¿Cuál es la peor etapa del matrimonio?

MIENTRAS UNO cría mariposas en el estómago, el otro ve pelos en el cuarto de baño. La primera brecha, dicen los expertos, llega en el primer año de convivencia, y a partir de ahí pueden abrirse zanjas en la pareja con los grandes cambios vitales, como la llegada de los hijos o cuando estos se marchan de casa. No se vayan todavía, aún hay más.

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Se abren las apuestas: ¿es peor ese momento del primer año de convivencia de la pareja en que uno se pelea hasta por la marca de aceite que se compra en casa? ¿Es peor cuando se está criando hijos y no se duerme, uno se agota y no puede ni con el alma? ¿Será peor cuando los chiquillos se van de casa y uno mira para el de al lado y no lo reconoce? ¿O es peor ese momento de piloto automático en que se tira con la monotonía de la rutina? Se abren las apuestas y los expertos apuntan que no hay una fórmula matemática que sea capaz de dar solución a tanta cuestión vital, pero sí algunas pistas que nos pueden orientar para sobrevivir con amor al matrimonio. Y la clave es entender, tal y como explica la psicóloga Eva Gil, que las crisis forman parte de las relaciones sean del tipo que sean, si por crisis entendemos un desajuste en las expectativas entre las personas. Porque puede pasar, claro, que mientras uno cría mariposas en el estómago, el otro empiece a ver pelos en el suelo del cuarto de baño y la realidad del baño normalmente se impone. «En la pareja no siempre se va acompasado, y ningún matrimonio que llegue al final de sus días juntos va a vivir sin conflicto, en general los cambios sean del tipo que sean afectan indiscutiblemente, ya sea en el principio de la convivencia, por la llegada de los hijos, por el nido vacío o la jubilación, pero no hay duda de que no todas las parejas responden igual. Mientras hay matrimonios que parece que están en conflicto permanente, pero no se resienten, hay otros que nunca discuten y el día que lo hacen rompen porque no son capaces de resolverlo», señala Gil.

¿Entonces son ciertos todos esos estudios que marcan el primer año como el tiempo más tenebroso? «Sí -responde rotundo Manuel Lage-, es cuando se ponen de manifiesto las dificultades, porque en el primer año hay mucha ilusión, las expectativas son muy altas, estás arriba del todo y lo único que puede pasar es precipitarse en el descenso. Como decía Helen Fisher, experta en estas cuestiones, en esa etapa de enamoramiento la mitad es lujuria y la otra mitad dopamina, y cuando eso desaparece -alrededor de los tres años- queda lo más real y puede volver a darse otra de las grandes brechas».

La llegada de los hijos supone otro hándicap en el desgaste que, no obstante, no suele ser el detonante de una ruptura. «Estoy generalizando -dice Eva Gil- pero creo que de alguna manera los hijos son una razón de ser y aunque haya diferencias, la dirección está marcada. Las dos personas saben que están volcadas en el cuidado. Los hijos son muchas veces el motor de la relación, el problema puede llegar cuando se marchan de casa y de golpe el matrimonio tiene que volver a reconocerse». De esa misma opinión es Manuel Lage, quien afirma que la mayoría de las rupturas no se producen por «hechos graves». «Suele ser un desgaste, un ‘me harté’, que se etiqueta con la excusa del ‘no me entiendes’ cuando en realidad uno siempre podría explicarse mejor. Pero es verdad que hoy vivimos en ‘tolerancia cero’ con el otro; antes se funcionaba con otros códigos y los roles estaban mucho más definidos. Hay un chiste que lo resume: ‘Doctor, mi mujer me ha dicho que o la atiendo cuando me habla o no se qué’ [Risas]». Hoy en día estamos muy perdidos y es todo tan intenso que resulta difícil no desdibujarse y confundirse con el otro, la clave sería tratar a tu pareja con el mismo mimo o más con el que tratamos a un buen amigo».

¿Se puede estar enamorado de la persona con la que te casaste hace 50 años? «Sí -se lanza Gil-, entendiendo ese enamorado como tener al lado a quien se ha convertido en lo más importante de tu vida». Habrá que intentarlo hasta el final.

3 CRISIS

El primer año

Llega cuando se empieza a convivir, y se produce un desajuste en las expectativas. Es el salto de la fase de enamoramiento a la del amor real.

Los hijos

Tres son más que dos y dos más que uno. Cuantos más, más quebraderos de cabeza, pero según los expertos cuando hay hijos pequeños la pareja está centrada en cuidar y suele haber menos rupturas.

La jubilación

Cuando los hijos se van de casa y se produce la jubilación la pareja puede resentirse, es el momento de volver a reconocerse. 

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