A mi tía Luli

Fallecimiento de María Luisa Limeses Cotarelo


Esta madrugada del domingo 10 de febrero de 2019 falleció María Luisa Limeses Cotarelo, una señora de Pontevedra. Mi tía Luli.

Para los que no la conocieron, como falleció en su casa, rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos, a poco más de un par de meses de cumplir los cien años, será la muerte normal de una abuela que… ya vivió bastante. Para los que la conocimos, se ha ido demasiado pronto una persona excepcional y esencial en nuestras vidas. Una mujer que deja una huella que merece un monumento. Y yo pretendo hacérselo con estas modestas líneas.

Ya que un juicio en Madrid me impide acompañar a sus hijos, mis primos, en su despedida, he querido, al menos, contribuir con estas palabras a despedirla con todo el inabarcable afecto que sembró en nuestras vidas y que, sin duda alguna, ha fructificado por doquier. Luli fue la muy amada esposa de Augusto García Sánchez, que nos dejó hace cuarenta años muy prematuramente, pero que le recordaremos siempre como el verdadero jefe de la familia. Y entre los dos criaron a ocho buenas personas, Pedro, Augusto, Luís, Miguel, la Nena, Alfonso, María y Lourdes. Los hermanos García Limeses. Y le ha dado tiempo de tener más de treinta nietos y otros tanto bisnietos.

Luli presumía de tener más de un centenar de descendientes, porque para ella lo normal era considerar tales a las parejas de sus hijos, nietos y bisnietos. Y los distinguía a todos con su amor. La foto que acompaña estas líneas se la tomé hace diez años, en la fiesta que le celebramos por su noventa cumpleaños. Sí, en esa foto tenía 90 años, aunque no lo parezca. Más recientemente no le agradaba que la fotografiase, porque el cáncer le desfiguró tanto la cara que ella, siempre elegante y siempre discretamente presumida, no quería desagradar a nadie con su aspecto. A nosotros no nos importaba y seguíamos viéndola tan guapa como siempre, porque la luz y el brillo de sus ojos seguían siendo los mismos. Pero mi propósito es respetar siempre sus deseos y gustos.

Mis hermanos y yo, éramos los seis sobrinos «de Madrid», hijos de su cuñada Lulú y de su marido, «el tío Paco». Y como solo aparecíamos por Pontevedra en vacaciones, no somos testigos directos de la convivencia diaria con ella. Sabemos por nuestros primos que ella también tenía su «genio Limeses», pero nosotros nunca lo vimos. Lo que puedo decir en primera persona es que nunca podía concebir pasar por Pontevedra, aunque fuera solo para atender asuntos profesionales, sin reservarme un rato para pasar a verla. Y me consta que al resto de sus hijos, nietos, bisnietos y a una multitud de amigos de la familia les pasaba lo mismo que a mí. Era como una adicción, porque en este mundo en que vivimos, es rarísimo tener a alguien que siempre, siempre, siempre, te reciba con una sonrisa feliz de verte y sinceramente deseosa de demostrártelo.

Tengo que decir, y acabo de cumplir 65 años, que nunca jamás la he visto enfadada, ni regañando a nadie, ni participando en rencillas y «malos rollos», y tampoco la he visto hablando mal de nadie. Para las personas que podían desagradarle solo tenía oraciones. Nunca reproches.

En los medios de comunicación solo hay gente que habla mal de los demás y que se opone a las iniciativas distintas de las suyas con descalificaciones, insultos y violencia verbal incontenible. Esa forma de relacionarnos parece obligatoria y lo traspasa todo, desde las tertulias sobre fútbol, política o política internacional, en las que ciertamente parece inevitable, a los cotilleos de famosos y a toda la información general de lo que pasa.

Luli era un auténtico bastión de la buena voluntad en ese panorama hostil y violento. Su ejemplo hay que contarlo, enaltecerlo y elogiarlo como se merece, pues si lo siguiéramos, aunque solo fuéramos algunos, descubriríamos la fuerza del amor y de

la bondad. No tenemos nada mejor que hacer en la vida. Y es a lo que ella se dedicó con perseverancia y sin desmayo.

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