Pequeñas infamias
Suspensión de la incredulidad
Carmen Posadas
Allá por 1817, el poeta inglés Samuel Coleridge acuñó una expresión que sirve para entender de qué manera la literatura (también el cine) consigue hacernos ... creer lo inverosímil. Él llamó 'suspensión de la incredulidad' a este pacto entre creadores y lectores o espectadores. Coleridge explicaba que para disfrutar de una buena historia el escritor debe lograr que el lector –o espectador de una obra de teatro o de cine (en nuestros tiempos)– suspenda momentáneamente su incredulidad y acepte la fantasía de lo que se le cuenta. Así, por ejemplo, todos sabemos que las alfombras no vuelan y que tampoco salen genios de las lámparas viejas al frotarlas, pero si quien nos cuenta la historia es una talentosa Sherezade, entramos en el juego y nos dejamos fascinar por el relato.
Hasta hace poco, la suspensión de la incredulidad se consideraba la frontera entre un narrador talentoso y otro torpe. Antes, también, había una diferencia clara entre obras fantásticas y obras realistas, y nadie confundía por ejemplo la historia de La Cenicienta, con su carroza mágica y su zapatito de cristal, con una novela de Jane Austen, por mucho que la línea argumental –chica pobre conoce chico rico, superan varios conflictos, se casan, son felices y comen perdices– sea la misma.
Tal vez el fallo más grande de esta película sea desaprovechar por completo el personaje de William Shakespeare
Les cuento esto porque el otro día fui a ver la aclamadísima Hamnet, nominada a ocho premios Oscar, y salí frustrada del cine. Supongo que no haré espóiler si cuento que la peli trata de cómo William Shakespeare y su mujer, Agnes (que en la vida real se llamaba Anne Hathaway), pasan por el trance de perder un hijo llamado Hamnet, y de cómo este infortunio erosionó su relación. Y trata también de la forma en que uno y otro viven el dolor de la pérdida. Interesante planteamiento, e interesante así mismo el conflicto psicológico de sobrevivir a una tragedia como esta, sin duda, al menos para mí, la mayor que pueda sufrir un ser humano. Hasta aquí todo bien con Hamnet.
Pero una historia no se convierte en sublime por el mero hecho de hablar de un gran dolor. Es necesario contarla bien. En esta película, en cambio, se toma el camino fácil intentando manipular los sentimientos de los espectadores con escenas efectistas, topicazos lacrimógenos y frases grandilocuentes, enhebrándolas con otras, estas sí grandes de verdad, del propio Shakespeare. He oído comentar a un crítico que la escena en la que Agnes, con su hijo muerto en los brazos, lanza un rugido animal es de las más sublimes que ha visto nunca en el celuloide.
Llámenme tiquismiquis y aguafiestas, pero a mí, por mucho que la madre ruja (cosa que comprendo perfectamente, faltaba más), la escena no me conmueve. En literatura el dolor se expresa con palabras y con hechos, no con rugidos; eso es demasiado facilón. Porque el valor de una obra no consiste en dos o tres pirotecnias actorales mil veces vistas. Consiste en buenos diálogos, en un sólido retrato psicológico de los personajes, y en que estos sean poliédricos, contradictorios, humanos en toda su complejidad.
Pero tal vez el fallo más grande de esta película sea desaprovechar por completo el personaje de William Shakespeare. En su afán de retratarla a ella, se olvida de él, que supo como nadie desnudar el alma humana y aquí aparece como un padre amante de sus hijos, un marido bastante estándar y poco más. Plano y desdibujado.
El cine actual está lleno de este tipo de películas efectistas que creen que por el simple hecho de hablar de algo muy doloroso ya están haciendo una obra de arte. Olvidan que para suspender la incredulidad del espectador y ser realmente una talentosa Sherezade no basta con contar una historia triste. Hay que hacerla creíble sin fanfarrias ni trucos manidos. Ahora mucha gente da por verosímil cualquier historia, más aún una chorreante de buenos sentimientos. Pero el arte es (o debería ser) otra cosa.
Se me ocurre que quizá la directora Chloé Zhao, en vez de convertir a Shakespeare en un personaje más de su película, debería haber dedicado un poquito de tiempo a estudiar cómo hacía él para suspender la incredulidad de sus espectadores. La de los más cultos y sofisticados y también la de los menos cultivados, porque Shakespeare era sobre todo un empresario que necesitaba encandilar a un público popular. No con trucos fáciles –eso, valga la redundancia, es muy fácil–, sino con talento y sin tomar, jamás, a los espectadores por bobos.