Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga, el gallego que está detrás de los mejores vinos del mundo: «Veremos un albariño con 100 puntos Parker»

AGRICULTURA

Vicente Cebrián está al frente de Marques de Murrieta y Pazo de Barrantes.
Vicente Cebrián está al frente de Marques de Murrieta y Pazo de Barrantes. MARTINA MISER

Con solo 26 años se puso al frente de Marqués de Murrieta, que hoy se ha convertido en la mejor bodega de Europa, según Forbes. Sus vinos son los mejores del mundo. Ahora, el conde de Creixel aspira a replicar este modelo de éxito en Pazo Barrantes, donde sus elaboraciones tardan ya tres años en salir al mercado

18 ene 2026 . Actualizado a las 11:34 h.

Hace ahora treinta años, Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga, conde de Creixel, vio cómo su vida cambiaba de la noche a la mañana. La muerte de su padre, por un infarto, lo dejó al frente de la bodega con más historia de Rioja, Marques de Murrieta, y de otra incipiente en Rías Baixas, Pazo de Barrantes. Tres décadas más tarde, Murrieta es la mejor bodega de Europa según la revista Forbes y sus vinos pueden presumir de ser los que más veces han alcanzando los 100 puntos Parker. Este modelo de éxito es el que ahora aspira a replicar en Rías Baixas. Ya ha causado una revolución con sus albariños, que no salen al mercado antes de tres años, y ahora quiere hacerlo también con la bodega. Porque Rías Baixas, añade con mucha seguridad, tiene todos los mimbres para lograr los 100 puntos Parker.

—Se cree que Marqués de Murrieta vino a Rías Baixas a comprar Pazo de Barrantes, pero lo cierto es que la historia es al revés, que hay un gallego al frente de Murrieta.

—Es más bien que de aquí nos trasladamos allí porque Pazo Barrantes está en mi familia desde el 1511. Mi padre compró Marqués de Murrieta en el año 83. Mi madre era de Vigo: María Jesús Suárez-Llanos, y su padre fue alcalde de Vigo 25 años y presidente de la Diputación de Pontevedra, Luis Suárez-Llanos. Mi padre era de madre gallega también, de Santiago, y venía a pasar los veranos aquí al pazo, con su abuela, la condesa. Se conocieron muy jovencitos y se casaron con 19 y 20 años porque mi padre perdió a toda su familia. Había perdido a su padre cuando él tenía 15 años de un fallo médico y perdió a su madre en un accidente de tráfico en Brisca, en Burgos. Allí se murieron las dos hijas de la condesa de Barrantes, que eran su madre y su tía, y dos de sus nietos. Mi padre se quedó huérfano con 18 años y empezó a trabajar. Tuvo que dejar de estudiar porque no tenía posibilidad alguna de mantener a su familia.

¿Qué fue del pazo de Barrantes?

—Estuvo abandonado como diez u once años porque no había posibilidad económica de mantenerlo. Y esto fue un mensaje para sus hijos tremendo. Cómo, a pesar de que no tenía dinero, nunca vendió este activo familiar. Cuando empezaron a ir bien las cosas, empezó a trabajar en el mundo inmobiliario, pudo replantear una reconstrucción de todo. Así que yo veraneé en A Toxa hasta los 9 años y, cuando mi padre terminó el pazo, nos vinimos a veranear aquí. Cometí el error, entre comillas, de nacer en Madrid, pero por todos lados tengo sangre gallega. Me considero gallego y me apasiona Galicia y tengo que venir aquí constantemente porque necesito vivir Galicia. Aquí me paso todo el verano.

Marqués de Murrieta es donde empieza su implicación con el vino, ¿cómo fueron esos inicios?

—Marqués de Murrieta lo funda una persona que se llama Luciano de Murrieta en 1852. En tercera generación, la familia del Marqués de Murrieta decide vender la bodega y es cuando aparece ahí otro gallego, que es mi padre, que era un amante del mundo del vino. En Pazo Barrantes siempre habíamos tenido albariño y había una vinculación con el vino, pero no empresarial. Nuestra vida cambia totalmente porque mi padre compra la bodega en el año 83 y se traslada a La Rioja en el año 86. Se enamora del mundo del vino y, sobre todo, me hace enamorarme a mí desde los 16 años.

