Everton: «Mi ilusión es poder sacar a mi hijo de la favela en la que vive»

El fútbol sala le abrió las puertas de Europa y sueña con disfrutarlo con el pequeño Isaac a su lado


Por las filas del Santiago Futsal pasaron jugadores de primerísimo nivel. Betão, Ciço, Rafael, Alemao, César... Internacionales de las selecciones de Brasil y España que durante la primera década de siglo dominaban el fútbol sala mundial. Eran tiempos en los que el entonces Lobelle de Santiago manejaba presupuestos de siete cifras, que cuadruplicaban el actual. Les sobraba margen para traer a sus familias.

A Everton Luiz Ferreira, que en abril cumplirá 23 años y que está en su segunda temporada en el conjunto compostelano, le toca vivir tiempos mucho más austeros. El fútbol sala es su pasión. Y nada le gustaría más que poder disfrutarlo con su hijo Isaac, de tres años, a su lado: «Si pudiera, ya estaría en España hace mucho tiempo. Mi ilusión es poder sacarlo de la favela en la que vive», en San Cristovo, cerca del estadio del Vasco da Gama.

Everton y la madre de Isaac no son pareja, pero mantienen una buena relación. Lo que peor lleva el ala pívot es la distancia con el pequeño, al que solo ve entre mayo y agosto, cuando vuelve a casa después de que acaba la temporada y antes de empezar a preparar la siguiente: «Ya le pega al balón. Es zurdo, como yo. Cuando estoy allí, va conmigo a todas partes. Y ya ha visto algún partido mío a través del ordenador».

El jugador conoce de primera mano lo difícil que es salir adelante en una favela: «Los niños empiezan a trabajar muy pronto, porque a la mayoría de los padres les importa más que lleven dinero a casa que el hecho de que saquen buenas notas en los estudios». Ese no fue su caso: «Mi madre trabajaba muchísimo para que mi hermano y yo solo tuviésemos que preocuparnos por los estudios y por los entrenamientos».

Dejó los libros en el curso equivalente al primero de bachillerato y apostó decididamente por el deporte. De alguna manera, es una decisión que tomó cuando dejó su favela natal, Penhas, por la de San Cristovo, donde acabó acogiéndolo la familia de Lucas Moreira, con el que acabó dando el salto a Europa, con el que coincidió en el Jumilla y esta campaña en Compostela.

Everton, desde la distancia, no se sorprende con el vuelco político que ha habido en Brasil. Y lo explica en una fase: «La gente quería probar algo distinto». Y esas ganas de cambio las atribuye a dos factores: «Lo mal que funciona todo lo público, sobre todo la sanidad y la educación, y la falta de seguridad».

El valor de la seguridad

A él le tocó vivir en la zona de Río de Janeiro: «En las favelas hay como una ley no escrita y a los de dentro no les pasa nada». Pero fuera las cosas cambian y hay una frase, terrible, que lo resume: «En Río suelen decir que vas a trabajar y no sabes si vuelves». Cuando les dice a sus amigos que en Compostela «puedes salir de fiesta y después caminar por la calla de madrugada con el teléfono en la mano sin que te pase nada, les cuesta creérselo».

En Brasil solo tuvo una mala experiencia, una de las pocas veces que salió de la favela: «Iba con Lucas. Él se quedó sin móvil. A mí, como nada llevaba nada me quitaron». Por eso valora «la tranquilidad que se respira en Santiago».

No le costó adaptarse a la ciudad. Al fútbol sala, en cambio, sí: «En Brasil se centran más en el ataque, en el uno contra uno. Aquí también, pero lo principal es la defensa. En Jumilla lo pasé mal, me costaba mucho al principio. En el Santiago Futsal también es muy importante la defensa». En los entrenamientos, no le gustan los emparejamientos con «Alberto y Santi júnior. Son muy pesados defendiendo».

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