La mentira de Jesús Vázquez


Hay pocas personas que digan que mienten. La mentira no está bien vista y sin embargo resulta imprescindible para sobrevivir a nuestro día a día. Mentiras tan necesarias como cuando le respondes a tu madre que estás bien; cuando les dices a tus hijos que no pasa nada o cuando le sonríes a tu jefe. Sin la mentira no cabe imaginar ninguna relación social, pero nos empeñamos en marcar con una cruz a quienes no dicen la verdad (cuando en realidad nadie es capaz de sostenerla). La mentira, decía Sócrates, solo puede admitirse delante de los enemigos o frente a aquellos amigos que se disponen a hacer algo malo por insensatez. Pero no hay mejor mentira que la que nos deja en paz con los demás. Lo contó Jesús Vázquez esta semana en el programa de Bertín Osborne. El presentador, acosado por los mentirosos que lo acusaron de tener relaciones sexuales con menores en el famoso caso Arny, padeció el dolor de ir a juicio por quienes levantaron falso testimonio contra él. En esa insoportable nebulosa de injusticia y desprecio social, tuvo que sufrir la enfermedad de su madre, incapaz de sobrellevar la pena del escándalo que se montaba alrededor de su hijo. En su lecho de muerte, a Jesús solo otra mentira lo salvó de la que padecía en sus carnes. «Le confesé a ella que por fin estaba libre, que la pesadilla se había acabado; y al día siguiente se murió». Nunca una mentira fue tan verdad.

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