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Animales de compañía

Resignados y rebeldes

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Leo un artículo titulado Resignación y rebeldía de Dani de Fernando, un joven escritor lleno de perspicacia, que nos propone una tesis extraordinariamente sugestiva. Sostiene el autor que la vida virtuosa nos enseña a soportar con resignación las calamidades propias y, en cambio, nos inclina a revolvernos contra las ajenas. Así, una persona virtuosa soporta resignadamente las intemperancias de sus padres, o las tabarras de su cónyuge; en cambio, no se queda cruzado de brazos cuando agreden a su prójimo, especialmente si se halla desvalido. Nuestra época, en cambio, ha logrado que resignación y rebeldía «funcionen exactamente al revés», de tal modo que aceptamos la injusticia inferida al prójimo a la vez que nos sublevamos contra nuestra situación personal. De este modo –concluye Dani de Fernando–, acabamos aceptando con normalidad las calamidades ajenas, a la vez que sustituimos a nuestra mujer por otra más apetecible o abandonamos a nuestro padre en uno de esos modernos morideros llamados ‘residencias’.

Nos habrán brindado una nueva causa que nos permita sobrellevar una vida de cucarachas, sin familia, sin hogar, sin trabajo digno. Una causa del tamaño de nuestro endiosamiento

Dani de Fernando añade todavía en su artículo una observación final. Esta subversión de la vida virtuosa vigente en nuestra época tiene un oscuro sentido ... anticrístico. Pues, en efecto, Cristo invitó a sus seguidores a cargar con su cruz (predicando, además, con el ejemplo), a la vez que se esforzaba por remediar las calamidades ajenas, curando a los leprosos o expulsando a los mercaderes del templo. Este oscuro sentido anticrístico de la subversión descrita por Dani de Fernando nos ayuda a entender mejor su naturaleza. El caramelito envenenado de la autodeterminación nos ofrece un espejismo de rebeldía: revuélvete contra tu esposa, que ya no está tan dura de carnes como antaño; revuélvete contra tus padres, que no te entienden; revuélvete contra el hijo que estás gestando, que te impondrá ímprobos sacrificios; revuélvete contra tu decrepitud y tus padecimientos, que niegan tu sueño de mantenerte joven y sano; revuélvete contra tu propia realidad biológica, que te ha encerrado en un cuerpo que no ‘sientes’ como propio. Revuélvete, en fin, contra todos los obstáculos (cónyuge, padres, hijos, vejez, enfermedad, órganos genitales) que te impiden ser una mónada autosuficiente, engreída de soberanía, tan grotescamente endiosada y absorta en sí misma que puede desentenderse de las calamidades que sufren quienes la rodean. Muy especialmente, desde luego, de las personas más cercanas (mediante una ‘interrupción del matrimonio’, una ‘interrupción del embarazo’, una ‘interrupción de la respiración’, etcétera); pero, en general, de cualquier ‘prójimo’ cuya causa no podamos utilizar en provecho propio, convirtiéndola en fetiche ideológico y en postureo sistémico.

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