Antonio Resines, a corazón abierto: «Tengo cicatrices, hierros, tres 'bypass', el pecho rajado… Si quieres te lo enseño»
A punto de cumplir los 72 años, el actor estrena nueva película. Ya lleva más de 150 y nada lo detiene. Ni siquiera los múltiples problemas de salud que ha padecido. Sobre ellos se extiende en el peculiar escáner al que lo hemos sometido.
Sin filtros ni imposturas. Resines. Dicen que ante las cámaras roza la perfección haciendo de sí mismo, que actúa igual que habla y anda, que ... podría ser cualquier vecino, amigo o compañero de trabajo muy cercano al que le pasan cosas más o menos normales. Eso sí, con mucha retranca, sentido del humor y lenguaje de carretero. Lo comprobamos al charlar con él antes del estreno de Haciendo amigos (10 de julio), película del director David Marqués en la que dos atracadores de poca monta (Resines y Quim Gutiérrez) acaban en un campamento para personas con discapacidad. Las menosprecian de inicio, pero el contacto con ellas los acaba transformando, en la línea de Campeones, cuyo guion cofirmó Marqués.
A un mes de cumplir los 72 años, Resines, 'el inmortal', cántabro de Torrelavega, cariñoso, generoso y divertido, actor con más de 150 apariciones acreditadas en pantalla, acude a la cita con ganas de compartir los aprendizajes de este último rodaje, comentar las elecciones del Real Madrid y, sobre todo, de narrar sus experiencias al borde de la muerte. La última: la intervención a corazón abierto a la que se sometió el pasado noviembre.
Revela así delirantes sueños con el alcalde de Madrid y la familia Windsor, alucinaciones propias de quien vio la más temida guadaña de cerca, e incluso alguna exclusiva sobre Los Serrano, aquella serie interminable que lo ha convertido en un icono humorístico para las más recientes generaciones.
XLSemanal. Cuénteme, primero, sobre Haciendo amigos. ¿Ha hecho usted muchos amigos?
Antonio Resines. Pues te diré que todos los compañeros de reparto han sido cariñosísimos, es acojonante. Yo les caí muy bien, debe de ser que me ven muy cercano [se ríe]. La verdad es que no son muy conscientes de si están rodando o jugando. Y son grandes improvisadores: cuando se les ocurría algo, directamente lo hacían. De hecho, muchas cosas que salen en la película no están en el guion.
«No sé si mostrar la cicatriz en la tele fue una buena idea. Se me ocurrió en un momento y la enseñé. Me han criticado, pero yo sólo quería dar las gracias a los que me operaron»
XL. ¿Le ha pasado como a su personaje, que las personas con discapacidad acaban ayudándolo a ser mejor persona?
A.R. La verdad es que nosotros nos creemos los más normales del mundo y resulta que no lo somos. La gente con otras capacidades puede ser tan maravillosa y espectacular como los demás. De hecho, son unos listos del demonio. ¡Pero qué listos son! [Se ríe]. Algunos tienen más memoria que tú y que yo; otros no, y era más difícil que fijaran las repeticiones. Pero daba igual: a veces hacían lo que les salía de los cojones y la escena acababa siendo todavía más divertida.
XL. ¿Se parece su mal genio al que vemos en el cine? Tiene pinta de tener un brote fuerte…
A.R. El mal genio se me pasa rápido, pero sí que tengo muy mala leche y hay momentos en que no hay quien me aguante. Como me toques los huevos, te enteras. Me puedo cagar en tu puta madre y me quedo tan ancho.
XL. ¡Pues es un ordinario!
A.R. Solo si hay motivo, ¡eh! Muchas veces me pasa viendo el fútbol, vivo los partidos con intensidad.
XL. ¿Votó a Florentino?
A.R. No voté a ninguno.
XL. ¿No se moja para que lo sigan invitando al palco?
A.R. No, no. No voté a nadie porque me iba de viaje ese día y no pude.
XL. No sé si creerle...
A.R. Mira, de haber sido la votación en el Bernabéu hubiera ido, pero tener que ir hasta Valdebebas para votar me parece un disparate. Y que traigan otra vez a Mourinho es lo más lamentable que ha hecho el Madrid en 124 años.
