Vigo

La ría de Vigo se ha convertido con el paso de los años en una especie de cajón de sastre en el que se entremezclaron todo tipo de usos y servicios. Así, la industria naval, con sus grandes y pequeños astilleros, se dio la mano con el turismo náutico de los puertos deportivos, las urbanizaciones residenciales a pie de playa conviven con antiguas conserveras y salazones derruidas y los muelles pesqueros se alternan con naves de todos los colores y tamaños, depuradoras, aparcamientos y paseos interrumpidos abruptamente para los caminantes. Medio millón de habitantes salpicados por ambas orillas de la ría son testigos a diario de ese batiburrillo en el que hay ejemplos de buen hacer (el matadero de Alcabre reconvertido en Museo do Mar sería un exponente) y maravillosas postales con las islas Cíes al fondo. Pero, desgraciadamente, también hay ejemplos claros de feísmo.

La torre de la isla de Toralla es un ejemplo clásico de especulación urbanística de la década de los 70. Todo un símbolo dominando la ría, de 70 metros de altura y más de medio millar de apartamentos con privilegiadas pero abusivas vistas. Difícil sustraerse al pegote que supone esta mole encima del islote vigués, se mire por donde se mire. Llama poderosamente la atención de cualquier visitante.

Y otro hit inmobiliario es el de O Vao. Se trata de otra urbanización construida hace más de cuatro décadas junto a una de las playas más concurridas de la ciudad y, por aquel entonces, bastante salvaje. Muy cerca, los vecinos de la zona se libraron de otra aberración urbanística de la época del alcalde Portanet, la de Playas Blancas. Y es que la ría viguesa nunca ha sido del todo ajena el estilo de Marbella.

Uno de los símbolos de feísmo que permanece desde hace año y medio en el centro de la ciudad, a ojos de cualquier turista, es el muelle hundido de O Marisquiño. Los organizadores del festival de cultura urbana tuvieron que taparlo con una lona en el último certamen, y la Autoridad Portuaria todavía tiene que reparar la zona. De momento, no ha contratado el proyecto y el agujero negro sigue afeando el paseo de As Avenidas en el que resultaron heridas cerca de 400 personas. Puede que la imagen perviva en la edición del próximo verano, la vigésima.

Ah, los líos entre administraciones. El paseo marítimo de Bouzas permanece vallado desde agosto del 2018 por la caída de bruces de un anciano. El Concello y el Puerto de Vigo se achacaban las responsabilidades sobre el mantenimiento de las tablas. Los vecinos, hartos, han ido llenando de carteles la zona para recordar su abandono a la espera del proyecto de Costas y de la prometida reforma.

Beiramar ofrece una de las peores estampas urbanas del litoral de Vigo. Hay viejas naves abandonadas, cuando no en ruinas. Algunos edificios por la calle Jacinto Benavente, detrás del auditorio, son pasto de los okupas y en algunos solares crece incontrolable la maleza... y la basura. Las esperanzas están puestas en la operación de la inmobiliaria Inveravante en el antiguo edificio de Cordelerías Mar, el primer proyecto privado que apuesta por la regeneración de la zona con un edificio de diez plantas.

El apartado arquitectónico nunca ha sido el fuerte de la Autoridad Portuaria, claro. Muchas instalaciones han ido cambiando de manos a lo largo del tiempo, incluso desvirtuando su cometido. Es el caso de la explanada de Rande, antigua concesión de la empresa Duchess, que se ha convertido en un aparcamiento de contenedores vacíos y remolques tras una inversión millonaria. Un pedazo de costa redondelana privilegiado, con un uso cuestionable a escasos metros del icónico puente de la ría.

Massó, la mayor conservera que hubo en Europa, lo fue todo en Cangas. Hoy no es más que en un enclave abandonado a su suerte cuyas instalaciones se vienen abajo según pasa el tiempo. Una joya industrial para la que ha habido muchas novias que no cuajaron. La más importante fue la urbanización de chalés diseñada por el arquitecto Norman Foster. La operación incluía un puerto deportivo y un centro comercial en la vieja factoría. Hoy, todo es pasto de okupas, maleza y animales abandonados. El Concello, pese a todo, montó un sendero por la zona.

En Cangas también se produjo una intervención muy polémica en el dique rompeolas. Las casetas de los marineros, conocidas popularmente como jaulas y que sirven para guardar los aparejos, son un verdadero quebradero de cabeza para los vecinos que viven en sus inmediaciones. Y es que, además de suponer una pantalla visual de dudoso gusto, cuando sopla el viento del suroeste emiten un silbido ensordecedor y especialmente molesto.

El astillero Casqueiro de Moaña es una carpintería de ribera en el paseo marítimo que quedó arrasada por un incendio hace más de dos años. Ahí siguen los efectos del fuego, bien a la vista desde el centro de salud que hay al lado, y con una embarcación en penoso estado y que solo luce pintadas. El Concello quiere continuar con el proyecto de paseo por todo el borde litoral del municipio y para ello necesita la colaboración de Costas.

Polémico como pocos, el talaso de Oia sigue siendo un edificio ilegal y sobre él pesan sentencias de derribo. Sus promotores lo levantaron en plena zona rústica, en un enclave natural próximo a Caro Silleiro y con solo unos chalés en las cercanías. Abrió sus puertas en el 2003. La recalificación de las instalaciones montadas para uso hotelero que promueve el Ayuntamiento cuenta con sus detractores, pero también con defensores por el perjuicio económico que causaría su demolición.

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