Un aire de nobleza en la ría de Vigo

El pazo Larache tiene nueve habitaciones y un jardín de 55.000 metros


REDACCIÓN

Así, de buenas a primeras, no impresiona. Lo que sí impresiona son esos 500 metros de descenso desde la carretera general que conduce a Cangas bordeando la costa norte de la ría de Vigo. Como el asfalto es ancho, tampoco hay nada que temer, hasta que se estrecha unos metros antes de llegar al amplio aparcamiento del pazo Larache, dejando a la izquierda un buen ejemplar de hórreo con diez pies.

Pero sí, se estrecha, entre magnífica hilera de árboles, para avisar que el viajero no llega a un sitio cualquiera, sino a los dominios de Yesi (que lleva aquí más de un decenio) y María. Lo cual, en fin, tampoco es cierto del todo, porque la propiedad de este edificio centenario no es suya, sino de una sociedad familiar. Para ser más concretos, fue construido en el siglo XVIII, se amplió en el XIX y comenzó a ser rehabilitado en el 2002

El caso es que esos 55.000 metros cuadrados llegan hasta el mar. Hasta esa ribera que forma parte de la llamada ensenada de Larache. Por cierto, curioso topónimo que se comparte con la localidad marroquí. Un buen trozo de ese terreno se ha transformado en jardín muy amplio donde el personal se acomoda en sus sillas y hamacas con el portátil en mano para aprovechar el wifi, ahora de fibra -milagro en el mundo rural gallego- que desembarcó no sin los típicos problemas de hoy va y mañana no va, pero ya funciona a toda marcha. Se ha cuidado también la iluminación. Pero en fin, no impresiona el pazo. Y no lo hace porque no hay aquí ese edificio ampuloso, enorme, que suele asociarse a la idea de pazo. Desde luego, traspasado el portón que tampoco es nada del otro mundo, aunque sí cargado de historia, y desviando la vista a la izquierda de esa larga viga de un lagar, la construcción sí es varias veces centenaria.

Ahí hay historia, que se ve tanto en la recepción como en la sala común, donde al piano -que no funciona- le hacen compañía sofá, mesas y sillas que no son de época pero que se ha intentado que no desentonen. ¿Y el lagar? Abajo también desde el siglo XVIII. Ahí es donde se sirven los desayunos (últimamente no dan comidas ni cenas por culpa del covid). Sin duda, es el mejor espacio de todos, empezando por el suelo y acabando por el propio lagar. Hasta la barra del bar está tan bien colocada que da la impresión de llevar allí docenas de años. Tapices y fotos antiguas crean una atmósfera íntima. Matrícula de honor.

Tampoco desentonan las puertas, elemento que suele olvidarse en la mayoría de los establecimientos pero que aquí tienen un papel relevante. Cada una de ellas no suma, no, cientos de años, pero sí al menos un siglo, mostrando sus ínfulas modernistas. Y así han quedado en armarios y cuartos de baño de las habitaciones. Un buen ejemplo de cómo conservar elementos patrimoniales que dan lustre a un edificio o a un negocio.

El edificio se dispone en u, dando forma a un patio acogedor. Cerrándolo, pero a más altura, se extiende otro cuya carpintería externa ya advierte que es posterior, aunque mantiene el tono con sillares mucho más limpios. Las nueve habitaciones, con nombre propio y ligado a personas históricos (Kafka, Da Vinci, Picasso por ejemplo) sumergen en un tiempo pasado, con un excelente equilibrio entre muebles con sabor antiguo y, haciendo un notorio contraste que en absoluto hiere la vista, elementos nuevos. ¿Cuáles? Pues por ejemplo, lámparas de Ikea en las mesillas de noche. Y otra en el lagar, en una esquina a la que dota de personalidad.

Pazo Larache es igualmente un establecimiento que recibe gustoso a las mascotas, y así lo indica por escrito. También por escrito deja constancia de que más de una protesta ha debido de tener, puesto que advierte con letras gruesas que las mascotas -se refiere sobre todo a los perros- no pueden andar sueltos por la piscina. No hay en Galicia muchos sitios donde a uno le admitan con animales. Y eso tiene su cara positiva porque amplía la oferta. Claro está que si el cliente no tiene mascota debe saber que estas llevan su propio ritmo, que su educación es dispar y que la educación de sus propietarios (¡y propietarias!) es también dispar. Y debe saber que hay algunos dueños -por supuesto que no todos- que piensan que el mundo gira al ritmo de su perro, y que, si a este le da la gana de celebrar la llegada de su dueña justo en la habitación de al lado, nadie debe quejarse. Porque toda cara tiene su cruz. También aquí, en este edificio que acabó siendo rehabilitado en el 2006 y que desde luego ennoblece la ría de Vigo.

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