Nenos, alumnos, pais e...
Estamos nun momento no que as aulas son as máis diversas ca nunca: alumnado procedente doutros países, distintas realidades sociais, dificultades académicas, necesidades específicas de apoio educativo… Esta diversidade, que debería ser unha riqueza, convértese con demasiada frecuencia nun reto.
Estas diferenzas reflíctense no día a día nos centros, onde moitas veces o profesorado non conta coa capacidade real de resposta: ben por falta de formación específica, ben por escaseza de recursos ou, nalgúns casos, por unha xestión pouco axeitada das situacións complexas. O resultado é unha comunidade educativa tensionada e, en ocasións, desamparada.
As familias afrontamos esta realidade desde outro punto de vista. Ademais das dificultades propias da conciliación e dos nosos problemas persoais, atopámonos cun sistema que non sempre nos convida a formar parte activa da comunidade educativa. E no medio de todo isto queda o máis importante: o alumnado, que con frecuencia acaba relegado a un segundo plano.
A institución que debería actuar como eixo vertebrador destes tres piares —alumnado, familias e profesorado— apenas se percibe. Mentres a Consellería de Educación presume de compromiso e vontade de diálogo, a sensación nos centros é ben distinta.
E no que respecta á inspección educativa, a súa intervención adoita limitarse a remitir as familias aos titores, xefes de estudos ou equipos directivos, mesmo cando estes son parte implicada no conflito. Un organismo que debería exercer unha función mediadora convértese, na práctica, nun filtro que atrasa solucións e incrementa a frustración. Así, cando finalmente se recorre á inspección xa non se fai para mediar, senón para denunciar. O alumnado e as familias deben ser escoitados. Non pode imperar a lei do silencio nin a desatención. A educación, para ser transformadora, debe comezar pola palabra, polo diálogo e pola responsabilidade compartida. Ás voces que enchen cada aula deben ser escoitadas. ¿Onde está ese compromiso, señor conselleiro? S. I. Lalín.
El malo es Trump
El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán y el secuestro del presidente Nicolás Maduro en Venezuela forman parte de un ataque a la economía mundial a través del petróleo.
Trump quiere cortar el flujo del oro negro a China y a Europa para tratar de ahogar sus economías. En esta situación la Unión Europea es el eslabón más débil y es la demostración de que el objetivo de Donald Trump pasa por destruir la economía de los países del Viejo Continente. Por eso la amenaza no es Irán ni Rusia ni Cuba ni Venezuela ni China ni Corea del Norte. La verdadera y gran amenaza para el mundo son los EE.UU. e Israel, Trump y Netanyahu.
Ellos no son los buenos de la película, son los monstruos de una terrible realidad que supera a la ficción en cuanto al salvajismo y la barbarie que en el caso de los genocidas no tienen límites. Son dos genocidas que atacan Irán con la excusa de ayudar al pueblo iraní, y resultó que entre sus objetivos militares se encontró una escuela de primaria.André Abeledo.
Cuando la biblioteca solo molesta
Hace unos días me crucé en redes sociales con una publicación del BNG de Sada. En ella, la agrupación política mostraba una fotografía de una selección de libros de la biblioteca local. No se ofrecían detalles del motivo de la selección, pero por los títulos bien podrían ser recomendaciones o novedades. Entre otros, había obras de David Uclés, Sonsoles Ónega, Carlos Zanón, Gisele Pelicot, Luis Landero e Iñaki Urdangarín.
El texto de la publicación se lamentaba del criterio a la hora de escoger las obras, ya que, según mencionaban, las había a priori muy interesantes, pero también había otras de que no eran del gusto del grupo nacionalista, por lo que sugerían a la biblioteca que revisase sus criterios de selección. Una biblioteca debería estar a salvo de las manos de los políticos. Y si la selección de títulos incomoda a algún grupo, significa que la cultura está cumpliendo su función. Alberto Cotelo. Carballo.
Churros y castizos
Hace unos días los medios se hicieron eco de la presentación a bombo y platillo del diseño del trofeo que se entregará al ganador del Gran Premio de España de Fórmula 1, que se celebrará en las calles de Madrid en septiembre. A muchos se les ha llenado la boca de elogios hacia la pieza salida del prestigiosísimo estudio Pininfarina, desconocidísimo para todo aquel que no ha visto en su vida un Ferrari o un Maserati: original, sobrio en sus formas, fluido en sus líneas, símbolo de modernidad, icónico, mítico, ético, pelético y pelapelambrético. En lo que no parecen haber reparado es que tiene toda la pinta de ser un churro, pero de los caros.
Quienes se decantaron por el proyecto de los italianos acertaron de pleno porque la fritura viene a representar la mismidad de lo madrileño tanto como el chotis, los callos, el oso y el madroño; que la cultura churrera tuvo su arraigo en ferias y verbenas decimonónicas, según dicen los historiadores. Ahí es nada. Se busca primar el renombre antes que la calidad. José Juan González.