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PATENTE DE CORSO

El amigo italiano

Arturo Pérez-Reverte

Aquel Madrid de los años 70 era joven, atrevido y libre. La España del viejo régimen daba el postrer coletazo y el futuro se asentaba, ... inevitable. Coincidían dos realidades: una agonizante y en retroceso, representada por tribunales de orden público, grises que cargaban porra en mano y guardias que aún vigilaban los parques a la caza de parejas, y otra realidad ya victoriosa, ebria de vida, que estallaba de júbilo y modernidad en lo que tres o cuatro años después se acabó llamando La Movida: bares, discotecas, salas de música y cafés teatro estaban llenos, y Argüelles, Santa Ana, las cavas Alta y Baja o el barrio de Malasaña bullían de juventud, olían a maría y a ketama recién liadas, hablaban la jerga marginal del extrarradio y la delincuencia, bebían, bailaban y se abrazaban desafiantes. El sexo era la asignatura pendiente que todos queríamos poner al día, y eran el momento y lugar perfectos. Tener veinte años en Madrid, liberarse de la España timorata y meapilas que dejábamos atrás, era tocar el cielo.

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