Infancias: me miran mucho, pero no me ven

Ricardo Fandiño Pascual DOCTOR Y PSICÓLOGO CLÍNICO. COORDINADOR XERAL DE LA ASOCIACIÓN PARA A SAÚDE EMOCIONAL NA INFANCIA E A ADOLESCENCIA

OPINIÓN

María Pedreda

12 ene 2026 . Actualizado a las 12:21 h.

En los últimos años vemos un cambio progresivo en la forma en que muchas familias se relacionan con la infancia. No hablamos de errores en la crianza y en la educación, sino de un giro cultural que atraviesa a toda la sociedad. Este consiste en que, cada vez más, a los adultos les cuesta ejercer una función orientadora y, en ocasiones, encuentran en los hijos un lugar desde el que sostener su propia valía. Como si la vida infantil fuese el espacio donde hoy se legitima la identidad adulta.

Este fenómeno tiene efectos evidentes. Para muchos padres, la sensación de hacerlo bien depende de cómo «funcionan» los hijos: si encajan, si llevan una vida social fluida o si no generan problemas. Cuando eso ocurre, aparece la idea de estar cumpliendo; cuando no, surge la sensación de fallo. Muchas veces, esa angustia habla más de la vulnerabilidad adulta en un contexto incierto que del malestar real del niño o del adolescente.

La vida cotidiana muestra con claridad este desplazamiento. En muchas familias, ritmos, horarios y vínculos giran alrededor del universo infantil: cumpleaños, actividades, celebraciones, grupos de mensajería o encuentros improvisados. La vida adulta queda a menudo absorbida por esa dinámica, y buena parte de los lazos sociales se estructuran a través de la figura del hijo. También en el ámbito económico se percibe este patrón. Una buena parte del gasto familiar se orienta a garantizar que el hijo no quede al margen del marco social dominante de su grupo de iguales. Más allá del consumo, lo relevante es la lógica emocional contemporánea por la que el bienestar del hijo se convierte en un indicador de la valía adulta, mientras que su malestar se vive como un cuestionamiento.

En este clima aparecen infancias y adolescencias muy miradas, pero poco vistas: observadas, controladas e interpretadas en exceso, pero raramente percibidas en su singularidad. La presencia del niño ocupa el centro de la escena familiar, pero su subjetividad se difumina cuando la mirada adulta busca confirmación más que encuentro. Las consecuencias de esta dinámica son cada vez más frecuentes; hay adolescentes que sienten que deben sostener la estabilidad emocional del adulto, como si fueran responsables del clima familiar. Otros esquivan el conflicto o se esfuerzan por mostrarse impecables porque perciben que la tranquilidad del entorno depende de ellos. También crece la dificultad para tolerar la frustración: cuando el niño es tratado como una extensión emocional del adulto, disminuyen los espacios donde puede experimentar límites, espera o contrariedad, elementos claves para la maduración psíquica. Y este fenómeno también atrapa a los padres, que sienten que cualquier tropiezo del hijo como una decepción o incluso una afrenta.

El riesgo es claro. Cuando el hijo se convierte en espejo del adulto, queda sometido a una presión silenciosa para sostener algo que no le corresponde. Y, al mismo tiempo, el adulto pierde nitidez para percibir la subjetividad infantil: sus ritmos, su torpeza, su diferencia. Esa centralidad del niño puede convertirse, paradójicamente, en una forma de invisibilización.

Ahí está la gran paradoja: esta recentralización no se dirige al hijo real, sino a un hijo imaginado. No al sujeto concreto, sino a la imagen ideal que el adulto, atravesado por un contexto frágil, necesita para sentirse competente o reconocido. Ese hijo ideal ocupa el lugar del hijo verdadero, que duda, tropieza, se aburre o se encierra. Cuando el adulto mira al niño para confirmarse, deja de verlo como sujeto.

La tarea urgente no pasa por intensificar la centralidad del niño, sino por recuperar la diferencia generacional que permite que cada cual habite su lugar. Las infancias necesitan adultos con vida propia, no adultos que dependan de ellas para sostenerse. Necesitan ser miradas, sí, pero miradas de verdad: no para confirmar nada, sino para ser vistos y poder existir en su singularidad.