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Animales de compañía

Las primeras letras

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

La moderna pedagogía ha introducido métodos perfectamente imbéciles. Quizá uno de los más perniciosos haya consistido en retrasar hasta edades muy avanzadas el acceso a la lectura y la escritura; un retraso que, amén de limitar la curiosidad de los niños que empiezan a descubrir el mundo, enrarece su trato con el idioma y, a la larga, limita sus posibilidades cognitivas. Sobre todo si, como lleva haciéndose desde hace algún tiempo, el aprendizaje de la caligrafía se abrevia al máximo, mediante la introducción de ordenadores y otros instrumentos electrónicos en la escuela.

Yo aprendí a leer a una edad de la que apenas guardo recuerdos conscientes. Me enseñó mi abuelo, cuando ni siquiera había cumplido los tres ... años, en unas cartillas antañonas rescatadas del comercio que había regentado, allá en su pueblo, hasta jubilarse. No creo exagerar si afirmo que mi vocación literaria (o al menos mi fascinación siempre renovada por las palabras) se fraguó entonces. Fue esta convivencia tan temprana con la lectura lo que transformó por completo mi relación con el mundo. Recuerdo que esta precocidad espantaba a muchos de mis familiares, que acusaban a mi abuelo de haberme iniciado en una disciplina demasiado exigente para mi tierna edad. Nunca entendí aquel motivo de escándalo: al acceder al paraíso ignoto de la palabra cuando se estaba despertando mi curiosidad, pude disfrutar de experiencias gratificantes que a otros niños les estaban vedadas. Así, el lenguaje se convirtió para mí en una posesión grata, siempre en expansión, siempre renovada e inabarcable. Treinta y tantos años después, puedo afirmar que esa posesión nunca consumada del todo sigue incitándome con nuevos descubrimientos. El lenguaje es la música que nos habita, el estribillo que pone ritmo a nuestra respiración. Una vida sin acceso pleno al lenguaje es una vida sin música, una vida sorda y por lo tanto cercenada.

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