Desde muy joven...

—Yo era bilingüe y cuando llegué a La Rioja, mi padre me dejaba siempre al frente de las visitas en inglés. Y mientras estudiaba en Pamplona, él decidió que tenía que trabajar en paralelo. Y con 18 años me nombró director de exportación de vinos. Con 20 años me nombró director general comercial y con 23 era el director casi general de la parte de vinos. Tuve la desgracia de perderlo muy jovencito, con 47 años, de un infarto. Ahora se cumplen 30 años desde que estoy al frente de estos proyectos. Minimicé al máximo todas las áreas suyas inmobiliarias y me concentré en lo que, de alguna forma, me había criado para eso, que era el mundo del vino.

—¿Pensó entonces que podría llegar tan lejos?

—Tuve la osadía de creer que podría afrontar aquella situación con 25 años. Una osadía a la que se unía mi amor profundo a mi padre y mi deseo de que estuviera orgulloso de no haber vendido todo tras su fallecimiento. De hecho, tuve 500.000 ofertas y me resistí absolutamente por cariño extremo hacia mi padre y hacia toda la labor que había hecho. Le debía el máximo respeto y tenía que demostrárselo, tanto yo como mi hermana Cristina, que me ha ayudado muchísimo en este proyecto. Mi idea fue hacerlo todo bajo un concepto de máximo respeto a la historia de estos dos proyectos. Y embarcarme en una actualización de un proyecto clásico-rancio en clásico-actual. Y eso me ha llevado, a un largo período de tiempo.

Vicente Cebrián, conde de Creixel, heredó Pazo Barrantes de su padre pues esta es una finca que lleva en la familia desde 1511 y donde vivió Julia Becerra Malvar, condesa de Barrantes.
Vicente Cebrián, conde de Creixel, heredó Pazo Barrantes de su padre pues esta es una finca que lleva en la familia desde 1511 y donde vivió Julia Becerra Malvar, condesa de Barrantes. MARTINA MISER

—¿En que consistió?

—Primero, en una transformación total de todo el equipo, me rodeé de un equipo jovencísimo, que pudiera hablar mi mismo lenguaje y que entendía perfectamente la transformación que quería hacer en los vinos. Luego acometí una transformación total de los vinos, una actualización de cada una de las elaboraciones que teníamos en Rioja. Primero en Marqués de Murrieta, que son nuestro reservas, los blancos que ahí elaboramos; transformamos una marca que es icónica en el mundo, Castillo Ygay, que es el que han nombrado ahora tanto al blanco como al tinto el mejor vino del mundo. Yo sabía que para hacer esta transformación necesitaba entre 10 y 12 años y fue dificilísimo tener la calma y la tranquilidad. En paralelo con todo esto, mi padre empezó Pazo de Barrantes y se murió al poco tiempo. La primera añada fue en el 91 e inicialmente hice una labor continuadora de lo que empezó aquí mi padre, para luego más tarde cambiar todo este proyecto. Los primeros años fue difícil, todo fue soñar y trabajar sin descanso, de forma seria, de forma responsable y honrada. Quería quitar todo aquello que yo entendía que era negativo para los nuevos tiempos y dotarlo de savia más joven.

—Transformó los vinos y después fue a por la bodega. ¿Hará lo mismo en Rías Baixas?

—Un equipo nuevo, unos vinos nuevos y después una bodega nueva. Y eso es exactamente lo que queremos hacer ahora en Pazo Barrantes. En Murrieta hicimos una bodega totalmente nueva, son 35.000 metros cuadrados de bodega productiva, no porque seamos masivos en cuanto a producción, sino porque nos concentramos en el área de la creación de vinos, que son reserva y gran reserva que necesitan mucho espacio para sus crianza largas. Allí hay, ahora mismo, criándose 4 millones y medio de botellas. Los vinos más jóvenes que salen de Murrieta al mercado tienen cinco años. Hicimos una bodega totalmente nueva e hicimos un proyecto de enoturismo potentísimo. Hoy, el Castillo Ygay se está transformado en un centro gastronómico, con un equipo de cocina, un centro de catas y un museo que hace unos años nombraron museo nacional con la historia del que fue el pionero, el que creó La Rioja porque Marqués de Murrieta fue la primera bodega de allí. Ahora solo me queda una fase, que iniciaré el año que viene, que es la ampliación del área de enoturismo con un hotelito pequeñito.

