Con motivo del Día del Libro, este fin de semana quise adentrarme en una de las bibliotecas más bonitas que han visto mis ojos: la del instituto de Celanova. Gracias a su directora, Sandra Quintas —quien aparece en la foto— pude ponerme en contacto con Irma Fernández, la coordinadora. Hablando con ella descubrí que no es una biblioteca cualquiera. Hace siglos fue la de los monjes, ya que el instituto se encuentra en el claustro nuevo del monasterio de San Salvador, que en el 2027 cumplirá 300 años. Durante el franquismo, el espacio pasó a ser la armería de la prisión y los libros desaparecieron; los pocos que quedaron se trasladaron al archivo catedralicio. Así, el lugar quedó vacío hasta convertirse en la biblioteca escolar actual. Irma, que además es músico, me contó que la música es muchas veces el mejor acompañamiento de la lectura. En la biblioteca se conserva un piano del Café Latino, que refuerza esa unión entre literatura y música, ya sea en presentaciones de libros o recitales de poesía. Hoy en día, la biblioteca es mucho más que un lugar para leer: es un espacio para socializar, jugar al ajedrez o simplemente dejar pasar el tiempo, porque allí las horas se convierten en segundos. Esto es posible gracias a un equipo interdisciplinar que hace de este lugar algo especial.