Andrew Tate, el proxeneta de la machosfera que promueve 'monetizar' y 'estrangular' a las mujeres (y arrasa)
Es uno de los iconos del movimiento MAGA, promotor de la misoginia y un factor decisivo en la victoria de Trump entre los jóvenes. Un grupo de mujeres se ha atrevido a denunciarlo ante un tribunal. Esta es su truculenta historia.
Andrew Tate, de 39 años, excampeón mundial de kickboxing con doble nacionalidad británica y estadounidense y residencias en Rumanía y en Dubái, donde posee una ... mansión de más de 25 millones de dólares, es un ídolo de la machosfera, ese ecosistema digital de gurús de la virilidad y vendedores de resentimiento que está moldeando la mente de toda una generación de adolescentes.
Tiene decenas de millones de seguidores, amigos en la Casa Blanca –presume de su relación con Barron Trump, el hijo menor del presidente, que lo consideraría «un hermano mayor»– y causas judiciales abiertas en tres países. La última arrancó el 22 de junio en el Tribunal Superior de Londres, donde cuatro mujeres lo acusan de violación.
Esta historia, sin embargo, empieza en Luton, un municipio deprimido en el que se ubica uno de los seis aeropuertos de la región metropolitana de Londres, a finales de los años noventa, donde Andrew y su hermano Tristan, dos años menor, caminaban cada mañana al colegio. Habían llegado de Indiana (Estados Unidos) con su madre, que fregaba platos en un comedor escolar, y vivían en un barrio de protección oficial. En Luton los aviones se le echan a uno encima: cada pocos minutos, una panza naranja de EasyJet pasa rugiendo a ras de los tejados. Algunos días, en aquel trayecto, pasaba junto a los hermanos Tate un Ferrari y Andrew se ponía furioso. «¡Ese tío ha hackeado Matrix!», le gritaba a su hermano. «¿Cómo tiene cuatrocientas mil libras para un coche? ¡Sabe algo que nosotros no sabemos!».
Treinta años después, millones de chavales de todo el planeta miran a Andrew Tate como él miraba aquel Ferrari. Lo ven posar con sus Bugatti, sus puros habanos y sus relojes de diamantes, lo escuchan explicar que la depresión no existe, que las mujeres son propiedad del hombre y que el mundo es una simulación diseñada para castrarlos, y concluyen que ese hombre ha tomado la píldora roja y descifrado el código. Tate ha construido el producto más eficaz de la historia de la misoginia digital: él mismo. Y lo ha hecho, según los fiscales de tres países, sobre los cuerpos de decenas de mujeres a las que enamoró, encerró y explotó.
El juicio que no sale en TikTok
Las cuatro demandantes de la vista que se celebra en la capital británica tienen identidad protegida por el tribunal. Dos fueron parejas de Tate entre 2013 y 2015; las otras trabajaron en su negocio de pornografía por webcam en Inglaterra. Lo acusan de violación, estrangulamiento y control coercitivo, una forma de dominación que va cerrando, una a una, las salidas de la vida de una mujer hasta que, como describió la abogada de las demandantes, «puede que no se vaya, aunque la puerta esté abierta».
A las mujeres, dice, hay que asfixiarlas durante el sexo hasta que casi no puedan respirar para «programarlas». Y añade que no deberían poder votar ni trabajar
Tate lo niega todo y sostiene que cualquier contacto sexual fue consentido. El resto del cerco judicial se le ha ido aflojando a medida que crecía su influencia política: la causa rumana por trata, violación y crimen organizado lleva años empantanada –la prohibición de salir del país se esfumó en febrero de 2025, después de que el enviado especial de Trump Richard Grenell planteara el caso en Bucarest, un alto funcionario rumano pasara por Mar-a-Lago y los hermanos aterrizaran en Florida en jet privado– y otros 21 cargos presentados ante la justicia británica por violación y trata esperan una extradición que el Gobierno de Londres no ha solicitado. Ahora mismo, este juicio es el único proceso vivo en el que Andrew Tate va a rendir cuentas.
