Un café y el periódico


Escribió Joseph Conrad en esa maravilla que es La línea de sombra que el paso de la juventud a la madurez hace que las personas inteligentes se asienten y ganen en perspectiva, lo que suele traer calma y respeto. Las despiertas. Poco podemos esperar de los que creen que el mundo se va a terminar mañana. De los que dicen que Castelao era un xenófobo y un racista, sin haberlo leído jamás. Ni por el forro. De los que reniegan de las vacunas. De los que están siempre enfadados, porque básicamente se odian a sí mismos. Del que se muerde la lengua y se envenena, seguro. Las personas tóxicas son bombas errantes. No hay un buen lugar en la Tierra para que el agrio se encuentre a gusto. Los fanáticos abrazan causas imposibles, absurdas, porque la suya ya la han perdido hace tiempo. Ni siquiera Pandemia ha contribuido a que el alterado aprenda. Conrad en ese libro decía que la vida es, sobre todo, intentar no desanimarse, aunque en ocasiones parezca difícil no hacerlo, y saber que la mejor manera de llegar es a media máquina: «La verdad es que de nada, bueno ni malo, se debe hacer demasiado caso en esta vida. La vida a media máquina». Del genial escritor polaco, que narró con talento en un inglés de adopción, es también otra gran certeza: «Cualquier esfuerzo nace de una necesidad». Nadie hace nada sin sacar algo. A veces, solo una sonrisa. Las crisis traen demasiados vendedores de crecepelos. Encontrar la pausa es lo que lleva a buen puerto una navegación sabia. No se puede estar descubriendo América todas las mañanas. La vida es sujeto, verbo y predicado. Y cuando vas cumpliendo décadas ya sabes que una parte de ella es un fraude, como intentar hacer una carambola al billar con las troneras tapadas con cemento. Las batallas sirven para contar muertos. Algunas de las imágenes que vemos de fiestas ilegales, de botellones, de despropósitos, son la demostración de que el hombre seguirá tropezando con las mismas piedras. Y, aunque estamos rodeados por lo que parece un concurso de quién es el más imprudente, sigo con Conrad y digo con él que «es preciso que un hombre luche contra la mala suerte, contra sus errores, su conciencia y otras zarandajas. Si no, ¿contra qué lucharía uno?». Más perlas de Conrad: «Encontrar esas personas que valen tanto como su palabra». «Sentir la pasajera alegría de la libertad». «Jamás debería uno estar seguro de nada». Y apreciar los pequeños placeres. Por ejemplo, un café y un periódico en un bar. No les digo que lean a Conrad, si no les apetece, aunque deberían, pero vayan a su bar favorito, tomen aire, elijan una mesa tranquila y vuelvan a pedirse ese café que se ha hecho tanto de rogar. Y, junto al café, el gusto de hojear La Voz para hallar en ella el resumen sudado en tinta de veinticuatro horas. Una foto fija de una jornada, de la primera página a la última, que demuestra que la calma que prescribió el marino polaco Conrad se aprende conociendo. Sean cazadores de palabras. Mantengan su rumbo. Por ir más rápido, no se van a ahorrar ninguno de los ocho errores de Laplace que encontrarán en este diario, en su vida.

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