Aislados en sus puestos de trabajo

Taxistas, ferreterías, estancos o papelerías abren cada día su negocio casi sin clientela


pontevedra / la voz

A ellos le sigue sonando el despertador cada mañana. Toman su café y ponen un pie en la calle. Su rutina apenas ha cambiado con el estado de alarma. Si acaso el nivel de trabajo ha bajado considerablemente, pero están obligados a abrir las puertas de sus negocios. Están confinados en sus puestos de trabajo. Ferreterías, papelerías, estancos y taxistas son los pocos que estos días trabajan a otro ritmo. «Nosotros estamos aislados en el taxi, no podemos ni ir al baño, no podemos entrar ni en la estación de trenes», comenta Darío Varela, taxista en Pontevedra, que reconoce que para que la «cosa vaya bien» los ingresos deben ser de cien euros diarios y ahora malamente llegan a los 60. «Esta mañana empecé a las seis y media y llevo 35 euros», subraya Varela a la una de la tarde. Hace muchos días que no habla de otra cosa que no sea coronavirus con sus clientes. «Los que no hablan de eso son los que no dan ni los buenos días», explica Varela.

Todos han convertido las mascarillas y los guantes en parte imprescindible de su uniforme. Ellos no son personal sanitario ni policía, pero el decreto del Gobierno central les permite abrir. La facturación de negocios como las ferreterías o papelerías ha caído entre un 70 % y 80 %, pero tienen que estar ahí. Isaac García, de la Ferretería Poio, trabaja junto a su familia. «Solo le vendemos a los profesionales y a los autónomos, pero nosotros no somos y un bien de primera necesidad», señala. Se encuentran entre la espada y la pared de la legalidad. No tienen casi ventas, pero no reúnen las condiciones para poder acogerse a un ERTE. «Sería más rentable y más seguro estar cerrados, de hecho vienen particulares a comprar y tenemos que decirles que no podemos», confiesa. Por ahora han reducido el horario de apertura. Trabajan los mismos, pero de 8.30 a 18.00 horas. «Esta es la lotería del siglo XXI», se despide para seguir trabajando.

En una gasolinera de la comarca pontevedresa, uno de sus empleados está más molesto por el riesgo al que se enfrenta cada día. A él el estado de alarma le redujo a la mitad el horario y el sueldo. «No lo llevo nada bien, cobro menos y estamos expuestos. Cada noche cuando veo los aplausos, pienso ‘deben de ser por mi también’», comenta sin querer dar su nombre.

Chelo y Rosa García también trabajan mucho menos de lo habitual. Regentan el estanco La Pipa, en Pontevedra. No saben si es el final de mes o el acopio que hizo la gente el lunes, pero han notado un bajón importante en la clientela. Eso sí, atienden detrás de una pantalla de metacrilato ataviadas con guantes y mascarillas y desinfectan cada poco tiempo el mostrador. «Claro que tengo miedo, pero es cierto que al venir a trabajar estoy entretenida y pienso menos», recalca Chelo García, que al igual que Eva Rodríguez, una de las socias de Papelería Ares, preferiría estar en casa. «Si cerrásemos podríamos acogernos a las ayudas, pero así casi no facturamos y tenemos que venir igual», comenta detrás de un mostrador que estos días parece una trinchera.

Todos estos autónomos escuchan a diario que son unos afortunados por poder salir de casa, pero ellos lo tienen claro, quieren el aislamiento en su casa, protegidos y protegiendo a los suyos y no confinados detrás de negocio.

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