«Yo a mi hija no la cambiaría ni por 50 sanas»

Mónica se quedó viuda hace tres años y está al cuidado de sus dos hijos, Laura, con discapacidad, y Anxo, con déficit de atención


Mónica no se siente una heroína ni nadie especial, «solo soy una madre», dice. «Una madre con dos hijos maravillosos, Anxo, de 19 años, y Laura, de 18, que hacen que me levante cada día con una sonrisa». Pero la vida de Mónica no es como la de muchas otras madres, como las de muchas otras mujeres. Ella no tiene vacaciones, no tiene un día libre, no tiene un respiro para sí misma y ni siquiera por las noches tiene descanso. «Ya me he acostumbrado a no pegar ojo -confiesa-, a veces caigo rendida a las diez en el sofá con Laura y a las tres de la mañana ya estoy dando vueltas, a las 6 me meto en la ducha, les doy el desayuno, visto a mi hija, me la vienen a recoger a casa a las 9 para llevarla al cole y a las 9.30 salgo con todas las tareas hechas».

Mónica es una madre entregada al cuidado de Laura, que nació con el síndrome de Smith Lemli Opitz, justo al año de haber nacido su hermano Anxo, al que diagnosticaron posteriormente un déficit de atención. «Yo la infancia de mi hijo me la perdí por completo -relata Mónica-, en ese momento tuve que dejarlo con mis padres, porque lo de Laura fue horroroso, de hospital en hospital, de Ferrol a Santiago...; la niña tenía una sonda en la barriga para comer, le supuraba, se le infectaba, me la volvían a meter en el quirófano... Los primeros tres años de vida fueron desastrosos, mi marido y yo nos sentíamos culpables por no estar con Anxo, y yo solo pensaba: ‘Dios, que pase el tiempo para saber cómo va a ser el día de mañana’. Ahora digo: ‘Dios, para qué pasó tan rápido’».

Mónica se emociona al recordar ese duro pasado y todo el sufrimiento para sacar a sus hijos adelante. «Laura es una niña que neurológicamente entiende, tiene un retraso, pero es muy inteligente y si le digo que haga algo lo hace. Pero hay días muy complicados porque se autolesiona, se pega o se da cabezazos contra la pared hasta hacerse sangre, es muy absorbente y no me deja hablar con nadie. Incluso tengo que advertirle a mi madre de que no venga a vernos algunas veces -añade-, porque cuando está mal, solo me quiere para ella. Pero mientras mi hija esté bien, a mí no me importa no salir, encerrarme el fin de semana para que no se autolesione, porque cuando está bien, es la niña más tierna y más dulce que pueda existir. Yo no la cambiaría por 50 sanas».

«DESEO UNA VIDA NORMAL»

A Mónica se le cae la baba hablando de sus hijos, aunque se derrumba cuando piensa que no les puede dar todo lo que se merecen. «A mí me gustaría salir a comer con ellos, dar un paseo, tener una vida normal, llevármelos de vacaciones a un sitio de esos con todo incluido, pero no puedo, a veces me siento como Don Quijote peleando contra los molinos, pero mis hijos son mi prioridad siempre y por ellos soy capaz de cualquier cosa», apunta.

Laura ahora está escolarizada en Aspanaes, pero durante un tiempo Mónica tuvo que pelear mucho para integrarla: «Te encuentras con profesionales como la copa de un pino, impecables, pero también hay profesores que era mejor que estuvieran en su casa. En una ocasión en el cole le prohibieron a mi hija ir de excursión porque sí, y tuve que rebelarme: si yo pagaba como todos los demás padres, me la estaban discriminando, eso es muy, muy duro».

