Ourense

Es casi imposible asegurar su edad concreta. En mi caso cuento con el tramposo y arriesgado privilegio de una imaginación capaz de adjudicar a cada situación atrezzo, espacio y tiempo propio. Rara es la ocasión en que acierta, pero el mundo es coherente en su visión. Al menos durante un rato, y de momento todavía conservo mi derecho al disparate. Ellas también.

La mayor de las dos -aclaro en este punto que se trata de la madre porque el actual mundo loco podría dar a error rondará los 80 años, casi erguidos, con pasitos lentos pero caminando, sin correr.

El pelo blanco y el humor un poco amargado a apenas metro y medio de altura.

La pequeña es una copia exacta de su madre, con 40 años menos y el pelo en un tono gris otoño, como la manta del sofá. Sus quejas todavía suenan a un volumen soportable e inofensivo, supongo que el amargor tarda algunos años en macerar del todo, y creo que esa manera pausada de caminar es el resultado del contagio materno.

De mi madre yo solo heredé esta inútil y permanente ausencia de resaca. No he conseguido saber sus nombres todavía, alguien las bautizó de manera natural como Madre e Hija en otro acto de originalidad local, como esa plaza que se llama quinientos. Tienen la costumbre de enfadarse a menudo entre ellas, facultad humana que no todos practicamos de un modo voluntario, distinguiendo la gravedad del asunto según la distancia que las separa al caminar. Un metro es algo inofensivo. Diez el Apocalipsis.

Las observo la mayoría de las veces rosmando -único verbo capaz de definir con exactitud esa manera de murmurar que solo ellas tienen- en el supermercado. Casi siempre en el pasillo de los dulces. Sus abrigos de paño y olor a naftalina pasados de moda, de todas las modas, ajenas al resto, incluso a la voz metálica que dice «pase a la caja tres», como si la caja tres no tuviese nada que ver con ellas. «Para algo inventaron las colas», pensarán.

Y el paseo de vuelta a su casa en la zona vieja, respetando en todo momento la distancia colérica de la disputa, hace su pequeño descanso en un jardín donde ya nunca para nada nadie. Se sientan en los bancos de piedra, en silencio. Si llueve bajo el paraguas, si quema el sol a la

sombra del catálogo del Venca. La madre observa a las palomas, la hija el teléfono móvil. El de cuatro generaciones atrás.

Suficiente para ella. Y entre rugidos calmados y sordos terminan con ritmo propio el trayecto hasta su piso, situado encima del viejo estanco, lugar en el que la madre me amenazó con las ramas de unos puerros -considerando que eran mucho más peligrosas que una buena bofetada- por fumar demasiado cerca de su ventana.

Hace algunos días que vi a la hija sola, en una panadería decidiendo qué roscón de reyes comprar. Resolución vital. Rosmaba en singular. Al aire. Y me sobresalté al no encontrar a la madre alrededor. Volví en mí al verla fuera, sentada sobre su edad, con un puñado de puerros, con el mismo olor a naftalina, con el humor amargado de siempre.

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Madre e hija