«Me salvé de milagro: no sabía que tenía un problema en el corazón»

ELLOS TUVIERON SUERTE. La fortuna les sonrió justo en ese preciso instante en que un segundo te salva la vida. Las suyas no hubieran sido lo mismo sin ese clic que saltó en el justo momento

Hay momentos en la vida que te hacen bajar revoluciones, frenar y reflexionar. Y situaciones que se cuentan con alegría: porque el destino, o no, quiere que esos momentos marquen un antes y un después. Historias que se escuchan sin pestañear y con la boca abierta. Y piensas: menuda suerte. Algo así es lo que le ocurrió a Raquel Becerra. Esta coruñesa puede contar con alegría que la vida sigue. «Me salvé de milagro: tenía un problema en el corazón y no lo sabía». Así empieza su historia. Ella empezó el año con un pie en el hospital: en enero su corazón se puso a 200 pulsaciones por minuto y tuvieron que intervenir de urgencia para que volviese a la normalidad. Todo ocurrió mientras estaba en su tienda de decoración y eventos en A Coruña. «Hacía unos meses que había abierto Mon Amie y, después de la locura y el estrés que supone abrir un negocio y de superar las Navidades, había conseguido llegar a una estabilidad que duró poco…», recuerda. «Estaba en la tienda atendiendo a unos novios y noté que el corazón se me salía del sitio. Recuerdo que acabé como pude la entrevista y me dio tiempo a llamar a un amigo para decirle: ‘Ven a por mí, tengo algo en el corazón’». Los minutos justos para plantarse en el hospital Modelo y que los médicos interviniesen. «Las pulsaciones no bajaban y tuvieron que hacerme, vía catéter, una ablación para que remitiese». Raquel solo tiene palabras de agradecimiento para su médico: «Ahora sí que puedo decir que tengo una cicatriz en el corazón, de las buenas, de las que no se olvidan. El doctor Sande me dio la vida y le estoy totalmente agradecida».

TODO POR EL ESTRÉS

«Me salvé de milagro y también por el estrés, porque me puso en alerta sobre una enfermedad que tenía en el corazón desde pequeña (taquicardia supra) y que no se había manifestado en ninguna revisión médica. Siempre había estado muy activa y, justo cuando bajé un poco las revoluciones, cuando me asenté, se me despertó el problema». Raquel cuenta que todo fue muy rápido. «Tuve la suerte de que de esta operación salí restaurada. Tuvo remedio y lo puedo contar». Raquel lo tiene claro: «Al final, si tú no paras, te para la vida. Soy una persona resiliente, intento enfrentarme a las adversidades que me pone la vida y utilizar esos porrazos para superarme y salir más fortalecida. Hay que entender que somos los arquitectos de nuestra vida, de nuestra alegría y de nuestro destino». Raquel tardó solo una semana en volver a la tienda. Así es la vida del autónomo: «Exacto… Bueno, también incluye que tenía muchísimas ganas de recuperarme, de volver a la normalidad. Eso y que soy un motorín, me cuesta parar».

SUSTO

A Raquel no hay quien le quite la sonrisa de la cara. El susto que vivió hace nada le hizo pensar: «Te hace pararte a mirar y priorizar qué es importante y qué no. Sigues trabajando, pero cuando ves que estás agotada paras, porque sabes que tienes que descansar». Por la cabeza se le pasaron muchas cosas. «Es como en las películas, piensas en todo lo que hiciste y en lo que no. Fue un buen susto: recuerdo que me latía tan fuerte el corazón que hasta se me movía la camisa, igual que en los dibujos animados». Cree que no es la única que pasó por un caso similar: «Hay mucha gente que se dedica a eventos o al mundo del catering que sufre por culpa de la cantidad de trabajo y por los niveles de estrés al que están sometidos». Ahora se cuida y va dando paseos poco a poco para darle mimos a su corazón. Raquel se siente recuperada: «Tengo la suerte de que gracias a la rapidez de los médicos puedo llevar una vida normal. Al final lo veo como un momento que pasó porque tenía que pasar. Para mí hay una frase que lo resume todo: ‘Mira siempre el lado más brillante de la vida y, si no existe, entonces frota el oscuro hasta que brille».

