Pilar es ciega y Miguel ve poco: «Hemos dado dos veces la vuelta al mundo en barco»

YES

ANGEL MANSO

Su sueño era recorrer el planeta el planeta cuando se jubilasen. En el 2025 estuvieron cuatro meses navegando y este año repitieron pese a su dificultad visual. «Tienes que llevar dos maletas, una de invierno y otra de verano», dice ella

08 jun 2026 . Actualizado a las 10:53 h.

María Pilar Suárez todavía piensa a veces que sigue en el barco. «Todavía me parece mentira que esté en tierra. Después de tanto tiempo navegando lo echas de menos», apunta Miguel Rodríguez, su marido desde hace más de 30 años. Esta pareja de coruñeses, vecinos de Os Castros, tenían un sueño, dar la vuelta al mundo cuando se jubilasen. Hace 14 años dejaron la ONCE después de una vida de trabajo.

María Pilar Suárez es ciega y Miguel Rodríguez tiene una visión muy reducida. A lo largo de todos estos años, cuentan, hicieron muchos viajes: más cortos y más cercanos. Tienen dos hijos y dos nietos, y el año pasado decidieron hacer realidad una idea a la que Miguel llevaba tiempo dándole vueltas: subirse a un crucero para recorrer, durante cuatro meses, el mundo.

La experiencia les gustó tanto que este año volvieron a repetir: en enero del 2026 se subían en el puerto de Barcelona al crucero de MSC que iba a tocar cinco continentes. Después de 132 días navegando, ahora le cuentan a YES cómo es la experiencia de conocer el mundo a través del barco, en un viaje en el que los guías, los olores y la experiencia de todos los que los acompañaron en esta travesía hicieron que fuese inolvidable: «No hay mucha gente que dé la vuelta al mundo en barco dos veces». Con morriña todavía de las horas en alta mar, Miguel y María Pilar posan para la foto del reportaje de YES con un crucero de MSC de fondo, atracado en el puerto de A Coruña. Tienen mil anécdotas de su experiencia en el barco, empezando por el horario: la hora no importaba en el barco porque cada país, de los 45 que visitaron, tenía el suyo propio. «También pasas por todas las estaciones, porque salimos de Barcelona en invierno y después estuvimos en verano en Brasil y en Argentina, por ejemplo. Tienes que prepararte para eso y llevar dos maletas: la de invierno y la de verano», recuerdan.

Cuentan que esto de dar la vuelta al mundo en barco es una experiencia que engancha: «Tenemos unos amigos de San Sebastián que ya llevan tres». «Siempre digo que es la mejor residencia de ancianos, porque nunca vas a estar solo», bromea Miguel, que cuenta que en el barco iban unas 3.000 personas, tripulación incluida. Entre ellos, mucha gente joven. «Incluso había parejas con niños, algunos llevaban profesores de apoyo para todo el viaje». Después de cuatro meses juntos se convertían casi en una familia. «Era mi ilusión. Cuando viajas en avión no conoces todo. En el barco llevas el hotel contigo. Estuvimos en 45 países y 50 puertos». «Para la tripulación es una pena cuando tiene que despedirse de la gente. Es una pasada cómo llegas a convivir tanto tiempo juntos y cómo nos entendemos todos, dentro del crucero íbamos 54 nacionalidades. Soy sincero, si pudiese, me volvía a montar mañana mismo en el barco».

Miguel recuerda cómo fue la primera vez que se subieron al barco en Barcelona. «Pilar no ve y yo veo lo justo. Y te daba respeto el subirte a un barco, estar tanto tiempo fuera. Recuerdo que el primer día, cuando me vi en Barcelona, en el primer barco, con 3.000 personas, sin haberme subido nunca a uno así, te impresiona. Pero el segundo día ya lo conocía entero, ya sabía dónde estaba la proa y la popa. Te orientas mejor que mucha gente que ve», cuenta Miguel, que añade: «Con tal de estar en un país y pisar tierra, ya es muy grande».

«El mundo te enseña muchas cosas. Aprendes de las diferentes culturas, de cómo viven en un país o en otro. También de la convivencia dentro del barco. Por ejemplo, están los franceses, que no los entiendes, pero te dicen buenos días todos los días y te preguntan de dónde eres. O, por ejemplo, costumbres que descubres en los países que visitas, como Japón, que nos encantó. Nos llamó la atención que da igual la gente que haya en la calle, nunca se tropiezan contigo, es una pasada. Recuerdo que nos decían en el barco: “Son ustedes unos valientes, tiene mucho mérito lo que estáis haciendo”», recuerda Pilar.

