En la selva de los Monos Furiosos

La aventura de Furious Monkey House continúa. Los adolescentes con más rock nos ponen hoy contra las cuerdas con su energía contagiosa


¿Queda alguien que no conozca a Furious Monkey House? El grupo con el que un profesor y sus alumnos demostraron a toda la península que las nuevas generaciones también saben apretar un pedal de distorsión y subir el volumen en la mesa de mezclas de cualquier festival. Aquellos niños que empezaron esta aventura son ya unos adolescentes de pleno derecho. Eso sí, hay algo que no han cambiado: el rock como base.

En la calle San Antoniño de Pontevedra se ubica la escuela de música Bonobo. En su interior, al fondo del pasillo, en una sala luminosa, llena de amplificadores y guitarras, haciendo sus cuerdas de lianas, se encuentra la selva en la que dos veces por semana viven y se alimentan de melodías los Furious Monkey House. Están en medio de un descanso, casi un recreo. Hacen lo que cualquier otra banda hace. Uno habla con el otro, se mira el móvil, se ríe, se toca algún riff de Red Hot Chili Peppers…

En la habitación contigua están dos de los monos veteranos, los que durante las actuaciones en vivo llevan máscara para proteger sus identidades de posibles enemigos. Bien es cierto que la identidad de Gonzalo Maceira no es un secreto a día de hoy, tampoco el cariño que profesa por una banda que ha visto crecer y evolucionar a lo largo de todas las actuaciones y canciones que han ido realizando. Bastantes más que las de muchos grupos más «mayores».

Se encuentran en el filo de la navaja. Su nuevo disco, el segundo, está a la vuelta de la esquina. Esperan poder publicarlo antes de verano. Ya está grabado y listo para que vea la luz. Es la compañía discográfica la que debe dar el visto bueno y los últimos detalles. Aunque quieren dar una fecha más exacta no pueden. «Antes del verano, seguro», opinan todos al unísono.

Hecho el descanso, toca ver el repertorio de nuevo. Van a atacar las nuevas canciones. El objetivo es tener listo el repertorio con el que girarán en los meses venideros tras la aparición de su nuevo trabajo. Silencio sepulcral. Suena la claqueta. Empieza el ruido.

Todo suena como debe sonar. Tres guitarras, un bajo, un teclado, batería, voz y coros. Las horas de trabajo son tan evidentes que asustan. Tras un disco y decenas de conciertos después, aún sorprende ver la madurez con la que afrontan todos la ejecución del instrumento y, por supuesto, la propia naturaleza de las canciones. Roquera, sólida, alternativa a los tiempos que corren.

Lo habían comentado en alguna ocasión, pero hay un ligero matiz más oscuro en las nuevas composiciones. Hay un tratamiento más adulto y notorio, pero no contrasta con la posibilidad de estribillos cantables, agradables al oyente.

Como buenos adolescentes, cuesta más ahora sacarles las palabras que antes, aunque todos tienen clara una cosa, y es que los ensayos son sagrados. Tampoco despistan otros asuntos. Salen, estudian y practican deporte. Están en la edad de descubrir qué les gusta hacer, practicar y vivir. Aunque parece que el gusto por las cuerdas, las baquetas y las teclas ya está grabado a fuego en su ADN.

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