—Hay dos características que se repiten en sus proyectos: tiempo y precios altos.

—Sí, ahora estoy en la segunda cruzada. La primera fue la del tiempo. Para hacer un proyecto bien hecho de vino necesitas tiempo. Yo estuve cuatro años sin vender una botella de Pazo Barrantes. Después de estar vendiendo toda nuestra producción durante muchos años, un día se me ocurrió una idea que fue un shock en Rías Baixas. Yo veía que el albariño era una uva y un vino que requería de conversación, no requería de sobresaltos ni de prisas. Requería de un diálogo tranquilo, sosegado, donde había que dejarle sus plazos, sus tiempos para que de alguna forma ese vino se fuera transformando y ofreciendo todo lo que tiene de bueno. El albariño tiene una acidez importantísima que te indica clarísimamente que tiene una potencialidad de guarda única. Y veía que todo Rías Baixas se concentraba en la creación de vinos jóvenes, a veces un poco desequilibrados, con acideces muy altas y difíciles de beber.

—¿Y qué decisión tomó?

—Entonces me puse a estudiar y estuve casi seis años buscando longitud en la construcción de los vinos en la bodega. Después de esos seis años de estudio y de tener claro que podíamos hacerlo y cómo lo podíamos hacer, en enero del 2019 comuniqué a nuestros distribuidores que no íbamos a sacar más albariño al mercado. Fue un shock absoluto y muchos me pusieron verde. Me pasé cuatro años para sacar la siguiente generación de los albariños de Pazo de Barrantes. Ahora es una bodega que se concentra en la construcción de albariños maduros, donde demostramos que el albariño con tiempo, construido con calma se convierte en un vino de una talla cualitativa única, perfectamente luchador contra los grandes vinos del mundo. En el mundo del blanco hay un país que es único, que es Francia, y nosotros metimos el albariño a luchar de frente contra los grandes vinos franceses.

—¿Cómo respondieron los mercados a ese cambio?, porque implicó una importante subida de los precios.

—Cuando a los cuatro años lancé el vino yo creía que me iba a costar mucho que lo recibiera el mercado, pero no. La verdad es que en Rías Baixas hay un vacío tremendo en los segmentos más altos del mercado y era un vino único que no hacía nadie. La respuesta por parte del mercado fue más rápida de lo que yo pensaba. Esta es la cuarta añada que tenemos de este nuevo proyecto y la respuesta ha sido maravillosa. Al final, la gente acepta un precio elevado porque hay una calidad detrás. Era una cosa por la que yo siempre he querido luchar, pero tenía que luchar con una base sólida y hasta que no he tenido esa base sólida no era el momento.

—¿Sintió el respaldo de la crítica?

—Cuando la crítica mundial y nacional acreditó la calidad de nuestro vinos entré en la segunda cruzada que yo decía. Aquí se dice que España tiene la mejor relación calidad-precio del mundo en vinos. Eso es muy bonito, pero tiene detrás unas connotaciones negativas, que es que estamos ofreciendo mucha calidad a un precio irrisorio. Tenemos que seguir creyendo en lo que estamos haciendo en España, que es absolutamente único, y tenemos que subir los precios, que es una labor complicada que tienes que trabajar mucho. Esto no es un capricho del dueño, es que el dueño ha hecho un proyecto, se ha dejado la vida y ha invertido un montón de dinero.

Vicente Cebrián, en uno de sus vñedos de Pazo Barrantes, destaca las cualidades de la uva albariño.
Vicente Cebrián, en uno de sus vñedos de Pazo Barrantes, destaca las cualidades de la uva albariño. MARTINA MISER

—¿Vamos a ver un albariño con 100 puntos Parker?

