España, incesante duelo a garrotazos


Es difícil imaginar una situación más delicada que la que ahora atravesamos: sufrimos desde marzo pasado una pandemia a la que nadie parece todavía verle fin y que, hoy fuera de control, avanza la tercera de sus olas en diez meses; nos enfrentamos a una crisis económica que ha generado una caída de nuestro PIB superior a la de los demás países de la UE y se ha traducido en un aumento exponencial del desempleo; ha comenzado con resultados decepcionantes, por no decir caóticos, y perspectivas alarmantes, la vacunación contra el covid-19, única salida que de momento se entrevé para poner freno a los contagios; en fin, y por si todo lo anterior no pintase un angustioso panorama, acabamos de vivir una nevada desconocida desde hace 50 años que ha dejado Madrid al borde del colapso, bloqueado carreteras y vías férreas y afectado seriamente al tráfico de mercancías y personas.

Pese a tan somera descripción, cualquiera en su sano juicio deduciría de ella de inmediato que la clase política de un país que vive una situación de tanta gravedad ha logrado llegar a un acuerdo, aunque sea provisional, para reducir en lo posible las fricciones partidistas, aumentar los consensos sobre las decisiones más trascendentales y reforzar la colaboración y coordinación entre los ejecutivos y las administraciones de sus tres órdenes de poder: local, autonómico y central.

En España ha ocurrido, sin embargo, lo contrario: a medida que la situación se ha ido agravando, la gresca partidista y territorial no ha hecho más que aumentar hasta colocarse en niveles simplemente vergonzosos. Todo, desde el asalto trumpista al Capitolio hasta el reparto de las vacunas, pasando por la gestión de la nevada, sirve hoy para engordar una bronca que no cesa. Los españoles, ya acostumbrados, y quizá incluso anestesiados, la contemplamos sin el grado de indignación que tal espectáculo debiera provocarnos.

Entiéndaseme bien: no creo que todos los gobernantes se comporten con la misma eficacia y responsabilidad ni que todos merezcan, por tanto, críticas idénticas, pues hay quien cumple sus obligaciones razonablemente bien y quien lo hace rematadamente mal; ni creo tampoco que el comportamiento de todos los partidos sea equiparable: existen grandes diferencias entre los que, mal que bien, intentan combinar sus intereses particulares con los intereses generales y los que solo saben de los primeros y han olvidado ¡por completo! los segundos. De ello hablo en esta columna día tras día con la claridad de quien tiene el privilegio de dirigirse a cientos de miles de lectores.

Pero con idéntica claridad es necesario subrayar que todo tiene un límite y que lo que hoy debemos exigir y esperar de quienes gestionan el presente y el futuro de cuarenta y siete millones de personas en una situación tan peligrosa como la que llevamos padeciendo y aún padeceremos es una responsabilidad que brilla por su ausencia y un compromiso con el bien común por el que muy pocos políticos parecen sentirse concernidos.

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