«Tanto mi hijo como mi marido dependen de mí»

Mari Carmen Teijeiro no puede fallar y jamás se permite ponerse enferma porque lleva el peso de la casa sobre sus hombros


Para Mari Carmen (Ferrol, 1952) todos los días son iguales. Hace cuatro años que a su marido le diagnosticaron una demencia con tan solo 63. Estaba prejubilado, deseando disfrutar de sus nietos, cuando comenzó a notar que algo no marchaba bien. «No era todos los días, pero de vez en cuando notaba que no se acordaba de cosas. Sentía que iba perdiendo la memoria, y había cosas que hacía que tú decías: ‘Esto no es normal’. Por ejemplo, hacía todos los días el mismo recorrido en coche y a veces se olvidaba de por dónde tenía que ir», relata esta mujer de 67 años, que de momento se va apañando sola con los cuidados que requiere una persona con una enfermedad de este tipo.

Poco después un diagnóstico médico confirmó lo que se temían. El veredicto no solo sentenció a Jaime, también la vida de Mari Carmen. «Mi vida cambió por completo. Es muy duro», dice emocionada. Hasta ese día se repartía con Jaime el cuidado de Miguel, su hijo de 38, que sufre una parálisis cerebral, pero desde entonces vive por y para los dos. De 10 a 17.30 horas, tanto Jaime como Miguel acuden a sus respectivos centros de día para seguir con sus terapias, un tiempo que ella aprovecha para encargarse de los quehaceres de la casa y de ella, aunque esto último más bien poco. «Y falta me hace. Aprovecho para hacer mis cosas, y de vez en cuando quedo con alguna amiga porque lo necesito, a veces necesito hablar con alguien, parece que así te desahogas. Mi hijo entiende todo, pero no habla, y mi marido no es capaz de llevar una conversación. Hago todo antes de las cinco para que cuando vengan ya me pueda ocupar de ellos por completo», cuenta esta ferrolana, que incluso los viernes adelanta la comida del fin de semana para estar más liberada. Porque una vez que llegan la atención es permanente, sobre todo con su marido, que no le da respiro. «No me deja ni un momento, adónde voy yo, viene. Si estoy cocinando, se me pone justo detrás, lo cojo, lo pongo a mi lado, le digo: ‘Que quiero verte la cara’, pero al ratito ya está detrás. Voy a colgar la ropa y viene detrás», cuenta.

A día de hoy se maneja sin más ayuda que sus manos. «De momento -continúa- mi marido me obedece y se deja llevar, y mi hijo, aunque hay que hacerle de todo, también. Si tengo que salir al súper, se queda tranquilo viendo la tele o escuchando música». Lleva una vida muy sacrificada, de entrega absoluta a su familia, sin permitirse un bajón. «No puedo fallar, porque si no, madre... ¡Qué será de ellos! No me permito ni ponerme enferma», confiesa Mari Carmen, que tiene otra hija, Beatriz, que cuando puede por las noches le echa una mano, aunque ella también tiene sus hijos, su vida, y trabaja todo el día. «Yo le digo: ‘No vengas, no te necesito’. Pero ella hace de tripas corazón y viene, y así también hablamos», explica. Su marido está a tratamiento y acude a diario al centro Afal en Ferrol, sin embargo, ella confiesa que de un año hacia aquí la enfermedad le ha avanzado bastante. «Antes se acordaba del coche, ahora ya ha dejado de hablar de él, se ve que está empeorando. De momento nos conoce, pero pienso muchas veces: ‘El día que no me conozca, a ver...’. A mí me llama por el nombre y a mi hijo también, pero con mi hija, eso que la ve todos los días, no le sale su nombre. Le pregunta cómo se llama. Y ella le dice: ‘Papá, soy Beatriz’. ‘Ai, si, muller!’, le contesta él. Pero mi hija lo lleva con mucho dolor», explica.

SUS NIETOS, SU SONRISA

Mari Carmen echa mucho de menos a su marido. Hace cuatro años que la vida se le truncó «a una edad en la que podíamos disfrutar de los nietos, ahora a mí sola ya no me apetece hacer nada», dice. La vida ya la puso en apuros hace 38 años cuando tuvo a su hijo, pero lo de su marido lo lleva peor. «Un hijo es un hijo y duele mucho, pero con el tiempo vas asimilando las cosas, pero ahora, otra vez, este palo. Él me ayudaba mucho con el niño, por su hijo era... no le podía ni reñir yo. Se desvivía, y ahora pasa de él olímpicamente. Yo digo: ‘Madre mía, lo que es la enfermedad, te falta la cabeza y te falta todo’», confiesa.

Pocas cosas, aparte de sus nietos de 10 y 13 años, pueden arrancarle una sonrisa a día de hoy. Ella ya no tiene ilusión por nada, y aun así confiesa que no hay que tirar la toalla, que hay que seguir luchando. «Siempre pensamos que nuestra situación es la peor, y luego ves otras, y cambias de opinión. Nunca se sabe», reconoce Mari Carmen.

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