles no necesitamos arengas ni cornetín de órdenes, sino revisar el acierto y la oportunidad de las decisiones tomadas, para saber si los costes de la pandemia aumentaron o disminuyeron con el mando único. Necesitamos saber, por ejemplo, qué razones hubo para aplazar la heroica batalla contra el COVID-19 hasta después del 8 de marzo; si hemos cerrado a tiempo las conexiones con Italia y otros extranjeros; si ningún técnico se dio cuenta de que nuestra galáctica sanidad carecía de tecnologías tan avanzadas como las mascarillas y las batas protectoras; si ningún técnico advirtió que en España hay 400.000 mayores, casi todos con patologías previas, internados en residencias que fueron dejadas de la mano de Dios; si la centralización de la compra y distribución de materiales funciona o es un caos. Et sic de alliis, decían los clásicos.

Pero de todo esto no hay responsables, porque el Gobierno hace lo que le dicen los técnicos, y los técnicos son dioses menores más inviolables que el viejo rey. Y porque los ciudadanos creemos que la mezcla de la técnica con la política es un requisito de la unidad que necesitamos para salvar la patria y ser decentes.

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Técnica y política contra la crisis