Jorge Mira: «Tardei 16 anos en saber que era daltónico»

ELLOS SON DIFERENTES Jorge Mira avisa de que muchos lectores son daltónicos y no lo saben. Hablamos con un discapacitado que descubrió en silla de ruedas sus capacidades; un bailarín que triunfa en un mundo femenino y una mujer negra que vive rodeada de blancos. ¿Quién dijo barreras?

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Jorge Mira: «Moitos lectores son daltónicos e non o saben» El científico explica cómo convive con esta alteración de origen genético que afecta a la capacidad de distinguir los colores. Una lámina que mostró un profesor durante una clase de filosofía propició que se diese cuenta: «descubrino con estupor».

Ante él puedes ponerte colorado, que no se va a dar cuenta. Ya puedes tener unos ojazos verde agua, que no le van a deslumbrar. Tampoco se va a asustar por muy rojos que se le pongan los ojos ante los focos de la tele. Y aunque se apaña con la lavadora y la elección diaria de la ropa, confiesa que el orden de los colores no es lo suyo y que a veces pide ayuda en la tienda para asegurarse de que lo que se está comprando combina bien. El científico Jorge Mira supo que era daltónico a los 16. Al contrario de lo que pueda parecer, no es tan fácil darse cuenta. «Se es daltónico, probablemente non o saibas. É máis fácil non decatarse de que es daltónico que de que es miope», dice Mira, que descubrió su condición en el colegio: «Na materia de Filosofía había un capítulo de percepción, e o profesor mostrou unha lámina de daltonismo. Aí descubrín con absoluto estupor que era daltónico».

Hay quien, incluso, muere sin saberlo. «Eu tardei porque pensa que sempre vin así. Non é como se tes esa facultade e despois a perdes. Nós non sabemos o que nos perdemos», aclara Mira, que deja bien claro que el daltónico estándar ve colores, pero posiblemente más apagados: «Eu vexo as sete cores básicas do arco iris. O problema é cando empezas a mesturar e me falas de verde caqui ou verde pastel... Eu vexo como vexo, non lle podes explicar a un cego o que é a cor vermella». Para entender el daltonismo hay que entender el ojo humano, que ve en base a tres colores: verde, rojo y azul. Todos los tonos a partir de ahí, son mezclas. «Nós temos o verde e o vermello menos rico ca vós», indica el científico, que señala que hay casos peores: «É o caso extremo dos que non ven cores, e só ven a escala de grises. Chámase acromatopsia e só hai un caso de cada cen mil. O daltonismo normal, a deuteranopía, que é o problema do verde, e a pronatopia, que é o do vermello, engloban o 99 % dos casos». Luego, hay grados. Él diferencia los colores del semáforo, mientras que otros aciertan por descarte.

CUESTIÓN DE GÉNERO

Mira calcula que en Galicia puede haber unos cien mil hombres daltónicos y unas cinco o seis mil mujeres, «coma unha cidade como Santiago. Oito de cada cen lectores de YES van ser daltónicos, e moitos seguramente non o saiban». Y es que esta es una alteración casi de género. «Mulleres daltónicas hai moi poucas. Este proceso débese a un problema no cromosoma X. Elas son XX e eles, XY. O problema pasa porque hai un xene nunha das patas do X que está mal, e que vén de túa nai ou de teu pai. Pero ti, como es rapaza, tes outro cromosoma X que normalmente vai estar san e vai tapar o problema do que está mal. Se eu teño o problema no cromosoma X, o Y nunca vai poder arranxalo. Para que unha muller sexa daltónica, ten que ter a mala sorte de que lle caian os dous cromosomas malos», apunta el científico. «Gustaríame ter sido rapaza, porque, se o fose, vería a vida doutra cor», zanja. Mientras tanto, desde el departamento de Física Aplicada de Óptica y Optometría, planea estudiar la aplicación de unas gafas para ponerle, si cabe, aún más color a la vida.

IVÁN POMBO, LESIONADO MEDULAR: «Todos tenemos alguna pequeña discapacidad»

Iván tenía 19 años cuando una simple zambullida le robó la movilidad. Estaba con sus amigos jugando al fútbol en el mismo sitio de siempre, en la playa fluvial de A Freixa (Ponteareas), y el balón se cayó al río. Él se tiró de cabeza para recuperarlo, pero se golpeó con un tronco que no debería estar allí. Días antes se había producido una riada que lo movió todo y sacudió su vida. «Entonces trabajaba en la construcción, en un trabajo físico. Además, había sacado el carné unos días antes del accidente y tenía apalabrado un coche», relata. Al principio, no fue consciente de lo que le había pasado. «En aquella época no sabía lo que era una lesión medular. Y en el hospital, pensaba que me iba a recuperar. Fue en el cuarto o quinto mes cuando los médicos me dijeron que no tenía recuperación», recuerda Iván, que tras una época difícil -«estuve dos años sin salir de casa»-, decidió salir adelante y derribar las barreras que se había puesto a sí mismo.