Que el pleito sea civil y no penal es en sí mismo un escándalo. Las primeras denuncias contra él por violación se presentaron en Hertfordshire (Reino Unido) en 2014 y 2015. La instrucción durmió cuatro años en un cajón y, en 2019, la Fiscalía acabó archivándola en un país donde apenas el dos por ciento de las violaciones denunciadas terminaba entonces en condena. Una investigación de la periodista Heidi Blake publicada en The New Yorker ha revelado hasta qué punto aquella instrucción fue una chapuza: los agentes no grabaron debidamente las declaraciones, desanimaron a una de las denunciantes de seguir adelante y rompieron la cadena de custodia del teléfono de Tate, que quedó tirado por la comisaría mientras el caso languidecía.
El hijo del ajedrecista
Para entender al hijo hay que remitirse al padre. Emory Tate fue un ajedrecista de talento, sargento y lingüista de las Fuerzas Aéreas estadounidenses, expulsado del Ejército en 1992 con un diagnóstico de trastorno narcisista de la personalidad. Era brillante, carismático y aterrador. Bebía, desaparecía durante semanas para jugar torneos con su sombrero de fieltro, y volvía a casa convencido de que la CIA lo vigilaba. A sus hijos los educó a correazos. «Mi padre era mi héroe en todos los sentidos –ha dicho Andrew–. Lo temía como si fuera Dios».
Juzgado en Rumanía, tenía prohibido salir del país... entonces un enviado de Trump fue a Bucarest, un funcionario rumano pasó por Mar-a-Lago y Tate acabó volando a Florida en un 'jet' privado
Cuando su matrimonio se rompió y Emory se marchó, el niño no culpó al padre sino a la madre, y de esa elección salió toda una cosmovisión: el hombre que abandona es un superhéroe que «vive la vida en sus propios términos»; quedarse a cuidar de los hijos es cosa de calzonazos. Emory, que en Facebook presumía de haber golpeado a mujeres «sin dejar marca» y defendía que los hombres maduros pudieran acostarse con niñas púberes, dejó a su hijo un ideario basado en los «enemigos del macho alfa», la «locura de las élites» y, cómo no, Matrix. Cuando murió de un infarto sobre un tablero, en 2015, Andrew lo despidió por escrito: «Creó un monstruo. Como debe hacer un padre». Hay una tercera hija, Janine: abogada en Kentucky, descrita con desdén por sus hermanos como feminista, lleva años sin hablarse con ellos y es la única de los tres que no figura en ningún sumario judicial.
«Las mujeres son un activo»
La conversión de Tate en empresario parece inspirada en un manual de superación personal perverso. En 2014 era cuatro veces campeón del mundo de kickboxing y estaba arruinado: en su deporte la gloria no paga el alquiler. Una noche hizo inventario de sus posesiones y el resultado fue tan deprimente que tuvo lo que él considera su epifanía empresarial. La ha contado en redes: tenía cinco novias repartidas por Europa, ninguna sabía de las demás, «y las mujeres son un activo». Solo había que «monetizarlo».
Las reunió en un restaurante de Luton y les anunció que montaba un negocio de webcams. Casi todas se levantaron y se fueron. Se quedó una adolescente eslovaca a la que había conocido cuando ella tenía 15 años, y sobre ella levantó el imperio: la convenció para tatuarse «Tate Property» sobre el pubis y la puso a trabajar jornadas de hasta diecisiete horas mientras él, desde otro teclado, exprimía a los clientes haciéndose pasar por ella. Presumiría después de haber ganado cien mil dólares el primer mes y de que la chica apenas vio nada: dinero de bolsillo «para cafés y manicuras». De aquella época sobrevive un vídeo, filtrado cuando Tate concursó en el Gran Hermano británico en 2016, en el que la azota con un cinturón mientras ella solloza en posición fetal. Él lo despachó como un juego entre adultos. Según la investigación de la Fiscalía rumana revelada por The New Yorker, la chica era menor de edad cuando se grabó.
