La virginidad también se rompe

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Me rompieron el corazón y la virginidad a la vez. Quizás todavía no tenía edad para enamorarme, y mucho menos para comprobar si mi prepucio estaba preparado para otra persona que no fuese yo mismo. Uno no madura al mismo ritmo que su entrepierna. Libertad selectiva.

Me enamoré antes de tiempo, antes incluso de crear mi propio criterio sobre las cosas, me apresuré en eso del amor y cuando quise darme cuenta, Pau Donés salía al escenario del campo de fútbol de Os Remedios mientras Inma, a mi lado, me rozaba la mano a propósito intentando desafiar a unas hormonas que ya venían revueltas de serie. Pero me dormí.

Desperté por un aplauso, uno que sonó justo en mitad de dos canciones que ni su madre sería capaz de diferenciar.

Terminaron con La Flaca, el éxito que todos habían ido a ver y que sonó después de que Pau se dejase querer y saliese hasta tres veces para tres bises. Alguien debería encarcelar al que inventó los bises.

En un acto de júbilo fingido silbé con fuerza, el tipo de silbido largo de duración, el silbido que significa «gracias, ya está bien», el ok que zanja la conversación de manera tácita y sin violencia.

Llevé a Inma de bares. Para los de nuestra edad, alguien había decidido convertir los bares en mini discotecas con nombres poco atractivos pero efectivos: LoQra, Toca Toca, Persígueme Rodríguez, Ticopa, Ábora. La mayor parte del tiempo sonaba música disco mezcla de house y bakalao, los días buenos algo latino o la agotada banda sonora inmortal de Grease. Servían alcohol sin preguntar la edad y una tarjeta a la entrada y otra a la salida funcionaban perfectas como consumición obligatoria y cárcel momentánea.

Después de merodear con habilidad «la zona muerta» ?rincón oscuro que todo bar parece tener por convenio universal- convencido de mis posibilidades, visité el lavabo para salpicarme con ese chorro de agua confiante que abre los ojos y agudiza los sentidos. Inma flirteaba en la barra con el camarero, el típico camarero ágil de movimiento en el que años después yo me convertiría de manera esporádica, y con la edad suficiente para ser maduro pero no mayor. Noté como cada uno de los cien pestañeos que ella daba por segundo deshacía mi plan en otro trocito pequeño más hasta terminar por romperlo de todo. Admití el fracaso y me fui a casa convenciendo a mi virginidad de que volviese a meterse dentro de nuevo. A mi casa, que casi como un absurdo estaba enfrente a la Casa de la Juventud.

Me llamó pasadas dos horas. La escuché cabizbaja y gris, no lo suficiente par reconocer que el camarero, como todos los camareros, había escogido a otra. Todos, a veces, necesitamos que, enfrente, el otro obvie algunas cosas, algunos ruidos.

Con mi corazón casi deshecho por completo en su mano derecha y arrancándome la virginidad con la izquierda, se quedó a dormir.

Me volvió a crecer, la virginidad quiero decir, no el corazón. Poco tiempo después me la quitaron, no me la rompieron, pero nunca más volvió.

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