«Me pusieron una pistola en la sien»

Hay momentos que marcan toda una vida y en el caso de Susi Martínez Domínguez (México, 1982) un atraco en la mueblería de su familia le dio todo un volantazo a su futuro. Aquella hija de una de tantas parejas gallegas que se buscaron la vida en la diáspora superaba apenas los 4 años de edad cuando dos jóvenes encañonaron a su padre y a otro familiar en el negocio que regentaban.

«Yo era muy pequeña, aunque más de una vez hemos comentado los detalles en casa. Pero sí recuerdo que subieron a la vivienda que teníamos encima de la mueblería, apuntando a mi padre y a su primo. Allí estábamos mi madre y yo, que quería hablar con ella, pero los atracadores estaban muy nerviosos y comenzaron a gritar que si no me callaba me disparaban y me pusieron una pistola en la sien», rememora Susi, echando la vista atrás e incidiendo en que, a la postre, el método empleado para que guardara silencio fue otro: «Tenía miedo, pero no la conciencia de lo que debía hacer en un momento así y, como seguía hablando, me taparon la boca con un esparadrapo».

La tensa situación duró algunos minutos más, en concreto hasta que los delincuentes dieron con lo que buscaban, alguna cantidad más o menos importante de dinero: «Básicamente querían efectivo y lo encontraron en un cajón de los que había en casa, así que poco después nos dejaron allí y se marcharon. Eran dos jovencitos de 16 o 17 años y se fueron tan rápido como pudieron, después de conseguir su propósito». Aún hoy, convertida en empresaria en O Carballiño, aquella niña que poco después abandonaría el sobrepoblado Distrito Federal mexicano conserva un recuerdo poco agradable de la ciudad.

Regreso a casa

La consecuencia del incidente con los atracadores significó un volantazo radical para el futuro de Susi, porque su progenitor entendió que no podía permanecer allí con su pequeña hija: «Mi padre lo tuvo claro y, después de que nos atracaran, comenzó a decir que era preferible que comiéramos una taza de caldo en España que marisco en México, así que regresamos». Tocó otra aventura como emigrantes en Alemania, antes de afincarse por fin en O Carballiño. Pero el susto cambió el rumbo.

«Mientras se hundía el barco, solo pensaba en mis hijos» 

María Clara Torrado cautiva con su gran sonrisa y desprende energía con tan solo mirarla. A ella lo de viajar en barco nunca la abrumó, ya que con tan solo 11 años se subió con su familia en una nave destino Uruguay, país en el que conoció a su marido, ya fallecido, y en el que nacieron sus hijos. «Siempre quise volver a mi tierra, era mi sueño», confiesa, y lo logró. Ya de nuevo en A Coruña decidió mientras tomaba café con una amiga irse de crucero. «Comentamos la idea y ese día fui a la agencia. Soy así, impulsiva», dice. 

Semanas después las dos se subieron junto a otras 4.000 personas al Costa Concordia. «La noche del 13 de enero estábamos cenando y de repente se escuchó un ruido, fue como un golpe, y a los pocos minutos otro. La gente empezó a chillar. Yo les decía que estuvieran tranquilos, que no pasaba nada», recuerda. «No fui consciente de la gravedad hasta que me subí en el bote salvavidas y desde ahí vi que el barco se estaba hundiendo. Solo pensaba en mis hijos, en que si se enteraban les daba algo porque ni era consciente de que ya lo estaban dando en las noticias», explica.

ENFRENTAR LOS MIEDOS

«Cuando volví a A Coruña nos estaban esperando periodistas en el aeropuerto. Tardé un tiempo en entender lo que había vivido», explica. «La primera semana estaba descentrada y mi hija no quería que durmiera sola, pero luego poco a poco volví a mi rutina y ese mismo verano me fui en otro crucero», confiesa. Ante la pregunta de si no tuvo miedo de volver a embarcarse después de vivir un accidente el que murieron treinta y dos personas, Clara responde tajante: «Los miedos hay que enfrentarlos para superarlos, si no te acaban consumiendo y no te permiten ser feliz».

Ahora, siete años después del siniestro, confiesa seguir siendo igual que antes. «Voy al gimnasio y a la Universidad Sénior. Además siempre hice teatro, de hecho en el crucero al que fui después me eligieron Miss Simpatía», dice riendo. Sin duda, también se merece el título de valiente.

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