Mi primera vez en la Torre de Hércules: «Me impactó más por dentro que por fuera»

Aunque el cansancio puede sorprenderte en medio del recorrido, cada escalón conduce hacia una experiencia inolvidable

M. V.

Un viento insistente te cierra los ojos mientras te acercas al final de la península. El verde esmaltado del paisaje matiza con el Atlántico y de repente, como una suerte de espejismo, una colina se yergue 60 metros sobre el nivel del mar. Las bocanadas de historia en este punto del mapa prometen no dejarte indiferente. Más de 2.000 años después, parece que la urbanización se detuvo ante 47 hectáreas de épica y salitre.

Es el fin de la tierra, el fin de lo conocido; es una construcción y un montón de leyendas; es el orgullo de los coruñeses y la parada obligada de los visitantes; es la torre de Hércules contando lo que otros faros no resistieron por la furia del mar o de los hombres.

Cuando algo permanece mucho tiempo en un mismo sitio lo sepulta la omisión o la obviedad. Nos pasa con objetos y hasta con personas. Por eso sorprende ver a la Torre siempre acompañada, con tanta vida en sus alrededores (siempre que el clima acompaña, claro). Desde lejos se divisa la multitud: corredores y caminantes que prefieren las vistas de la costa, enamorados que miran la ciudad en perspectiva, y muchos, muchísimos ancianos sentados a la vera de la rampa sin otro cometido que ver las horas pasar. Más allá de que la Torre sea patrimonio de la humanidad, el verdadero mérito está en lo inmaterial de su gente, en los recuerdos edificados como ladrillos. También en quienes la visitamos por primera vez y descubrimos una puerta astral que conduce a los tiempos de emperadores, gigantes y conquistas; cuando los cartógrafos aún no dibujaban la realidad, los mapas no habían cambiado el mundo y el único pedazo de tierra era el que alcanzábamos con nuestros ojos.

Dicen algunos coruñeses que la Torre se sube una vez en la vida. Otros, los más fieles, han subido tantas veces que lo traducen a estadísticas: 234 escalones, 2.215 pasos, más de 300 calorías quemadas.

Cada hora comienza el recorrido para adentrarse en las profundidades históricas del faro. Este atípico verano también resulta difícil encontrar disponibilidad. Por protocolos sanitarios se redujo el aforo y solo a 15 personas les permiten recorrer su interior durante 45 minutos. Puede parecer un extremismo, pero el tiempo nunca alcanza. Turistas y locales se atreven a subir en estos meses que el tiempo no frustra los planes.

La Torre juega en tu contra si necesitas dar una buena impresión y no estás en forma: delata a los más sedentarios. Desde la misma rampa comienza a estirarse el grupo que acaba de comprar las entradas. Los de complexión más atlética toman la delantera y al final del pelotón de ascenso ya aparecen los primeros sofocados. En esta época de mascarillas y medidas de contención, los pulmones pueden pedirte aire por gritos, así que lo mejor es tomarse un descanso y disfrutar el paisaje hipnótico con olor a mar aunque llegues con retraso.

Una vez dentro, se aprecia la verdadera huella del pasado. Indicios de excavaciones por toda la primera planta remarcan el estilo romano de la construcción que sufrió remodelaciones abruptas. Puede que muchos accedan al edificio solo para llegar a la cima y disfrutar la vista desde el punto estratégico, pero a esta reportera le sobrecoge más el interior de la Torre. Cada centímetro te incita a cavilar, a trazar en la línea del tiempo de tu background histórico un posible recorrido de la piedra, de los hombres que apilaron y engrosaron la mezcla, de las técnicas arquitectónicas del Imperio Romano. Los ojos devoran cada pedazo de historia y los minutos vuelan.

EL BÁLSAMO DE LA INMORTALIDAD

Tantos mitos alrededor de su construcción alimentan la creatividad del visitante, lo obligan a proyectar, a oponerse al curso de la civilización y plantearse preguntas. ¿Cómo serían estas tierras sin asfalto? ¿Cuántas expediciones cruzaron las aguas en busca de cobre y otros metales? ¿Qué pasó con los barcos que nunca llegaron a la costa? ¿Cuántos marineros añoraron ver la luz del faro antes de caer en la soledad de algún naufragio? Y en ráfagas llegan unas ganas de visitar el lugar con muchos menos años, cuando tu imaginación se trastocaba con la realidad.

A algunos les sorprende el cansancio en medio del recorrido, pero esto no mella el interés de quienes visitan el sitio por primera vez. No es preciso llegar a lo más alto para suponer el colofón; las ventanas alternan entre el centenar de escalones para dar pinceladas de un ascenso triunfal.

Desde la escalera se escuchan las primeras reacciones de quienes llegan a lo más alto y los rezagados apuran el paso. Asomarse al balcón del Atlántico salpica a los visitantes del surrealismo de las historias marítimas. El viento golpea fuerte en los rostros y las miradas se gastan de buscar qué hay más allá; otros enfocan los edificios más altos y ubican sus casas.

Puede que el azul gallego se pierda cuando la niebla es muy espesa, pero en un día soleado se divisan desde la Torre Ares y Ferrol, las rías de Sada y Betanzos y, hacia el oeste, las islas Sisargas frente a Malpica. Por las noches, cada 20 segundos, la torre de Hércules lanza una señal lumínica sobre A Coruña. A los más románticos solo se nos ocurre pensar que no solo orienta a los barcos, ilumina la ciudad para que los coruñeses no olviden que sigue velando por ellos cada noche. Desde que encendió su primera luz hace más de dos milenios ocupa, sin espacio para disentir, el núcleo histórico de una urbe colmada de riqueza y leyendas fabulosas. Probablemente, la Torre aspire en su silencio de piedra al bálsamo de la inmortalidad que anhelaba Hércules. La ciudad herculina y su faro, en la memoria de quien escribe, ya son inmortales.

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