Según sus cuentas, llegó a tener 75 mujeres trabajando para su negocio de trata, muchas procedentes de hogares precarios; más de 30, alardeaba, con su nombre tatuado en la piel
Lo que vino después fue una huida hacia delante con destino a Rumanía, adonde Andrew y su hermano Tristan –su socio y su sombra en todo lo que vino después– se mudaron en 2015 con las denuncias británicas pisándoles los talones. Andrew se había asesorado sobre qué pasaría allí si una mujer lo acusaba de agresión, y le habían garantizado que sin «pruebas físicas» no habría caso. «No soy un violador –dijo en un vídeo–, pero me gusta poder hacer lo que me dé la gana».
En Bucarest, el negocio artesanal se volvió industrial. Según el sumario rumano, los hermanos perfeccionaron lo que los expertos en trata llaman el método lover boy: rastreaban aplicaciones de citas y redes sociales con cientos de mensajes idénticos, seleccionaban a jóvenes vulnerables –muchas venían de hogares rotos o de la precariedad–, las enamoraban con una intensidad de novela rosa y las trasladaban a sus chalés de las afueras, donde el príncipe azul se transformaba en tirano. No podían salir solas ni relacionarse con nadie ajeno a la casa. Llegaron a tener, según sus propias cuentas, 75 mujeres trabajando a la vez; más de 30, alardeaba, llevaban su nombre tatuado. Las que se rebelaban conocían a las capatazas: dos rumanas –una, expolicía– que imponían multas por llorar ante la cámara o sonarse la nariz.
Pero el salto que convierte a Tate en un fenómeno de otra categoría no es la escala del negocio, sino su decisión de enseñarlo. En su red de pago War Room –unos 8000 dólares al año–, Tate impartía a sus suscriptores lo que bautizó como su doctorado: el Pimping Hoes Degree (Grado en Proxenetismo). En pocos años, presumía, 140 discípulos ya ganaban dinero con mujeres captadas según el manual. Un rumano que se jactaba en el chat de golpear a sus trabajadoras espera hoy juicio por trata en Bucarest.
La fábrica de discípulos
Si el War Room era el posgrado, Hustlers University (Universidad de Estafadores) fue la enseñanza obligatoria. Por 49,99 dólares al mes, Tate vendía cursos de «creación de riqueza moderna» a chavales de todo el mundo y, escondido en la oferta, había un mecanismo diabólico: un programa de afiliados que pagaba comisiones por republicar sus vídeos. Más de 160.000 alumnos se convirtieron así en una fábrica de contenido que inundó los algoritmos justo cuando estos premiaban lo extremo. En los meses posteriores a su primera detención, los vídeos con su etiqueta superaron los 12.000 millones de visualizaciones solo en TikTok. Durante una temporada, Tate fue uno de los hombres más buscados en Google, por delante de Donald Trump y estrellas del pop.
En uno de los vídeos más difundidos, Tate explica «los principios básicos del proxenetismo» tumbado en su cama con un machete: bofetada, agarre, estrangulamiento. En otros sostiene que las víctimas de violación «tienen parte de responsabilidad», que a una mujer hay que asfixiarla durante el sexo «hasta que apenas pueda respirar» para «programarla» y que las mujeres deberían perder el voto y el trabajo. Cuando las plataformas lo expulsaron, en 2022, el efecto fue el contrario al buscado: la derecha mediática estadounidense lo adoptó como mártir de la libertad de expresión; Tucker Carlson le abrió su plató; la plataforma Rumble –participada por Peter Thiel, presidente de Palantir Technologies, y por un inversor llamado J. D. Vance, hoy vicepresidente de Estados Unidos– le firmó, según el contrato confidencial revelado por Blake, un mínimo de seis millones de dólares al año; y Elon Musk, recién comprado Twitter, le devolvió la cuenta.