Cuando las cosas se ponían cuesta arriba, Mónica contaba con el apoyo de Ramón, su marido, al que todos conocían como Chacho. «Era el mejor hombre del mundo», sentencia antes de romper a llorar. «En esos momentos de debilidad en que yo pensaba que era mejor que Dios me llevara a mi hija, él siempre me decía: ‘Parrochiña, todo va a salir bien’, él jamás se rendía, solo temía que le faltáramos nosotros y al final me faltó él a mí, ¡qué incongruencia!». Porque Mónica tuvo que enfrentarse a un tsunami hace algo más de tres años cuando su marido falleció de repente en casa. «Yo oí que roncaba raro, lo desperté, él se levantó al baño y ya no volvió en sí, fue una muerte súbita [rompe de nuevo a llorar] y me he quedado con esa culpa de quien no sabe si hizo todo lo posible. En esa situación de shock en que intenté hacerle el masaje, el boca a boca, Laura se despertó y eso a la niña se le ha quedado grabado. Hace poco llegó una ambulancia al portal y empezó a llamar por su padre», cuenta emocionada.

SIGO ENAMORADA DE ÉL

Mónica, con solo 47 años, está viuda, tira a diario con sus dos hijos, pero no pierde el ánimo: «No te queda otra, a mí lo que me salva es el carácter, soy muy habladora, muy payasa e intento no transmitirle la pena a mis hijos». «Cuando no puedo más me encierro en la habitación a llorar y es Anxo el que me ayuda mucho. Es el único hombre de mi vida, es igual que su padre, pero más tranquilo; Anxo es mi ángel, quien cuando me ve que no puedo más, me dice: ‘Mamá, descansa, a papá no le gustaría verte así’.

«Yo sigo enamorada de mi marido, ¿sabes? No sé lo que me depara el futruo, pero por ahora en mi corazón solo caben mis hijos y el amor a Chacho». ¿Qué es la felicidad para ti?, le pregunto. «Ay, yo creo que fui feliz cuando me casé y los tuve a ellos; si pudiera volver atrás, Dios, sería la mujer más feliz de la Tierra teniéndolo a él, a mi marido, ahora solo pienso en sacar adelante a Anxo y a Laura, pienso en qué será de ella sin mí».

«Creo que el otro día Bertín Osborne expresó eso mismo -avanza Mónica-, pero la suerte de su hijo es que ha nacido en una familia con dinero, a ese niño no le faltará nada y ha tenido los mejores médicos y los mejores terapeutas, de ahí al caso de mi hija y de otros niños hay un abismo».

Como Mónica no pierde la sonrisa relata la última vez que disfrutó como una enana. «Parecerá una tontería, pero desde el colegio donde está mi hija me dieron la posibilidad de dejarla el fin de semana a dormir y poder ver a mi hijo jugar en el equipo Genuine del Dépor, que para él es lo más maravilloso que le ha pasado, que lo escogieran para jugar ahí. Verme allí animando a Anxo en Abegondo me dio la vida, grité, me desmelené, porque el pobre es el único que no tiene a su madre habitualmente cuando tienen partido, porque yo no me puedo dividir más», apunta esta ferrolana, que ahora está volcada en que Anxo se saque el carné de conducir: «Va a clases particulares porque le cuesta un poco más y quiere estudiar técnico de Farmacia».

«Me he encontrado con muchas, muchas trabas, pero sé que lo conseguirá, va más lento, pero Anxo no tiene discapacidad intelectual, es solo un déficit de atención, es más lento, pero llegará, se lo merece y yo estaré ahí para apoyarlo», cuenta con una sonrisa de lado a lado, justo cuando me anuncia que ha cumplido el sueño de su marido. «He comprado una casita, la he restaurado y allí Laura puede estar al aire libre, así pasamos los fines de semana, a la casa le he puesto de nombre ‘El sueño de Chacho’, porque mi hijo lo quiso así. Esa es mi felicidad ahora, sacar a mis hijos adelante en ese pequeño rincón de mi pequeño mundo. Mónica es una madre coraje y una heroína. Mujeres como ella merecen todo nuestro homenaje.

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