XL. Bueno, dejemos el fútbol... En los últimos años ha superado unos cuantos problemas de salud. No sé si llamarlo 'el inmortal' o 'el pupas'; si tiene buena estrella o malísima…
A.R. Pues depende… o todo a la vez. La verdad es que este año ha sido horroroso y lo he llevado mal en todos los sentidos.
XL. Si le hiciéramos un paneo empezando por las piernas, ¿qué encontraríamos?
A.R. No te puedes ni imaginar. Tengo cicatrices, piezas cambiadas, hierros, placas… y ahora hasta tres bypass. Tengo el pecho rajado de arriba abajo; si quieres, te lo enseño [amaga con abrirse la camisa].
«Como actor es imposible forrarte cuando tienes que pagarle el 50 por ciento a Hacienda. Por lo demás, no creo que haya nadie en mi profesión que tenga un buen vivir sin haber dado el salto internacional»
XL. No hace falta, ya mostró la cicatriz hace poco en televisión.
A.R. No sé si fue una buena idea, se me ocurrió en el momento y enseñé la cicatriz. Me han criticado, pero yo solo quería dar las gracias a los que me operaron.
XL. A quienes le rompieron el esternón para operarlo a corazón abierto…
A.R. Exacto. Ya me habían metido un stent mediante cateterismo por la muñeca, pero esta vez fue mucho más gordo. La ventaja es que tengo el corazón muy bien. Eso me ha salvado; y que me cogieron a tiempo. Mi problema son las coronarias, que se calcifican, se endurecen y se obstruyen. Entonces, te quitan de aquí una vena en buen estado y... mira [se remanga y enseña la pierna]: ¡toca, toca!
XL. No, no toco.
A.R. Que sí, que no pasa nada, toca por encima del calcetín si quieres.
XL. ¡Que no toco!
A.R. Bueno, pues no toques [se ríe]. El caso es que tenía una coronaria calcificada y endurecida desde hacía 30 años. Menos mal que me la pillaron a tiempo.
XL. Después de todo lo que ha vivido, cada vez que lo operan, ¿acude tranquilo o muerto de miedo?
A.R. Cagado no voy, pero fíjate si soy anormal que, cuando me dieron a leer el papel que firmas para consentir la operación, eran tan horrorosos los riesgos que a mi mujer, a mi hijo y a mí nos dio por echarnos a reír. «¡Vamos, que lo normal es que la palmes!» [se ríe]. Pero me lo habían explicado muy bien todo y yo me fío absolutamente de los médicos.
XL. Porque sale vivo de todas…
A.R. Dentro del hospital nunca he estado muy preocupado, acojona más si te pasa algo y no estás en uno. Y si me ingresan en la UVI me siento mucho más tranquilo. En la UVI estoy encantado.
«La gente con otras capacidades puede ser tan maravillosa y espectacular como los demás. A veces hacían lo que les salía de los cojones y la escena era todavía más divertida»
XL. ¿Cuándo empezó a 'coquetear' con la muerte de esta manera?
A.R. Antes de la covid. En 2014 tuve mi primer cáncer gordo, de colon rectal. Gracias a Dios lo tenía muy localizado y sin metástasis; pegado a una pared. El día anterior invité a comer a los médicos, convencido de que no me iba a pasar nada. Y pasó: al irme a operar detectaron una angina de pecho, me metieron en otro quirófano, me pusieron un stent y luego me operaron de cáncer. Si los tíos no se dan cuenta de la angina de pecho, la palmo en la operación.
XL. ¿Más operaciones?
A.R. Las piernas las tengo llenas de clavos. Me estalló el macizo trocantérico, este de aquí [se remanga de nuevo], porque me atropelló un coche, me llevó por delante y me partió por la mitad. Yo tenía veintipocos años.
XL. A esa edad las recuperaciones son más rápidas.
A.R. No está del todo demostrado. Para una buena recuperación influye también que de joven hayas hecho mucho deporte. Yo jugaba mucho al rugby, al tenis, al fútbol… Hice bastante deporte hasta los 40 años.