Hace unos años, solicitó la prestación de un asistente personal por la ley de dependencia, que le ayuda en tareas como las del hogar o el aseo personal, y le hace el acompañamiento laboral y de ocio. Pero los grandes avances en su vida también tienen nombre de mujer. Vicky, su pareja, precisamente una extrabajadora de Cogami, tiene mucho que ver en su nueva vida. «Nos conocimos allí y desde que estoy con ella, todo cambió», asegura Iván con timidez. Llevan un año viviendo juntos, por lo que abandonó la casa de su madre y lleva la vida de cualquier hombre de su edad.

FÚTBOL, VIAJES Y SALIDAS

«Soy futbolero, así que voy mucho a Balaídos. También salgo con los compañeros, viajo cuando puedo y me gusta conocer culturas nuevas», asegura. Y, por supuesto, no pierde la oportunidad de pasear a Moro, el labrador con el posa en la foto. También influyó, y mucho, que un buen día cruzase las puertas de Cogami. «Allí me animaron a reconducir mi vida a la discapacidad y a que retomase mis estudios. Me ayudaron a sacar la ESO, pero yo seguía sin ganas de hacer nada», indica. Con 29 años, una trabajadora le advirtió de que rozaba la treintena y que debía reaccionar. «Me puse a estudiar a distancia», indica Iván, que a sus 37 años está terminando el doble grado de Turismo y de Administración y Dirección de Empresas. «Vi que había que hacer algo. Dije: ‘Pasivo no puedo ser, tengo que ser activo como era antes’». Gracias a una beca, hizo prácticas en el centro de Mos el año pasado y este.

Tiene muy claro lo que quiere decirles a los que están sumidos en la oscuridad de la que él logró salir: «Todos tenemos alguna pequeña discapacidad. Unos tienen la física, pero las hay de otro tipo. Yo puedo ser un buen económico y tú no, por ejemplo. Y, al mismo tiempo, todos tenemos nuestras capacidades. No hay que venirse abajo y hay que potenciar lo que realmente puedas hacer». Esa es su lección.

IGNASI COLOMINAS, BAILARÍN: «Oí los típicos comentarios de 'El ballet es para chicas'»

Ignasi Colominas es el único chico de su clase en la escuela de danza, en la que solo hay un niño de 10 años. El resto son todo chicas. A sus 16, vive en Dublín, estudia en el St. Tiernans Community School y una vez a la semana acude a la Debbie Allen School of Dance para practicar ballet. A los siete años empezó a bailar gracias a sus padres. Y eso que ya practicaba hockey sobre patines, pero no le acababa de llenar. «Buscaba alguna actividad extraescolar más, y mis padres me dieron el baile como opción. Me lo pusieron como una carta más sobre la mesa, y la acepté, ¿por qué no? Cuando eres niño no catalogas nada como: ‘Esto es de chicas o esto es de chicos’».

Ahora que está fuera de casa, en otro país, no abandonó su pasión. Lejos quedan ya sus primeras clases en la Escuela de Danza de Oleiros, pero no piensa abandonar lo que le hace sentir, en sus propias palabras, «escalofrío y emoción». Y eso a pesar de que no es su primera opción profesional, porque se debate entre tres grados: Medicina, Biotecnología e Ingeniería Biomédica. «Las tres tienen una nota de corte alta, pero todo es ponerse. No hay excusas», afirma con la firmeza de quien está hecho a la disciplina de la danza. Y a las heridas: «Mis pies son un gran panorama que no se debe mostrar al público, porque se te caen las uñas, te aparecen muchos callos... Es doloroso, pero te pones una tirita, Betadine, y sigues bailando». Tanto ha seguido bailando que ya planea su próxima función en abril con la escuela irlandesa, Sleeping Beauty [La bella durmiente]: «Cuando estás en el escenario, te invade un sentimiento de seguridad ante el público. La mente se te va, es un sentimiento único, increíble».

INTOXICADOS DE PREJUICIOS

Ignasi dice que no separas las cosas por género hasta cierta edad, «donde empiezas a ser consciente de que los estereotipos te afectan». A partir de los 10 o 12 años, afirma el bailarín, todo se polariza: «Empiezas a ver que el fútbol y la lucha están orientados casi exclusivamente al género masculino, y lo mismo ocurre con el femenino. Si eres chica y te gusta el color rosa, el ballet o hacer gimnasia rítmica, lo puedes hacer porque es de mujeres. Y no es así. Cuando llegas a esa edad estás intoxicado, entre comillas». La mente de los más pequeños, señala, es limpia. «Por eso ves a niños y niñas jugando juntos al fútbol o a las muñecas. Aún no están influenciados por los estereotipos».

