pontevedra / la voz

El comercio pequeño da vida y revaloriza las calles. Las crisis, la pandemia y la venta on line han puesto contra las cuerdas a muchos autónomos que montaron un negocio pensando en levantarse cada día para sacarlo adelante, pero que al final han tenido que bajar la verja. En medio de todas las amenazas, hay supervivientes. Y en Pontevedra son muchos los que todavía pueden decir con orgullo que siguen trabajando, a lo mejor no tanto como cuando le dieron el relevo a sus familias, pero sí pudiendo hacerlo cada día.

Cruzar la puerta de la Ferretería Gallega te transporta al pasado y te da la seguridad de que Luis Miguel Araújo va a tener lo que uno busca. «Llevo viniendo desde los ochenta y siempre encuentro lo que necesito», dice un cliente apoyado en el mostrador y que llama por el nombre a los trabajadores. Araújo regenta el negocio junto a su primo Benito Luis. Llevan vendiendo herraje desde los setenta, aunque el negocio lo fundó la familia en 1947. No tienen secretos para haberlo capitaneado hasta aquí, pero sí algún consejo. «Hay que dar pasos con cautela, sin meterse en muchos pantanos, ahora estamos en un momento que no se puede arriesgar», apunta Luis Miguel, que asegura que «el buen trato ayuda a sobrevivir, tengo clientes que se han convertido en amigos, a muchos los ves más que a la familia». Eso sí, no ha sido un camino de rosas. En estos años han llegado a ser seis empleados y hoy están su primo y él junto a un joven.

A dos años de jubilarse empieza a pensar que le daría pena no encontrar un relevo, pero tiene ganas de poder descansar, algo que hasta ahora casi no ha podido hacer. «Mi primo tiene diez años menos que yo, pero no tiene hijos», apunta este empresario, que espera en un par de años poder dedicarle más tiempo a su casa en el campo y a disfrutar de la familia, aunque tiene fuera a sus tres hijas. Se imagina jubilado, pero con nostalgia: «Le tengo apego, aquí he trabajado con mi padre».

Esa vinculación casi pasional la tienen muchos de los negocios familiares que perduran en Pontevedra. Mayte Ramírez está detrás del mostrador de La Moda Ideal. Para llegar hasta ella hay que recorrer un largo pasillo flanqueado por unas telas impecablemente colocadas y alineadas. El cuidado del material ya viene de antaño. La tienda de telas está ahora en la calle Manuel Quiroga, a apenas 50 metros de la que se llevó un voraz incendio en febrero del 2016. Había estado en pie en esa ubicación de A Ferrería desde 1896, cuando Romero y Bobillo la pusieron en marcha. Pero el fuego no acabó con ella, ni las guerras, ni las crisis y mucho menos las pandemias, ni la de la gripe, ni tampoco la actual.

Dio el relevo a su tío

Mayte es la sobrina de Luis, quien estuvo activo después incluso de haber cumplido los 90. «Los fundadores no tenían hijos y le dijeron al padre de mi tío abuelo que le mandasen a alguien para aprender el oficio. Ese fue Luis», recuerda Mayte Ramírez, que en los momentos de máxima actividad llegó a tener hasta siete trabajadores. «Cuando yo empecé, le di otro aire, antes estaba más centrado en tejidos de caballero y la actualicé, metí telas de niños y mujer y ahora tengo mucho de hogar», subraya.

Y es que Mayte lo tiene claro, hay que «ir adaptando el negocio» a los envites que te da la vida. El último ha sido el covid. El 11 de mayo reabrió después de la pandemia y cuando pensaba que todo iba a ser peor, comprobó que «la gente se había dado cuenta de que había muchas cosas que no tenía en casa y vendimos mantelería, lonetas y otras tejidos».

La responsable de La Moda Ideal asegura que en su caso le ha hecho más daño haberse cambiado de ubicación tras el incendio que la pandemia. «Estoy recuperando gente tres años y medio después del traslado», apunta Mayte Ramírez, que sí echó en falta este verano a muchos de sus clientes madrileños y mexicanos.

En esto de readaptarse a los nuevos tiempos, Federico Limeres sabe un rato. Es el dueño de Comercial Limeres, una tienda en la calle San Román donde habitan centenares de lámparas de todos los estilos. Dos plantas de iluminación que ahora quiere relanzar con la puesta en marcha de una web y una nueva marca comercial: Ponteluz. «Soy la segunda generación y ahora salto a Internet para completar la oferta comercial y para que los clientes que nos visiten tengan una noción de lo que hay en la tienda», apunta Limeres.

Repunte tras el confinamiento

A pesar de buscar nuevos caladeros en la Red, este comercial asegura, como Mayte Ramírez, que después de la pandemia «afloró una necesidad latente, noto cierto regreso a las tiendas de barrio y al comercio tradicional». Él y el responsable de la cerería San Román, ubicada casi enfrente, defienden la importancia de mantener la esencia de los negocios, ese trato cercano y el conocimiento sobre el producto que venden. Estos son algunos de los valores que cuidan todos estos comerciantes para seguir viviendo. «Soy la cuarta generación en este negocio y me gustaría que mis hijas continuasen con él. Quiero mantener la esencia del negocio, aunque hayamos ido adaptándonos a las distintas situaciones», apunta Joaquín Diéguez, responsable de la cerería.

A estos cuatro comerciantes que han dado voz al sector se unen un sinfín de compañeros como la zapatería de niños Pedestal, la cuchillería Gómez, la sastrería Valiño o la Moda de Abaixo, tiendas que han sido capaces de superar las amenazas globales y siguen dando sentido al comercio de proximidad.

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Con estos negocios no puede ni la pandemia