La machosfera –ese archipiélago de foros, canales y pódcast que va de los incels (célibes involuntarios) a los artistas de la seducción– existía antes de Tate, pero era un gueto. Su genialidad consistió en sacarla del sótano y empaquetarla como autoayuda. A un chaval de 14 años desorientado, sedentario y solo no se le ofrece primero el odio: se le ofrece un diagnóstico («el mundo te desprecia por ser hombre»), un programa («entrena, gana dinero, no llores») y una comunidad. La misoginia viene después, ya dentro del paquete. Tate habla el idioma del entrenador personal y del telepredicador.
La Policía británica ha advertido de que sus enseñanzas están radicalizando a los jóvenes de manera «aterradora» y ha declarado la violencia contra las mujeres emergencia nacional, con las denuncias de agresiones sexuales en colegios disparadas, algunas con víctimas de 5 años. En 2024, un británico que acababa de atiborrarse de vídeos de Tate violó a su exnovia y la asesinó con una ballesta junto con su madre y su hermana. Cuando la demócrata Kamala Harris repasó su derrota electoral ante Trump, citó a Tate entre los factores que movilizaron en su contra a los varones jóvenes. El propio interesado lo resumió la noche del triunfo de Trump con estas palabras en mayúsculas: «EL PATRIARCADO HA VUELTO».
La investigación de The New Yorker documenta cómo el entorno de Tate cultivó a Barron y Donald Trump Jr. mucho antes de las elecciones. A su llegada a Florida, tras eludir a la Justicia rumana, los hermanos se fotografiaron con Roger Stone, asesor de los republicanos y experto en promover falsedades y teorías conspirativas, y fueron recibidos en un octógono de la UFC, las artes marciales mixtas. Frente a esa maquinaria –abogados MAGA, detectives privados, una red de afiliados adiestrada para enterrar en estiércol digital a las acusadoras…– hay un puñado de mujeres valientes.
Está la joven estadounidense cuya llamada de auxilio desde una de las villas de Bucarest –«estos tíos son malvados de verdad, están traficando con mujeres»– provocó la redada de 2022 que lo destapó todo. Pagó su osadía con una campaña de acoso planetaria: demandas millonarias contra ella y contra sus padres, sus datos personales publicados, amenazas de muerte a diario…. «El abuso que viví en Rumanía fue traumático –escribió en un documento judicial–, pero las represalias por cooperar con la Justicia han sido peores».
Está también Lauren Southern, exactivista de ultraderecha que se hizo famosa a los 19 años por negar que existiera la cultura de la violación, y que ha contado –con un parte médico de 2018 que registra estrangulamiento y agresión sexual– que Andrew la violó en Bucarest tras citarla para un supuesto negocio. Calló durante años para no ser expulsada de ese mundo ideológico, pero tras renegar de parte de sus posiciones será testigo en Londres.
Y están las cuatro británicas anónimas que denunciaron hace 12 años a un don nadie con un negocio de porno y se encontraron con que el sistema protegió al verdugo. Como la vía penal les falló, abrieron una campaña de micromecenazgo para costearse la civil. La recaudación supera las 300.000 libras, donativo a donativo. Mujeres anónimas dejando cinco libras y una frase: «Tu valentía es asombrosa. Estamos todas contigo». Diez libras: «A por él».
El personaje es, precisamente, su última línea de defensa: sus abogados sostienen que todo –el grado en proxenetismo, el machete, los mensajes...– era un papel interpretado «para entretener» y que su cliente «niega todas las acusaciones en los términos más enérgicos posibles». Tate, en todo caso, ya ha conseguido atributos de leyenda entre sus fans. Lo prueba la viralización del anuncio, falso, realizado por varias cuentas en redes sociales, de que se enfrentaría al futbolista Sergio Ramos en un combate de boxeo a seis asaltos en Catar el próximo 22 de agosto. Es decir, ¿una noticia falsa sobre uno de los grandes maestros de la desinformación de nuestros días?