Seguramente, el Guernica de Pablo Picasso sería considerado igualmente una excelsa obra de arte incluso si la Legión Cóndor no hubiera arrasado nunca la localidad vizcaína. El cuadro, en sí mismo, sin lo que representa, ya es una joya. Pero la realidad es que no se puede disociar la obra de la masacre y destrucción del icónico pueblo vizcaíno. La carga simbólica de esta pintura, su capacidad para emocionar, viene de que cada vez que se admiran sus pinceladas se escuchan los gritos de sus habitantes y se ve todo el horror que ellos vieron caer de un cielo que los nazis tornaron maldito.
Es por ello que, sin apasionamiento y sin la política por el medio, no parece ninguna rareza que el cuadro pudiera pasar una temporada en el País Vasco, donde Guernica es mucho más que una modesta población de 17.000 habitantes. Es el símbolo de un pueblo y el recuerdo de la barbarie que el ser humano es capaz de perpetrar desde una profunda irracionalidad. Euskadi se merece exponer el cuadro en uno de sus museos, tanto como desagravio como sublimación de la obra de Picasso, que pasará a estar más unida si cabe a un episodio que le ha dado un sentido más grande que la obra en sí y que jamás se borrará de la memoria.
Pero cuestiones técnicas y de conservación a un lado, que no son baladíes, aquí está entrando en juego la política. Primero, por parte de los nacionalistas vascos, que no pierden ocasión de instrumentalizar lo que sea para crear identidad e inventarse un agravio. El PNV ya ha puesto sobre la mesa el debate y un nuevo chantaje al Gobierno, al que pretende doblar, una vez más, su brazo de blandiblú.
«Sacaron a Franco de su tumba, pero no son capaces de traer un cuadro de Madrid a Euskadi. La pelota está en su tejado. Que respondan», dijo el lendakari en la calentura típica del PNV en la celebración del Aberri Eguna (día de la patria vasca). Que nadie lo dude: el PNV siempre gana en esta partida. Si le dan el cuadro, se hará justicia y acabarán pidiendo que se quede de forma permanente. Y si no se lo dan, pues ya tenemos un agravio más por parte del Estado español.
Pero el acoso político que está sufriendo el Guernica no viene solo de los nacionalistas. También se ha activado sin perder un segundo la presidenta de la Comunidad de Madrid, que calificó de catetada la petición de trasladar la obra de Picasso. Para Ayuso, a quien no le falta parte de razón, lo que hace el PNV es construir un agravio del que quejarse. Pero lo de la catetada es más su habitual estrategia de confrontación, bien con el Gobierno, bien con los soberanistas. Si sus comentarios se hubieran quedado en que esta operación no se puede hacer por razones técnicas, habría estado perfecta.
El caso es que el asunto promete tener recorrido y uno ya se imagina a Pedro Sánchez cediendo al chantaje y trasladando el Guernica por una cuestión de mero interés político, y no porque se trate de algo justo, positivo o necesario. Quién sabe lo que diría Picasso si observara desde fuera esta controversia. Lo que es seguro es que despreciaría profundamente este manoseo político al que están sometiendo a su gran obra.