Avelino Corma, químico e inventor: «No puedo evitar plantearme problemas y buscar soluciones»
Galardonado con el Premio XLSemanal 2026 de Ciencia e Innovación, es el químico español más internacional y firme candidato al Nobel. Sus investigaciones y sus patentes son claves para fabricar combustibles más limpios.
Avelino Corma (Moncofa, Castellón, 1951) está en su salsa. Se mueve entre reactores –recipientes metálicos que se asemejan a una olla a presión– como un chef entre fogones. Observa, pregunta, corrige. Sus aprendices son estudiantes e investigadores que llevan bata blanca y gafas de seguridad en lugar de delantal, pero el principio es el mismo: aquí se cocina. Lo que sale de estos calderos no es comida, sino los materiales con los que se está reinventando la industria química. Catalizadores, sobre todo, que hacen que una reacción vaya más rápido, consuma menos y deje menos residuos. Y, entre ellos, las zeolitas: unos aditivos que Corma lleva medio siglo estudiando y que están en los nuevos combustibles (e-fuels), detergentes, fármacos, fertilizantes.
XLSemanal. El mundo parece abocado a la peor crisis energética desde 1973.
Avelino Corma. Esta crisis nos saca de una situación de equilibrio en la que nos habíamos acomodado, y eso, dentro de lo malo, puede ser positivo. Nos obliga a replantearnos lo que estamos haciendo. En Europa tenemos que aspirar a ser lo más independientes que sea posible desde el punto de vista energético. No va a ser de hoy para mañana. Pero puede obligarnos a poner más énfasis, más recursos y más urgencia en las renovables y la descarbonización.
XL. Pero el escenario pinta hacia un «sálvese quien pueda», donde lo más urgente es que nos estamos quedando sin reservas de petróleo.
A.C. Cada bloque tiene una lógica propia. En Estados Unidos influye mucho quién gobierna. Probablemente vuelva a las renovables cuando no esté Trump. China, en cambio, tiene una estrategia muy definida. Aprovecha lo que tiene, que es mucho carbón, y al mismo tiempo controla las tecnologías del futuro. Hoy produce la mayor parte de las células fotovoltaicas del mundo y está abaratando el hidrógeno muchísimo más que nosotros.
XL. ¿Y Europa?
A.C. Europa no tiene alternativa. Estados Unidos es un gran productor de hidrocarburos. Tiene reservas, fracking, carbón. Europa no. Europa tiene muy poco margen. Si dependiera del exterior en un 10 o un 20 por ciento en vez de en un 60 o un 70, el impacto de una crisis como esta sería muchísimo menor. Por eso nosotros tenemos que ir sí o sí a las renovables.
XL. ¿Vamos tarde?
A.C. No. Estamos a tiempo.
XL. De su laboratorio han salido más de doscientas patentes, una veintena funcionando industrialmente ahora mismo. ¿Dónde está la frontera entre la ciencia básica y la ciencia aplicada?
A.C. Eso me gustaría saber [ríe]. Cuando yo empezaba, lo importante era la investigación fundamental. Tratar de convertir ese conocimiento en una aplicación estaba bastante menos valorado. Algunos casi lo consideraban una prostitución de la ciencia.
«Antes, como teníamos menos medios, pensábamos más. Yo se lo digo a mis investigadores: primero, leer; después, pensar; al final, hacer. Ahora, todo es muy inmediato»
XL. ¿Lo miraban mal?
A.C. Hubo incluso quien me dijo que me estaba vendiendo al capital.
XL. ¿Qué hizo usted diferente?
A.C. Me di cuenta de que había que dar un paso más: estudiar un problema fundamental, encontrar una solución, desarrollarla, protegerla y sentarse con quien pudiera convertirla en producto. ¿Eso es ciencia básica o aplicada?
XL. Usted dirá…
A.C. Si publicas en las mejores revistas, es investigación fundamental. Si además has sido capaz de convertirlo en una patente y en una solución industrial, también es aplicada. No veo ningún conflicto.
XL. ¿Cuándo se dio cuenta de que aquello funcionaba?
A.C. Cuando empecé a atacar problemas que tenían importancia real en la industria. Yo publicaba, sí, y las empresas empezaron a venir a Valencia para hablar con nosotros.
XL. Imagino que no solo a hablar.
A.C. Eso es. Lo patentábamos, lo ofrecíamos, y eso nos daba ingresos para seguir investigando.
XL. Se especializó en zeolitas cuando nadie más en España les había echado el ojo, ¿por qué?
A.C. Me parecían materiales con enormes posibilidades, porque se parecen a las enzimas de la biología: aceleradores naturales capaces de provocar reacciones químicas con muy poca energía. Recuerdo que un profesor me preguntó: «¿Qué medios tienes?». «Un autoclave y un becario», le dije. Y me contestó: «Mobil Oil (una petrolera estadounidense) tiene doscientos autoclaves y cincuenta personas en eso. ¿Cómo vas a competir?».
