Las cámaras de tráfico de A Coruña buscan ahora a «cafres e irresponsables»

Sin atascos, la sala de pantallas centra su trabajo en la vigilancia del estado de alerta


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La sala de control de pantallas de la Policía Local está sirviendo ahora para buscar por cualquier rincón de la ciudad a los «irresponsables» que continúan incumpliendo el estado de alarma. Allí donde ven una negligencia, dan cuenta a las patrullas, que se desplazan al lugar.

Aunque esta labor de vigilancia «siempre se ha hecho», explica el inspector principal, José Manuel Rico, ahora con más motivo y tiempo. Ya no hay atascos que aliviar, ni aglomeraciones de vehículos por algún hecho puntual. Tampoco hay apenas accidentes. La circulación ha descendido más allá de un 70 %. Y la doble fila prácticamente desapareció. Por tanto, las cámaras apuntan más a las aceras.

Allí donde hay una aglomeración de individuos sin respetar las distancias de seguridad, un ciclista pedaleando sin otro rumbo que mantenerse en forma, uno o dos atletas corriendo por un parque, un vehículo con dos o más personas... los ojos de los agentes destinados en la sala de pantallas lo ven y avisan.

Para ello cuentan con 24 monitores que reciben las imágenes que les envían 37 cámaras ubicadas en Federico Tapia, San Andrés, ronda de Outeiro (entre la avenida de Arteixo y la de Finisterre), Juan Flórez, Médico Rodríguez y Francisco Macías. Cuentan con otras, las fijas, las que se ubican en postes a 20 metros sobre el suelo en puntos estratégicos.

Nada de lo que ocurra pasa inadvertido para los dos agentes que trabajan en la sala de control de tráfico en estos momentos. El inspector principal, José Manuel Rico, explica que el estado de alerta obligó a redistribuir destinos. Además, por las lógicas medidas sanitarias de la propia sala, se vieron obligados a reducir el número de policías en esas instalaciones. 

Vías muy fluidas

En cuanto al tránsito, el responsable policial explica que ha disminuido de manera extraordinaria en todas las vías de acceso a la ciudad y en las calles en general. «Desde que se decretó el estado de alerta, son las vías que conducen a los grandes establecimientos de alimentación las que, dentro de la disminución, más tráfico soportan». Pero siempre fluido.

También los polígonos industriales son los que ahora soportan mayor volumen, «si bien los vehículos de distribución de alimentos reparten antes debido a la escasez de circulación y retenciones en la ciudad».

Gente en todas direcciones es lo que se puede ver durante las mañanas en la calle Barcelona. Algunas personas acompañadas de su mascota y otras con la compra, pero también bastantes que no llevan nada en sus manos o que pasean con una barra de pan o el periódico bajo el brazo. El Concello coruñés confirmó que esta zona de la ciudad es difícil de gestionar para las fuerzas de seguridad, ya que es un barrio comercial en el que se ubican negocios que pueden abrir durante el estado de alarma. Esto provoca que haya vecinos que se salten las normas alegando razones válidas, aunque no siempre ciertas.

Ubaldo López trabaja en un establecimiento que prepara comida para llevar y comenta que «por la calle veo bastante trajín de gente, mucha sin perro, carrito o bolsas». En los bancos se sientan personas mayores, alguna con la compra a su lado y asegurando que tuvo que detenerse para descansar. 

Presión policial

Las fuerzas de seguridad vigilan la zona, pero no lo tienen nada fácil. Un agente de la Policía Nacional le preguntaba ayer a un vecino a dónde se dirigía. Este contestó que a comprar para hacer la comida. A pesar de que no pareciese cierto, lo único que pudo hacer el agente fue advertirle para que adquiriese productos en cantidad y no tener que pisar la calle con frecuencia, además de que fuera responsable y solidario.

Y es que no todos parecen darse cuenta de la situación. Arturo Iglesias relata tras el mostrador de su estanco que hay quien baja a primera hora a por un purito y regresa más tarde a por otro, en lugar de aprovechar el primer viaje para hacerse con más. Aún así, la situación no es tan caótica como en las primeras jornadas tras decretarse el estado de alerta: «Al principio esto fue un cachondeo. Veías a mayores caminando juntos y casi no podían ir más pegados», comenta Eduardo Pereira desde su negocio.

Y es que, como confirma Marisol Suárez en la tienda de alimentación en la que trabaja, «hay mucho movimiento, pero no justificado. Aquí, incluso entra gente que hace que mira un poco lo que hay por si pasa la policía y se marcha sin comprar nada».

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