Recibirá el Goya Internacional el próximo 28 de febrero. La Academia de Cine reconoce la carrera de una mujer que es igual de prolífica como actriz que como activista
09 feb 2026 . Actualizado a las 13:40 h.A Susan Sarandon hay que quererla por hache o por be, y la industria del cine español parece tenerlo claro. Primero la galardonó el Festival de Cine Fantástico de Sitges con el Gran Premio Honorífico, en un 2017 que aún era tibio a la hora de encumbrar a mujeres fuertes, libres y sobre todo mayores. Ya en el 2023 se reconoció su carrera en los Premios Sant Jordi de Cinematografía de Barcelona, y el próximo día 28 esta ciudad volverá a celebrar la figura de una de las últimas divas indómitas de Hollywood —descanse en paz Diane Keaton— con el Goya Internacional que le va a conceder la Academia de Cine.
Sarandon, que va por sus 79 primaveras, ha vivido tiempo suficiente para entender que la justicia no solo va de apreciar sus impecables dotes de actriz, sino de reparar unos agravios que han querido mandarla a paseo, a ser posible bien lejos del tan salvaje pero ortodoxo Hollywood. Quizás por eso le baste con los vítores que le llegan de este lado del charco.
Después de Cate Blanchett, Juliette Binoche, Sigourney Weaver y Richard Gere, los Goya vuelven a buscar la proyección internacional en una estrella rutilante que, además, sostenga convicciones firmes y progresistas. Y con Sarandon han dado en el clavo. La actriz no solo aguanta parte del peso de la historia del cine de las últimas décadas, sino que lleva años abanderando un discurso anti-establishment que parecía imposible en una mujer que quisiera seguir trabajando en el mainstream. Pero salió airosa haciéndolo absolutamente todo: desde reinventar el feminismo en los noventa gracias al taquillazo icónico que todavía hoy es Thelma y Louise, hasta generar uno de los debates más trascendentales de Estados Unidos con su papel de monja en Pena de muerte, la película que protagonizó junto a Sean Penn y que le valió el que es su único premio Óscar hasta la fecha.
Hija de un productor de televisión y de una ama de casa, Susan Tomalin —su apellido artístico lo tomó de su primer marido, Chris Sarandon—, de pequeña creció en un ambiente profundamente católico junto a sus ocho hermanos pequeños que, como ha reconocido en más de una entrevista, durante años le quitaron las ganas de ser madre, aunque acabara teniendo tres hijos de dos parejas diferentes, dos de ellos con el actor Tim Robbins con el que mantuvo una relación 23 años, aunque nunca se llegaron a casar.
La eterna Louise no solo no evita hablar de su vida sentimental, sino que reivindica sus andanzas amorosas como parte del viaje que es la vida, y gracias a su generosidad son muchas las coetáneas que han encontrado en esta actriz un referente. «No me importa si es hombre o mujer, pero que esté vacunado contra el covid», dijo en el 2021 en lo que fue una triple declaración de intenciones —no temo decir que busco el amor, soy bisexual, absténganse negacionistas—. No fue esta la primera vez que Sarandon saltó a las páginas del papel couché gracias a su honestidad mostrándose al mundo. De hecho, fue ella quien confirmó que mantuvo un noviazgo «serio pero puramente sexual» con David Bowie —a quien conoció en 1983 en el rodaje de El ansia—, y también fue la propia actriz quien reveló que había tenido una aventura extramatrimonial con un hombre gay.
Susan Sarandon ha sido durante décadas un caramelito agridulce dentro de su industria. Por un lado, es prolífica como pocas y borda tanto una comedia romántica deportiva como Bull Durham —eso sí, con Kevin Costner al lado— como un dramón de la talla de Quédate a mi lado —aquí con Julia Roberts, siempre bien rodeada—, así que los directores se la rifaban sabiendo que, de su mano, el taquillazo estaba prácticamente garantizado. Pero el paso del tiempo —las arrugas, en resumidas cuentas—, no le hizo ningún favor a una mujer que, en plena era de la cancelación, nunca ha elegido el silencio. A finales del 2024 reveló que su agencia de representación la había expulsado tras un viral y emotivo manifiesto de apoyo a Palestina. «Me han utilizado como ejemplo de lo que no hay que hacer si quieres seguir trabajando», se lamentó entonces la intérprete tras confesar que todos sus proyectos se habían paralizado.
El legado que deja Sarandon es tal que apenas existe una generación que no tenga en la cabeza un filme donde aparezca esta actriz. Aquellos y aquellas que sintieron un imán con su despertar sexual en la imposible El show de terror de Rocky confirmaron su talento con Atlantic City, y tienen hijos que crecieron viendo su camaleónica transformación en la tiernísima madre de aquellas cuatro Mujercitas de finales del siglo XX. Pero incluso algunos ya tendrán nietos que, en una tarde tonta, se han zampado en Netflix una de sus últimas películas, la no demasiado brillante pero apetecible Nonnas.
De mantener los anillos lejos del suelo sabe y mucho la merecedora ganadora del Goya Internacional. No solo porque fue de las primeras grandes damas del cine que defendió aceptar cameos en televisión —ahí están sus apariciones en Malcolm in the middle y, por supuesto, en Friends—, sino porque ha sido esta falta de prejuicios la que le llevó a encontrar uno de los papeles de su vida en la serie Feud: Bette and Joan, personaje que recrea a la mítica Bette Davis y con el que ha conseguido la ovación unánime de público y crítica.
La expectación por conocer los derroteros del discurso de Susan Sarandon en los Goya es total porque siempre que tiene la ocasión abandera causas que considera invisibilizadas. No le han dolido prendas a la hora de poner su endometriosis en el foco, si así puede ayudar a que las mujeres desestigmaticen ciertas enfermedades. O de hablar sin tapujos de cualquier asunto político que pueda aparecer en la agenda después de que ella alce la voz.
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La paz, en su poliédrico significado, es la misión por la que en definitiva lucha esta mujer insumisa que ha conseguido sobrevivir a un mundo que no quiere que le rompan las costuras. Con casi 80 años ha prometido seguir en la batalla, y si no es bajo el ala de una gran productora lo hará en el teatro, donde para sorpresa de casi nadie también cosecha grandes éxitos. Así, el pasado septiembre se subió al escenario del Old Vic de Londres para protagonizar Mary Page Marlowe, una obra conmovedora que mantenía su alma «emocionada y aterrada». Como la vida misma.