Unos prejuicios que a él también le ha tocado sufrir. «Recuerdo los típicos comentarios de: ‘El ballet es para chicas, no para chicos’. Y de hecho me acuerdo de que yo quería hacer fútbol porque era lo que hacían mis compañeros, pero al final yo no encajaba con eso y siempre acababa con las chicas y haciendo ballet, que no es nada malo. Yo espero que la gente madure y desarrolle capacidades mentales para ir más allá y decir: ‘Mira, no todo es chica o chico, blanco o negro’». Y qué razón tiene.

ZINTHIA ALVAREZ, VENEZOLANA INTEGRANTE DE AFROGALEGAS: «Hay cosas que me pasan por ser mujer y por ser negra

Zinthia no era consciente de que era negra hasta que llegó a España. «Nunca había reivindicado antes mi afrodescendencia, me siento en esa necesidad aquí. Y si la siento es por algo», asegura esta venezolana de 30 años que lleva en Galicia una década y que notó desde el principio cómo la miraban, ese trato diferente hacia ella que no le proporcionaban por sus capacidades. «No, era por algo más tonto», zanja. Siempre que le piden que se defina, emplea tres palabras: mujer, negra y emigrante. «Son tres pilares fundamentales que me definen, más aún que mi profesión».

Ella es periodista, aunque fue incapaz de homologar su carrera, que cursó en la Universidad del Zulia, en Venezuela. «Era una lucha permanente. Me encontré con muchas barreras, y después, cuando lo tenía todo, me dijeron: ‘Vale, pero te lo homologamos por Humanidades’». No logró homologar su título, pero le sorprende que el Estado sí le permita trabajar como periodista pagando la cuota de autónomo -trabaja en el área de Comunicación y Márketing de Addrede-, o que la Administración le dejase hacer un máster, para el cual sí que consideraron válida su carrera universitaria: «Estudié uno privado, pero la pública también me lo permitía».

DOBLE DISCRIMINACIÓN

Su doble discriminación, que achaca a ser mujer y a ser negra, le llevó a formar parte de Afrogalegas, un colectivo surgido hace un par de años a raíz de una sesión fotográfica en la que varias mujeres afrodescendientes y negras pusieron en común sus experiencias de vida con un denominador común: episodios de rechazo hacia su color de piel. Un grupo exclusivamente de mujeres porque, apunta Zinthia, «simplemente por ser mujer sufres ya una discriminación. Nosotras de por sí estamos, si existe alguna escala, por debajo del hombre negro todavía, porque el hombre ya por ser hombre tiene un valor en esta sociedad». Las mujeres de su raza, señala, cargan con tres estereotipos principales: «Prostituta, ignorante e inmigrante. Ya se asocia que no tienes educación o que es de un nivel muy básico. Tampoco tenemos culpa de nuestras curvas. Nuestra estructura corporal es así, ¿qué quieren que le hagamos? Y luego, se da por hecho que eres pobre y que te dedicas a los cuidados o al servicio doméstico.

Ella misma se enfrentó a este tipo de estereotipos más de una vez. Como el día que fue a impartir un taller para una iniciativa de la Xunta que buscaba formar a adolescentes para acceder al mercado laboral y la confundieron con una usuaria. O cuando estaba hace poco escribiendo en su iPad y le increparon: «Ay, Afrogalega y con un iPad, ¡y rosa!» Como si la pobreza le viniera de serie. Por no hablar de lo que a veces escucha por la calle. «Hay cosas que me pasan por ser mujer, pero hay otras que me pasan por ser mujer y negra. Como ir un hombre en un coche a tu lado diciéndote: ‘Sube, que te llevo’.

Zinthia defiende que esta situación solo puede cambiarse desde la base, abriendo un debate en cuanto a la raza y a la diversidad etnicorracial. «Tendría que incluirse en el plan de estudios la relación que tiene España con África, porque se ha ocultado, y por eso aquí la diversidad no está normalizada. Hay que conocer algo para poder reconocerlo», insiste Zinthia, que asegura que la mayor población minoritaria en España es de afrodescendientes, y recuerda que ya hay cuartas generaciones de personas que han nacido aquí. «Pero se nos sigue asociando como extranjeros, como emigrantes. Por eso reclama también que se haga un censo: «Si no nos cuentan, no contamos».

Ella, que desembarcó en Galicia por amor, encontró a su pareja, un gallego, en Venezuela. No lo dudó y decidió seguirle hasta aquí. Diez años después, a pesar de todo, no se arrepiente. «Puedo decir que me salió bien», apunta sonriente esta afro tan galega.

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