Flechazo con Tokio

Para Pilar, parte de la forma de conocer el mundo es la voz de los guías que los acompañan cada vez que bajan del barco. «Todos son una maravilla y siempre les damos las gracias, uno se quedó encantado porque me dijo que era la primera vez que se lo agradecían tanto», cuenta Pilar. Esa voz de los guías es una forma de descubrir los países. También a través de los olores: «Recuerdo que en un sitio había unas flores y un guía me acercó una para olerla, pero la gente llevaba tanto repelente de mosquitos que solo olía eso», cuenta sonriendo Pilar.

En su última vuelta al mundo salieron de Barcelona y pasaron por Funchal y de ahí rumbo al Caribe a Barbados, Granada, Curazao, Colombia, Costa Rica y Panamá. «Allí cruzamos el canal de Panamá y fue impresionante. Recuerdo que la cubierta 14 (una de las del barco) estaba llena de gente gritando: “Ahí está el canal”. Ahí te das cuenta de la obra impresionante que es», recuerda Miguel. Después de allí fueron a Guatemala, México y Estados Unidos. «Estuvimos en San Diego y en Los Ángeles. Esta última ciudad nos decepcionó bastante. La conoces de las películas y la tienes idealizada, pero cuando llegas allí no es así. El paseo de la fama es una calle con los nombres en el suelo y después nos llamó la atención que en las autopistas ibas dando botes porque estaban mal», cuentan.

De ahí se fueron a Hilo, Hawái, «a la isla de los volcanes» y después ya rumbo a Samoa y Fiyi. A continuación pasaron por Nueva Zelanda, Australia, Filipinas, Taiwán, Japón, Corea del Sur, China, Hong Kong, Vietnam, Singapur, Malasia, Seychelles, Mauricio, Islas Reunión, Sudáfrica, Namibia, Cabo Verde, Italia, Francia y regreso a España, a Barcelona. «Nos encantó Nueva Zelanda: disfrutar de esos paisajes con las montañas nevadas es impresionante. También nos encantó la segunda visita a Australia. Estuvimos en el norte y, aunque no pudimos acceder a la barrera de coral por culpa del tiempo, fue un viaje que recuerdo muchísimo». Pero si hay una ciudad que les robó el corazón esa fue Tokio: «Es increíble el orden que hay en una ciudad con 40 millones de habitantes». En su primer viaje por el mundo la ruta cambió en Panamá: en lugar de cruzar el canal bajaron hasta Argentina y subieron después por Chile. Para la organización del viaje tuvieron la ayuda de Alejandro y, después, de Sonia, de Nautalia Viajes. «Nos lo prepararon todo, estamos muy agradecidos».

De todas las paradas recuerdan las explicaciones de los guías, los olores y también la gastronomía. También la impresión que da estar a más de 6.000 kilómetros de tierra firme cuando te acercas a las islas Fiyi. «Impresiona estar en el Pacífico, que es un mar muerto en el que no te cruzas con un barco. No es como el Atlántico, en el que siempre hay algún mercante», recuerda Miguel. Les tocó vivir dentro del barco el brote de hantavirus en otro crucero. «Estábamos en Cabo Verde y hubo gente que empezó a pedir que nos llevasen a Las Palmas», explica Miguel sobre ese momento.

De sus dos vueltas al mundo tienen muchas historias: las noches cenando en el barco con distintos matrimonios, los montones de imanes o también unos pasteles que trajeron para sus nietos de Japón. «Era una espinita que tenía el poder dar la vuelta al mundo. A mí no me vale que en una esfera me digan dónde está Brasil: ahora sé dónde está. Y así con cada país. Escucho en la tele hablar de Australia y pienso: “Yo estuve allí”. El otro día estaban hablando de la India. Ninguno de los dos barcos pasó por allí por el momento, creo que va a ir en el 2028. Quién sabe, igual si tenemos suerte podemos volver y, entonces, sí, podremos decir también que estuvimos en la India.

FOTO: ÁNGEL MANSO