Napoleón envió a Galicia dos ejércitos con 52.000 soldados

La invasión de 1809, y su liberación desde la Reconquista de Vigo, enfrentó a los gallegos a un gran contingente militar

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Vigo

C ierta candidez anima a muchos a pensar que fue poco menos que una bendición la invasión de Galicia por las tropas napoleónicas en 1809. Que aquellos soldados traían el espíritu de la Ilustración. Y que llevaban en sus macutos las obras de Montesquieu y de Voltaire. Siguiendo la misma falacia, la Reconquista de Vigo fue un error: algunos creen que los bárbaros vigueses echaron a los paladines de las libertades. Pero este tipo de razonamientos históricos a posteriori, aparte de simplistas, son irreales. Porque sería interesante saber hasta qué punto podemos considerar a Napoleón un demócrata. Y no olvidemos que quienes lucharon en A Gamboa lo hicieron en favor de las Cortes de Cádiz y de la primera constitución liberal. Que luego la aplastase Fernando VII, e incluso resucitase la Inquisición, es otro tema.

Hay también quien cree que la Reconquista, y la liberación de Galicia en 1809, fue un hecho menor. Y es cierto que, entre los dos mil soldados franceses que se acantonaron en Vigo, había muchos lisiados y enfermos. Pero también es verdad que quienes estaban sanos cometieron tal cantidad de saqueos, incendios, así como violaciones y asesinatos que es increíble que aún haya quien les siga juzgando desde el buenismo.

Circula también cierta idea de que los invasores franceses no eran muchos. Pues bien: eran casi dos ejércitos al completo, los de los mariscales Soult y Ney. Y sumaban nada menos que 52.000 hombres. ¿Sabemos cuál fue el número máximo de tropas que hubo en Afganistán en la Operación Libertad Duradera a comienzos del siglo XXI? 64.000 soldados, incluyendo los de Estados Unidos y otros 41 países. Las comparaciones son odiosas, pero muy claras en este caso. ¿De verdad a alguien le pueden parecer pocos 52.000 soldados ocupantes sobre el terreno de Galicia en 1809?

Atrocidades

Los libros parroquiales de difuntos están llenos de testimonios terroríficos. Mujeres violadas, hombres destripados, casas incendiadas... Los soldados ocupantes venían sin víveres y su única manutención era el saqueo. A lo que se sumaba la barbarie de muchos, pese a las amenazas de los oficiales franceses, que comenzaron pidiendo que se respetase a los gallegos y terminaron, como el terrible Maucune, ordenando sembrar directamente el terror, como hicieron en Muros o en Monforte.

En Vigo no fue muy distinto. El alcalde Vázquez Varela describe la situación al comandante Chalot semanas antes de la Reconquista: «Los desmanes que las tropas francesas hacen con violencia en las casas de los pobres vecinos, llevando de ellas cuanto tienen, segando sus intereses y hortalizas, prefiriendo la subsistencia de las bestias a las de los mismos hombres, con destrucción de viñas y sembrados con que inutilizan la cosecha venidera».

Los vecinos de A Falperra escriben también a Vázquez Varela, porque los franceses «violentan las casas armados, con pistolas, sables y armas de fuego, hacen en ellas un registro riguroso, insultan a sus habitantes, violándoles cuanto tienen; y no contentos con el infeliz sustento de su manutención le arrebatan las mismas ollas en las que lo hacen». Así «experimentan algunos vecinos la desgracia suerte de ser maltratados».

Tras la ocupación, el mariscal Soult distribuye a sus tropas por toda la provincia de Tui, fijando su cuartel general en Vigo. El general Merle ocupa A Guarda, Delaborde se establece en Salvaterra, Baiona recibe al general Franceschi, mientras el general Lorges se instala en O Porriño. Resulta obvio que la presencia de miles de soldados genera terribles problemas de abastecimiento. El historiador De Santiago y Gómez lo reseña en su Historia de Vigo: «Eran insoportables para el vecindario de Vigo y los pueblos de toda la comarca las cargas que les imponían con los alojamientos de las tropas francesas y suministros de víveres para un ejército de 52.000 hombres que habíanse llegado a reunir».

Lo cuenta también un francés: Le Noble, que ejercía el cargo de intendente de Soult: «El ejército estaba sin dinero, sin aprovisionamientos, sin vestuarios, sin equipajes. El personal ni siquiera llegaba al completo de una campaña ordinaria, cuando en realidad era preciso el doble para aprovechar los débiles recursos del país».

Los ocupantes vacían los hórreos y alpendres. Y dejan sin grano al país entero. Los hornos de la comarca no dan abasto para el pan de las tropas. Lo explica Le Noble, que asegura que los molinos «están en la infancia del desarrollo, no pueden moler cada uno más que alrededor de cuatro quintales por 24 horas, esto es, que para los 375 quintales que el ejército consumía por día, exigía el empleo de noventa muelas».

El relato podría continuar con mil episodios dramáticos. Que entran en lo común cuando un ejército de más de 50.000 hombres ocupa un país. Sobre todo en una época en que apenas existía la intendencia. Lo asombroso es que haya quien aún piense que aquellos ocupantes traían en sus macutos a Voltaire. No, señores. No pequen de cándidos. Aquello que sucedió en 1809 fue una guerra.

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