XL. ¿Es verdad que tiene un trozo de broca clavado en un hueso?
A.R. ¡Uy, sí! Aquello fue tremendo. En una de las múltiples operaciones de la pierna, no estaba dormido del todo y oí a uno que decía: «Pásame la broca del 16». Me iban a hacer agujeros para meter clavos. Y cuando me estaban taladrando el hueso oí un ruido muy raro y sentí que olía a quemado. Se rompió la broca, un trozo se quedó dentro del fémur… y hasta hoy. Mira, toca aquí y notarás los clavos.
XL. ¡Que no toco! Ja, ja, ja. Tengo entendido que un buen día de pesca en un pequeño bote acabó en el hospital.
A.R. Por la emoción de que picara algo me resbalé, me clavé la puta caña en las costillas y se me rompieron tres de ellas. ¡Dolorosísimo!
XL. ¿Llora más de rabia o de dolor cuando le pasan estas cosas?
A.R. No, yo no lloro, yo me cago en todo: de Dios para abajo, en todo. Y tengo comprobado que, cuanto más gritas, menos te duele. A mi amigo le grité un montón de veces: «Te voy a quemar el barco, hijo de puta».
XL. ¿Esa misma pierna le ha dado guerra más veces?
A.R. Sí, pero aquella fue la primera vez que estuve a punto de palmarla. Es más, te voy a contar una cosa que me pasó en el hospital: me vi desde arriba, desde lo alto del cuarto, hundiéndome en la cama con mi padre y mi hermana a cada lado.
XL. ¿Tiene alguna explicación?
A.R. Sí, técnicamente son alucinaciones. Ocurrió que me hicieron una transfusión de un grupo de sangre distinto al mío y me provocó una anemia brutal.
XL. ¿Ha llegado a ver la famosa luz al final del túnel?
A.R. No. Cuando me ingresaron por covid veía el mar. La explicación es que lo veía porque no podía respirar, me ahogaba y lo relacioné con el agua.
XL. ¿Es la vez que peor lo ha pasado?
A.R. Las pasé putas, sí. Llegué a tirar la toalla porque no podía más. Le pedí a un médico que me pegara un tiro y que no se preocupara, que ya había hablado con mi mujer y con un notario para que no le pasara nada a él. El caso es que no me pegó el tiro.
XL. Con la covid tuvo a toda España pendiente de su evolución.
A.R. Estuve 36 días ingresado, 26 de ellos en coma. Ingresé en el Gregorio Marañón con bajísima saturación de oxígeno. No respiraba, era horroroso.
XL. Entre delirios y alucinaciones, ha contado que lo visitaba la familia real inglesa. ¿No le ha echado más literatura de la cuenta?
A.R. ¡Que es verdad, coño, Virginia! Me pasó de verdad. Una rama de la familia Windsor que no había quedado bien económicamente me pedía diez mil millones, no recuerdo si de euros o de libras.
XL. ¡Nada menos! ¿Y qué hizo?
A.R. Fui a pedírselos al alcalde, a José Luis Martínez-Almeida.
XL. ¿Y se los dio?
A.R. Me mandó directamente a tomar por culo, porque el pobre tampoco los tenía. Pero yo lo intenté.
XL. También soñó que Almeida le enterraba tres veces. Reconozca que tiene fijación con el alcalde.
A.R. Soñé que me enterraba en la Puerta de Alcalá. Estábamos negociando el dinero de los Windsor cuando me morí y me enterró allí. Fue un entierro muy parecido al de Tierno Galván, con carroza y caballos.
XL. ¿La medicación que le daban producía esas alucinaciones?
A.R. Sí, pero Almeida me desenterró cuando empecé a mejorar. Cuando empeoraba, me volvía a enterrar; y cuando me recuperaba, me sacaba.
XL. ¿De quién se acuerda cuando se siente morir?
A.R. De mis padres. De hecho, les escribí una carta en la que les decía: «Esperadme, que ya voy para allá con vosotros». Hubo un momento en que me encontraba tan mal tan mal que solo pensaba en ir con ellos.
XL. ¿Cree en el más allá, en la resurrección?
A.R. No, no vamos a resucitar. Sin embargo, aquellos días estaba convencido de que iba a volver a ver a la gente que quería y ya no estaba. Ahora ya no creo en eso.