—Yo estoy convencido, pero no porque lo vaya a hacer yo. Llegar a 100 puntos es tremendamente complicado. Los 100 puntos no es un concepto ya de calidad, es un concepto de que cuando alguien toma un vino percibe una sensación especial única, un vino que tiene un alma especial. Esta zona tiene la capacidad de hacer muchos vinos 100 puntos, porque el albariño es de las uvas blancas más importantes del mundo. Cuando tú manejas una joya de ese calibre tienes muy clara la capacidad que hay de hacer 100 puntos. Y van a llegar aquí seguro.

—¿Cómo se están haciendo las cosas?

—Ahora mismo hay unas puntuaciones de todos los vinos que se están haciendo con calma en Rías Baixas que son absolutamente maravillosas. Los albariños top, entre los que trato de encontrarme, hemos sido precursores de una política de hacer vinos que copan absolutamente las puntuaciones más altas de los vinos blancos del mundo, no solo de España. Los ingredientes que hay aquí para hacer un gran vino son absolutamente únicos. Nosotros hacemos La Comtesse, por ejemplo, que es un vino único, que lo presentamos con siete u ocho años de guarda y que se lo dediqué a mi madre. Si en Rioja somos mundialmente conocidos como grandes elaboradores de vinos en madera, cómo no podemos traer a Rías Baixas la madera. Y nos costó muchísimo, porque el albariño odia la madera, pero logramos un equilibrio entre madera y uva. Ahora hacemos entre 5.000 y 6.000 botellas de un pago de 1965.

—¿Cuán importante es el enoturismo para el sector y cuáles son sus planes para Pazo Barrantes?

—Exactamente igual que hicimos en Murrieta, ahora viene el cambio en la bodega de Pazo Barrantes. Quiero transformar toda la bodega, es una actualización total del proyecto, no solo es cambiar dos barricas. Ahora estamos analizando cuál va a ser el proyecto y cómo lo vamos a hacer. Hay dos opciones: alquilar una nave durante dos años y transformar solo lo que ya tenemos y hacer una cosa más pequeñita en el pazo o hacer otra nave, donde tengamos la parte productiva y luego hacer en el pazo un verdadero oasis de relajación, donde los vinos puedan madurar tranquilamente en el depósito. Cuando tenga la nueva bodega, le daré mucha más calma aún. Cuando esa transformación esté terminada, con un proyecto como el que hicimos en Murrieta, pues a lo mejor entonces podemos llegar a que sea elegida la mejor bodega de Europa. Ese será mi reto. Porque creo que el enoturismo es clave para que toda la gente que es apasionada del mundo del vino se adentre más profundamente en tu mundo. La fidelidad que consigues cuando viene alguien a verte, percibe dónde está tu viñedo y le enseñas por qué haces las cosas y la filosofía de detrás de cada vino es absolutamente grandiosa. Y consigues una relación mucho más estrecha con el cliente final.

—¿A qué cree que se debe la relación de lejanía que existe entre el mundo del vino y los jóvenes?

—Uno de los causantes de esa lejanía son los bodegueros, porque utilizamos terminología compleja y metemos miedo cada vez que hablamos de un vino. La clave es que tú puedes hacer con el vino lo que quieras, tomártelo a la temperatura que te dé la gana, por ejemplo.

—¿Cómo ve a la denominación de origen Rías Baixas en los mercados?

—Cada vez es más fuerte y con más presencia en los mercados exteriores. La potencia del albariño es increíble, pero es una uva que pide tranquilidad. Tiene una base maravillosa para construir grandes vinos, pero necesita tiempo. Y esta zona cuenta con todas las características necesarias para hacer esos grandes vinos. Porque cada vez está más demostrado que, aunque el albariño se lo lleven a diferentes sitios, no se comporta tan bien como en Rías Baixas. Hay albariño en California, en Cataluña y en otras muchas regiones, pero la calidad del de aquí es inigualable. Tenemos en nuestras manos un tesoro. El futuro de esta denominación de origen pasa por hacer las cosas bien.