El barro amarelo que un padre y un hijo se niegan a dejar morir

Alejandro Camba OURENSE

OURENSE

En Niñodaguia, el sonido del torno de Agustín Vázquez lleva sonando cerca de sesenta años. Cacharreiro desde joven, ha visto pasar generaciones de vecinos que compraban en su taller los utensilios de barro que antes eran imprescindibles en cualquier cocina. Hoy, ese mismo taller sigue vivo gracias a su hijo, José Vázquez, que representa ya la tercera generación de una saga familiar dedicada a la alfarería.

José empezó a trabajar formalmente en el negocio cuando cumplió la mayoría de edad, aunque su padre matiza con una sonrisa que, en realidad, lleva en el oficio desde que nació: de pequeño ya deambulaba entre las piezas de barro y las manos ocupadas de su padre, absorbiendo sin saberlo un oficio que terminaría por heredar. Pero ese legado, advierte Agustín, corre peligro. «Antes en el pueblo había muchos talleres de alfarería, ahora solo quedan un par», cuenta. Es un oficio que ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes y que ahora se enfrenta a una desaparición lenta pero constante. Cada vez se valora menos lo hecho a mano: antes la gente compraba utensilios de barro para cocinar, y ahora, con casi todo disponible ya fabricado, esa necesidad se ha desvanecido. Para Agustín, el declive tiene una causa clara: la globalización, que ha puesto al alcance de todos productos más baratos y ha relegado a un segundo plano el trabajo artesanal.

Antes de despedirnos, una última pregunta desvela un detalle que distingue a este taller de cualquier otro. Agustín está moldeando un barro distinto al que usa su hijo. «Esto es un barro que solo lo hay en la zona, no hay otro igual», explica. Los alfareros antiguos ya trabajaban con él, pero hoy apenas queda quien lo utilice. Él quiere seguir haciéndolo, porque se trata de una materia exclusiva de la zona: el barro amarelo.