La pandemia de los faroles


No son solo las decenas de miles de vidas que se lleva por delante. Que es lo más grave. Ni que nuestra economía caiga un 18,5 % en un trimestre. Que también. Es que la pandemia que nos asola evidencia el papel de algunas autonomías y la capacidad de sus presidentes, que hace unos meses sacaban pecho exigiendo poder liderar la lucha contra el virus y ahora recurren, impotentes, a que el primo de zumosol les eche una mano.

Aquellos que más se distinguieron por alzar la voz exigiendo tomar decisiones en sus territorios son ahora los primeros en pedir coordinación y directrices que seguir. Los que reclamaban poder decidir y quisieron ser los primeros en casi todo se muestran impotentes ante los rebrotes y piden un mando único. Caso aparte es el del mozo de los recados Torra, que, de acusar de tener intervenida Cataluña y secuestrados a los catalanes, no descarta adoptar idénticas medidas. Lo de Pablo Casado da para otro capítulo, porque después de meses vociferando contra el estado de alarma, ahora, con la cortesía que le asiste, pide que se limiten los derechos de los ciudadanos. Eso sí, sin llamarlo estado de alarma porque no es de su agrado, aunque quizá no le importa que se llame estado de espanto, que queda bastante mejor y asusta menos. Todo con tal de que establezca lo que antes rechazó.

A la vista de lo que acontece, habrá que reflexionar si fue acertado ceder la gestión a las autonomías y analizar los beneficios de la descentralización. Porque ahora que dictan sus propias normas, tan dispares como contradictorias, estamos con el agua al cuello. Y las más afectadas aplican tarde o a medias los planes sanitarios.

El Gobierno de Sánchez no ha sido lo que se dice un ejemplo. Sus decisiones fueron tardías y muchas de ellas erróneas Y la comunicación, un absoluto desastre. Pero a medida que pasa el tiempo vamos viendo que, quienes entonces decían disponer de deslumbrantes y eficaces recetas, estaban jugando de farol. Y eso en una situación tan trágica como la que vivimos, con decenas de miles de muertos, millones de parados y un país a punto de sufrir un patatús, resulta intolerable. Porque nos engañaron con soluciones que no tenían. Sin respetar a los 45.000 que no superaron el desastre.

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