La alta costura pierde a Hubert de Givenchy, el último icono de una época en la que reinaba la elegancia

El modisto, que murió el sábado, fue el creador del famoso vestido de «Desayuno con diamantes»

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redacción / la voz

No tuvo que ser fácil para Hubert de Givenchy (Beauvais, 1927) comunicar a su aristocrática familia de que quería ir a París para estudiar en la Escuela de Bellas Artes. Eso que su abuelo tenía una fábrica de tapices. No debió de serlo, pero el día que empezó a trabajar como aprendiz con Jacques Fath -luego lo haría también con Robert Piquet, Lucien Lelong, Pierre Balmain, Dior o la gran Elsa Schiaparelli- nació la leyenda del que es uno de los grandes nombres de la alta costura, junto con Cristóbal Balenciaga y su compatriota Christian Dior. El sábado pasado el modisto francés dejó atrás la vida para reunirse con la que fue su musa y su amor platónico, Audrey Hepburn, fallecida en 1993. Lo hizo discretamente. No quiso flores, prefirió que el dinero de los ramos fuera donado a Unicef. El que fue su compañero durante décadas, el también diseñador Philippe Venet, dio a conocer ayer la noticia en un comunicado enviado a AFP: «Monsieur De Givenchy se apagó mientras dormía el sábado 10 de marzo. Sus sobrinos y sobrinas comparten su dolor. Las exequias se celebrarán en la más estricta intimidad». Tenía 91 años.

Con él, no solo desaparece el último gran maestro de la alta costura, se va la última memoria viva de un capítulo de la historia en el que la moda era moda, no modas. Una época distinguida por una elegancia que, como él mismo dijo en una entrevista realizada en el 2014, no conservan ni algunas de las que fueron sus clientas. La misma que representa su gran musa, la actriz Audrey Hepburn, o la que aprendió de Cristóbal Balenciaga. Porque, aunque nunca trabajó con el modisto vasco, apuntó que fue su gran maestro. También su amigo.

Casualidad o no. Capricho del destino, o no. Hubert conoció el mismo año, en 1953, a Cristóbal y a su Audrey. Al primero, en una fiesta en Nueva York. A la segunda, en París, justo antes de que Billy Wilder empezara el rodaje de Sabrina.

De aquel primer encuentro con Cristóbal Balenciaga, justo un año después de haber tomado las riendas de su futuro al crear su propia maison, le quedó grabado un consejo: «No pongas una flor para que quede bonito, busca la sencillez». No se desvió nunca de ese camino.

De su primer día en compañía de la señorita Hepburn, quien aún no estaba casada con Mel Ferrer, recordaría cómo fueron un par de malos entendidos los que le llevaron a conocer a la que sería su amiga y su musa. Sería él quien la acompañaría, en lugar de su esposo, en actos como la recepción con la reina Isabel II de Inglaterra. Porque clientas tuvo muchas. Jacqueline Kennedy, la duquesa de Windsor, Grace Kelly, Marlene Dietrich, Liz Taylor, Jeanne Moreau, Greta Garbo... Pero para él ninguna era como ella. Y se conocieron de un modo casual, el modo en el que normalmente empiezan las mejores amistades.

Larga relación

Wilder le había pedido que fuera a París para elegir, junto con la diseñadora de Hollywood Edith Head, el vestuario para el personaje de Sabrina Fairchild. Casualmente también estaba en la capital gala durante aquellos días Gladys de Segonzac, una diseñadora de vestuario que había trabajado en Schiaparelli y que estaba casada con un directivo de la Paramount. Fue esta mujer la que les recomendó ver el trabajo de un nuevo modisto que trataba de abrirse paso en París. No lo dudó y les reservó un encuentro en el taller. Él aguardó en su estudio. Esperaba a otra Hepburn, Katherine, pero la que llegó fue aquella muchacha bajita y delgada, vestida con unos vaqueros ajustados. «No podía hacer el vestuario de la película», fue lo primero que dijo el artista. Su taller era modesto. Tenía solo unos pocos trabajadores. Pero aquella chica menuda era también convincente. Había quedado prendada de su trabajo y ella misma se encargó de convencerlo. ¿Cómo? Lo invitó a cenar.

Varios meses más tarde, la actriz recogió su primer Óscar por Vacaciones en Roma vestida Givenchy. No sería la única vez. Volvería a llevar uno de sus vestidos en la ceremonia en la que estaba nominada por Sabrina. Esta película no sería tampoco la única producción en la que el modisto francés vestiría a la artista. Lo hizo en Desayuno con Diamantes, donde creó para ella, el icónico vestido negro con el que la protagonista desayuna delante de Tiffany’s. Son los sueños de una joven transformados en un vestido. Eso era lo que mejor sabía hacer Givenchy. El presupuesto más grande con el que contó fue el para el vestuario de Cómo robar un millón de dólares. Cuando rodaron esa película, la relación entre el modisto y la intérprete estaba totalmente consolidada. De hecho, ella fue imagen en 1957 de la primera fragancia de la maison, L’Interdit. No hay que recordar que arrasó.

El hombre que marcó el camino a Yves Saint Laurent, Valentino o Karl Lagerfeld

No hace mucho dijo que la moda actual no tenía vida. Porque, como aseguraba, «el secreto de la elegancia es parecer uno mismo». Eso era algo que últimamente no solía ver. Su gusto por el lujo era innegable. Había nacido como conde, adoraba el arte -de Giacometti a Rothko-, tenía un gran afecto por los buenos paños (algo que aprendió de su abuelo), vivía en un palacio junto con su adorado compañero de viaje Philippe Venet... ¿Qué pudo pensar de la última colección de la marca que lleva el nombre de su amigo Balenciaga lanzada hace unos días en la pasarela de París? Fue todo lo contrario a lo que habría gustado al de Guetaria. Quizá por eso, porque su modo de entender el lujo no era para nada comparable al que ahora tratan de imponer los grandes grupos, optó por apartarse de un mundo que amó con locura, el de la moda.

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La entrada de LVMH

Estuvo al pie del cañón hasta 1995. La marca creada en 1952 fue integrada en el grupo de lujo LVMH en 1988. Con todo, continuó durante unos años más al frente del departamento creativo. Pero a los 68 años, tras ver la ruta que tomaba la industria de la moda, optó por retirarse y pasar el testigo a otros creativos. ¿Por qué lo dejó? Como informaba ayer la agencia AFP aludiendo a sus palabras: «Me había convertido en un simple empleado de cuyo nombre se burlaban». Por eso, dejó las riendas del departamento creativo a otros. Le sucedieron el extravagante John Galliano, ahora al frente de Maison Margiela; el fallecido Alexander McQueen...

Ahora se ha ido. Pero queda su impronta, un rastro cargado de una elegancia que jamás pasará de moda porque es la moda. Porque no puede negarse que solo algunos de los que blanden la aguja están tocados con el don de convertir en bello todo lo que tocan. No cabe duda que lo tuvo.

Uno de sus grandes logros fue impregnar de clase y calidad el prêt-à-porter. Su primera línea estaba formada por piezas separadas -faldas con blusas de algodón- que causaron furor. Fue el que diseñó el famoso abrigo globo y el que puso a las señoras sombreros que tapaban la cara. Con la premisa de acercar el modo de hacer artesano a la vestimenta diaria abrió el camino a otros grandes modistos que vinieron años después como Yves Saint Laurent, Valentino, Karl Lagerfeld o Armani. Descanse ahora en paz.

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