«Europa no tiene alternativa: debe ir sí sí a las renovables. Si dependiera del exterior en un 20 por ciento en lugar de en un 70, el impacto de una crisis como esta sería muchísimo menor. Estamos a tiempo»
XL. ¿Y le temblaron las piernas?
A.C. Le dije que competiría pensando; estrujándome la cabeza. Años después acabamos licenciando patentes de zeolitas a Mobil.
XL. ¿Y la industria se las compraba por las buenas?
A.C. ¡Nos costó Dios y ayuda! Cada conferencia era un examen. Cada visita a una empresa, otro examen durísimo. Te sientas delante de quince o veinte expertos que viven de ese tema y empiezan a preguntarte. Si has presentado una idea distinta que cuestiona la manera habitual de hacer las cosas, más vale que la lleves muy bien atada. Nadie te regala nada. Al contrario, te ponen palos en las ruedas.
XL. ¿En esos momentos se sentía solo ante el peligro?
A.C. No, porque estaba arropado. Yo siempre comparo el laboratorio con un equipo ciclista. Hay un líder, pero el líder no es nadie si no está rodeado de buenos escaladores. Son los que te llevan hasta el Tourmalet. Hay momentos malos. Cosas que no salen. Es muy importante que el equipo mantenga el ánimo.
XL. ¿Ha tenido que andar con mil ojos para que no le copien un invento?
A.C. ¡Claro! En los congresos, hasta que no lo tenemos protegido no cantamos. Pero no se nos olvide que los científicos tenemos un ego muy grande. Queremos publicar, que se nos vea, que nos citen. Cuando tienes un descubrimiento, te quema. Nosotros tenemos ahora un hallazgo que a mí me está quemando, y a la oficina de patentes la llamo cada dos días: «Vais lentos, ¿cómo lo lleváis?».
XL. Hay gente que cuenta los años para la jubilación y usted sigue viniendo cada mañana al laboratorio. ¿Qué se le ha perdido aquí?
A.C. Que no puedo evitar plantearme problemas y buscar soluciones. Y el contacto con la gente joven me ayuda a mantenerme vivo. Me canso más que antes. Pero sigo teniendo la misma ilusión con 74 años que a los 20.
XL. ¿Cómo ve a los jóvenes que entran ahora al laboratorio?
A.C. Hoy se compagina mucho mejor la vida personal con la profesional. Pero hay algo que sí noto: antes, como teníamos menos medios, pensábamos más. Yo se lo digo continuamente a mis investigadores. Primero, leer. Después, pensar. Al final, hacer. Ahora, todo es muy inmediato. Y luego está la competencia. Vivimos en un mundo global. O eres mejor que los otros o compites mal. Todos los demás son buenísmos.
«La vuelta a España Al principio fue dura. Y decía en broma –pero no era tanta broma– que mis medios eran los de una droguería. ¿Cómo iba a competir así? Sí había una manera: con ideas originales»
XL. Dice que ahora se compagina mejor. Usted estudió en Valencia, hizo el doctorado en Madrid, el posdoctorado en Canadá… ¿Cómo llevaba lo de la conciliación?
A.C. ¿Eso qué es? [Ríe]. Pero, ojo, que no se me olvidó vivir. Mientras hacía todo eso me enamoré de mi mujer. Nos casamos en el juzgado. La comida fue en casa, con la familia más cercana. Mi madre hizo un puchero. Eso sí, cuando acabó todo, les dije: «Bueno, os dejo». Y me fui al laboratorio.
XL. ¿Y su mujer no protestó?
A.C. Yo le dije que la ciencia venía en el paquete. Cuando ella vino a vivir conmigo a Madrid, yo tenía 31 años y compartía piso con otros dos. Hasta que un día me dijo: «Oye, ya vale». Y nos fuimos a nuestro propio apartamento.
XL. Podría haberse quedado fuera. Tenía ofertas de Canadá, Estados Unidos. Y, sin embargo, volvió. ¿Por qué?
A.C. Porque hay que mirar por el país. Yo soy funcionario porque lo elegí. Podría estar mejor situado y ganar más. Pero creo en la función pública.
XL. Pero una cosa es volver y otra competir desde aquí con Estados Unidos, Alemania, Japón…
A.C. Al principio se hizo muy duro. Yo decía en broma –pero no era tanta broma– que mis medios eran los que podía tener cualquiera en una droguería. ¿Cómo iba a competir así? