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PATENTE DE CORSO

Sobre novelas, faros y barcos

Arturo Pérez-Reverte

No es fácil decir adiós a una novela cuando acabas de escribirla. El alivio de terminar un trabajo, ponerle punto final a una sucesión de ... problemas narrativos que has resuelto con más o menos eficacia, el consuelo de liquidar la dura y última etapa de relecturas y correcciones interminables –como dice mi amigo Juan Gómez Jurado, las novelas no se terminan, sino que se abandonan–, se ven empañados por la sensación de desarraigo y orfandad, la incertidumbre de verse desterrado de un mundo que fue el tuyo durante meses, o años: un mundo no por imaginado menos real, donde un novelista vive sumergido durante una buena parte de su vida. Después de ese tiempo en el que cuanto lees, miras, haces, escribes, amas u odias está relacionado con la historia que narras, y te acuestas por la noche pensando en lo que vas a escribir por la mañana, y al despertar acudes al teclado con la certeza de que en las siguientes horas escribirás la mejor página de tu vida… Después de todo eso, como digo, cerrar esa etapa, sentir que tan agradable y mágica suspensión de la vida real en beneficio de la imaginada –o la combinación de ambas– queda atrás y ya no te pertenece, saber que la novela está cerrada y nada más podrás hacer por ella, que a partir de ahora ya no es tuya porque será reescrita y completada por quienes la lean, te deja desorientado, confuso. Te deja más vacío y más solo.

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