La ascensión de Calviño


Nada me gustaría más que haber visto los saludos y corrillos de los ministros a la entrada del Consejo de ayer. Especialmente el de Nadia Calviño y Pablo Iglesias. Es una pena que estén prohibidos los besos por el virus. Si no lo estuvieran, la Secretaría de Estado de Comunicación habría remitido una foto para demostrar la cordialidad reinante y la superación del conflicto abierto por el pacto con Bildu. Y aun sin esa foto, no es difícil imaginar un cruce de sonrisas, que la política sigue siendo el arte de disimular. Pero, como en la vida misma, la procesión va por dentro. En ese Consejo de Ministros la tensión se tiene que cortar con una navaja. Si Pedro Sánchez fuese gallego, habría comenzado así la reunión en busca de la calma: «Compañeiras e compañeiros, pasóu o que pasóu». Y le daría la palabra a Salvador Illa. Pues bien: pasado o que pasóu, el presidente impuso la urgente tarea de que parezca que todo ha sido correcto, se hizo lo que se tenía que hacer por el bien de la patria, que era el estado de alarma, y que no haya vencedores ni vencidos. «Somos un equipo», habrá dicho. Una consigna de seguir como una piña, solidarios y tal, y no discutamos más. Sobre todo, no discutamos fuera de aquí. La portavoz se encargó después de defender lo indefendible con su vehemencia habitual y, naturalmente, le echó la culpa al PP por estar en contra de la prórroga.

Pero sí hubo vencidos y una vencedora. Los vencidos son el propio Sánchez, a quien la memoria documental le recordó cómo se había comprometido a no pactar jamás con Bildu y la credibilidad de su palabra volvió a quedar bajo mínimos, y Pablo Iglesias. El renovado secretario general de Podemos tiene razón cuando recuerda que la derogación íntegra de la reforma laboral figura en el acuerdo de coalición. Seguirá siendo beatificado por sus votantes. Pero tendrá que hacer esfuerzos ímprobos para quitarse de encima la imagen bolivariana, reforzada ahora por su enemistad con los poderes económicos.

La ganadora es Nadia Calviño, aupada al liderazgo del sector liberal, quizá realista, de la coalición. Seis palabras del presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, expiden el certificado de ese liderazgo: «Una cabeza sensata en el Gobierno». Le faltó decir «la única cabeza sensata». Su rebeldía contra el acuerdo, su valentía para imponer la retirada de la «derogación íntegra», su actuación como valedora del mundo empresarial ante la izquierda gobernante la convirtieron en indiscutible. Fue llamada para esa misión y la cumple. Ya es un símbolo en este Gobierno. Y, vista la dejación de Pedro Sánchez en la culminación del pacto, se puede decir que es la co-presidenta económica. Seguro que se lo harán pagar.

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