XL. Cada vez que lo 'resucitan' los médicos, ¿se plantea la vida de otra manera?
A.R. No, después de estas historias lo que no hago son planes. No sabes lo que te va a pasar ni cuándo.
«De premios, me falta el Nacional de Cinematografía. A ver si hay suerte y no la palmo antes»
XL. Debutó en el cine en 1980 con Ópera prima. Una película a la que le costó arrancar...
A.R. Recuerdo que Carlos Ferrando dijo de Óscar Ladoire y de mí que éramos los peores actores que había en España desde la Guerra Civil. Éramos dos tarados que hablaban como la gente de la calle, pero de ahí a ser los peores desde la guerra [se ríe]…
XL. Al final, sin embargo, fue el gran impulso para los dos.
A.R. Si se supiese por qué triunfan unas películas y otras no, las harían los bancos. Un tiempo después, Óscar y yo coincidimos con Ferrando en el baño de un bar, nos pusimos a ambos lados mientras meaba y le preguntamos por su crítica. Estaba acojonado y el cabrón negó que hubiera dicho eso. ¡Pero si estaba escrito! En fin, cosas de juventud…
XL. Nunca tuvo clara su vocación: empezó Derecho, se licenció luego en Ciencias de la Información…
A.R. Nunca pasé por una escuela de teatro, que es donde se forman los verdaderos actores y actrices. Actuaba como era yo, como la gente de la calle.
XL. ¿La clave del éxito para no dejar de trabajar y que lo quiera la gente?
A.R. En mi caso: sentido del humor y buena educación.
XL. ¿Tiene muchas películas prescindibles en su haber?
A.R. ¡Joder!, que digas de alguna que es mala de cojones, pues sí [se ríe]. He visto alguna en una sala con dos personas más. Al rato se levantaron y se fueron, dejándome solo en el cine.
XL. ¿Le afectan las malas críticas?
A.R. Las he tenido malísimas, pero prefiero las buenas. Las malas me las tomo un poco a chufla. Gabino Diego se las aprende de memoria y las recita. Es muy gracioso.
XL. Ha hecho mil personajes, pero el registro de galán brilla por su ausencia. ¿No lo ven en ese papel?
A.R. Muy poco. Será que los galanes calvos no funcionan en el cine [se ríe].
XL. ¿Ha vivido sus 'vacas flacas'?
A.R. Como todo el mundo.
XL. Pero habrá ganado muchísimo dinero. Con Los Serrano tuvo trabajo fijo cinco años, 143 episodios…
A.R. Fue la época en que más he ganado, hace veintitantos años. Pero es imposible forrarse si le pagas el 50 por ciento a Hacienda. Por lo demás, no creo que haya nadie en mi profesión que tenga un buen vivir sin haber dado el salto internacional. Los que lo han hecho sí que tienen un buen patrimonio.
XL. ¿Nunca se lo ha planteado?
A.R. Ni yo me veo fuera ni nadie me ha visto a mí. Además, no sé idiomas.
XL. El final de aquella serie provocó un auténtico shock nacional: un buen día se despierta el padre de los Serrano (usted) y resulta que todo lo ocurrido en las ocho temporadas había sido un sueño. ¡Como para matar a los guionistas!
A.R. Es que estábamos todos agotados y saturados. Ya no se podían retorcer más las tramas, deseábamos que terminara. Rodábamos más de 80 minutos al día. Ya solo faltaba que la abuela se liara con el niño [se ríe]. Y nos empezaban a pasar cosas raras: nos llamábamos fuera del rodaje por el nombre de los personajes, la cabeza nos patinaba con frecuencia… Te voy a dar una exclusiva, los Serrano vamos a ir en octubre a hacer el tonto a la San Diego Comic-Con Málaga.
XL. ¿Su mujer y su hijo se ríen mucho con usted en casa?
A.R. ¡Ni te lo imaginas! En cuanto entro por la puerta y me ven aparecer, se descojonan [se ríe].
XL. Tiene todos los premios habidos y por haber, las grandes cruces…
A.R. El Premio Nacional de Cinematografía todavía no me lo han dado. A ver si hay suerte y no la palmo antes.