«Mi nombre es Estela pero me llaman María»

DIME CÓMO TE LLAMAS Y TE DIRÉ CÓMO TE VOY A LLAMAR YO... Como estas tres chicas a las que sus padres les pusieron un nombre cuando nacieron y así figura en su DNI, aunque responden por otro que nada tiene que ver. Y no, no hablamos de motes.

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Aclara desde el principio que su nombre «oficial» es Estela a secas, ni Estela María ni María Estela, para que nadie piense que lo de María pueda ser un resquicio de su denominación. Dicho esto, a Estela su madre nunca la ha llamado Estela. Su progenitora siempre tuvo claro que si tenía una hija se llamaría María. Sin ningún tipo de acompañamiento. María. A secas también. Y teniendo todo tan seco y tan claro, os preguntaréis cómo Estela deriva en María. Lo de Estela vino para complacer los deseos de la madrina de la criatura, que por aquel entonces no tenía descendencia y le ilusionaba la posibilidad de que «su niña» llevara el nombre que tanto le gustaba, que por cierto era en alusión a la política argentina María Estela Martínez de Perón. Que ya se podía haber quedado con el María y así todos contentos. «Mi madre es tan buena que se dejó llevar y no dijo nada, tenía 23 años, aceptó que me pusieran el nombre que quería la madrina, que por aquel entonces era bastante usual que participaran en la elección», explica Estela, propietaria de la tienda multimarca The Mint en A Coruña.

La madre lo aceptó, pero nunca lo puso en práctica: «Nunca me ha llamado Estela». A pesar de esta doble personalidad lingüística, Estela dice que no tiene ningún problema en responder por ambos, aunque es raro que escuche María fuera de casa. «Hay incluso quien me llama Esteliña, quizás porque soy muy cariñosa, no sé, pero también me gusta». En su caso también tenía claro desde pequeña que si tuviera una hija la llamaría Candelaria, como la dueña de una tienda de chuches a la que solía ir en su infancia. Al final, aceptó Candela por imposición popular.

AIDA ES MARIÁN  

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Que una madre no se puede olvidar del nombre de su hija... Ya os digo que sí. Cuando la protagonista de esta historia era pequeña llamaron del colegio preguntando por Aida, y la madre como si nunca tal cosa oyera dijo que en aquella casa no vivía ninguna. Casi. Porque una había y era su hija. Tenía excusa para no darse por aludida, ya que a la criatura le había puesto Aida también (como en la anterior historia) para complacer los deseos de la madrina, que en este caso no es que le gustara el nombre sino que se llamaba así, pero su cabeza pasaba por alto este detalle porque estaba poco convencida con la elección. «A mi madre no le gustaba nada, nada, pero al final se resignó. Dijo, bueno le ponemos Aida pero le llamamos Marián, que es el nombre que ella quería para mí», explica.

NI RASTRO DE AIDA

Los años van pasando y cada vez queda menos rastro de Aida. Y cuando el nombre aparece, ella -que actualmente tiene una tienda de moda y complementos en Betanzos, Bicos- sabe que el interés procede de algún organismo oficial. «En el cole siempre fui Aida, pero desde que se terminó poco lo escucho, y si me llaman así es alguien que no me conoce. A día de hoy para mis clientes, para amigos, para todo el mundo soy Marián». De hecho, lo tiene tan asimilado que se ha metido en el papel a pesar de que en su DNI figura Aida, que ella firma como Marián.

Aunque la mayoría de las Marián suelen adoptar este nombre para acortar el María de los Ángeles, su caso no es así. «El Marián no viene de nada, más que de Marián». No sé si por experiencia, ella tomó nota de lo sucedido, y con sus hijos no dejó intervenir a nadie. «A la mayor, Alejandra, mucha gente la conoce por Ale. A mí me gusta más Alejandra, pero entiendo que es por acortamiento. Dentro de lo que cabe, no le cambian el nombre».

ROSA AMALIA ES ANIA  

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Podemos insistir y llamarle por su nombre real, que ella no nos hará ni caso. Y no es que tenga la intención de ignorarnos por completo y pasar de nosotros, sino que no se dará por aludida. Ella solo responde a su nombre ficticio, que nada se parece al original.

Oficialmente se llama Rosa Amalia Martínez Aragones (así consta en sus documentos oficiales), pero todo el mundo la conoce por Ania. Esta joven de 26 años, natural de la República Dominicana, reside desde los 17 en el municipio lucense de Becerreá. «Soy de Bahía de las Samaná y allí es una tradición cambiar el nombre original. Nadie se conoce por el nombre verdadero, sino que todos tenemos otro ficticio. Se debe a que antiguamente practicaban magia negra y cambiaban los nombres siguiendo un ritual. Mi madre se llama Ana, mis tías tienen un nombre compuesto que también lleva el nombre de Ana, y a mí me pusieron Ania para mantener el sufijo, pero diferenciándome a la vez de ellas», asegura la joven, que ya está acostumbrada a que nadie le llame Rosa Amalia y da su nombre real por perdido.

ALGUNA ANÉCDOTA

Allá donde va, Rosa Amalia Martínez se presenta como Ania, excepto en los sitios oficiales, donde no le queda más remedio que identificarse con el que está registrado en los documentos. «No asocio mi nombre original conmigo. Me ha pasado alguna anécdota curiosa, como estar esperando en la sala de un dentista, llamarme por mi nombre oficial y no enterarme. Estaba con el teléfono o leyendo y ni me inmutaba», cuenta Ania entre risas.

Antes de llegar a la montaña de Lugo, ella residió en Vega de Valcárcel. En este lugar de León también la conocen por Ania. Desde mayo del año pasado lleva un local hostelero junto a su pareja en Becerreá, el Bar Galicia. Todos sus clientes la conocen por su nombre ficticio. «Abrimos el bar en mayo del 2016 y ya me presenté como Ania. Alguno no sabe que mi nombre de nacimiento es Rosa Amalia. Para mí, Ania es mi nombre real», concluye.

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