Hasel y la superioridad de la izquierda

E. Parra. POOL

España en particular, pero también el mundo en general, tienen pendiente de aclarar una cuestión sobre el extremismo ideológico. La pregunta concreta que necesita una respuesta urgente es: ¿por qué la extrema derecha tiene una imagen internacionalmente abominable, hasta el punto de que existe en la práctica un consenso mainstream para repudiarla y marginarla parlamentariamente, mientras que a la extrema izquierda no solo no se la estigmatiza, sino que se le permite dar lecciones morales y hasta, como en el caso de España, gobernar el país? La falta de respuesta a ese enigma político está detrás de los execrables actos de terrorismo callejero que España padece estos días. Solo bajo el prisma de la creencia en una superioridad moral de la izquierda se puede entender que incluso desde el ala socialista del Gobierno se invoque la libertad de expresión cada vez que se habla de un malhechor como Pablo Rivadulla, alias Hasel, aunque sea para criticarle.

Ya no se trata de que una horda de profesionales de la violencia y el vandalismo - entreverada de niños bien haciendo el ganso- incendie la calles, sino de que hay una tropa de opinadores insensatos que se ponen estupendos y sostienen que no están de acuerdo con lo que dice Hasel, pero defenderían con su vida su derecho a decirlo, declarándose volterianos sin saber que Voltaire no dijo jamás tal cosa. Parecen ignorar que lo primero que harían especímenes como Rivadulla, si pudieran, es acabar con su libertad de expresión. Hasta el propio Pablo Iglesias tiene declarado que le repele que existan medios de comunicación libres. No es necesario explicar que si el encarcelado no fuera Hasel, sino un presunto artista de extrema derecha tan falto de luces como él, que los hay, o si fuera esa repelente niña neonazi, también artista a su manera, que declara que el judío es el enemigo, aquí no saldría nadie, ni en la calle ni en la prensa, a defender su libertad de expresión, sino más bien a pedir que se pudra en la cárcel. Pero no hace falta irse a esos extremos. Basta imaginar qué estaría ocurriendo y qué diría la izquierda, la radical y la socialdemócrata, si un dirigente de Vox hubiera expresado «todo su apoyo» a quienes apedrean a la policía. La extrema izquierda de Podemos puede sin embargo, con la colaboración del secesionismo golpista, alentar la violencia, cuestionar a las fuerzas de seguridad y gobernar España.

En la sociedad en la que vivimos, Hitler es con razón unánimemente diabólico. Pero Lenin, asesino de masas, es venerado por ministros de este Gobierno. Stalin, salvaje y psicópata como el führer, puede ser reivindicado sin reproche. Y de Mao, el mayor genocida de la historia, se venden camisetas. Quizá si hubiéramos empezado por enseñarles en la escuela a esos vándalos que saquean y apedrean creyéndose impunes que el crimen político es algo abominable, venga de donde venga, no tendríamos que explicarles a Rivadulla y a esa tropa de opinantes que incitar al odio y ejercer la violencia es un delito. En prosa y en verso. Por la derecha, y por la izquierda.

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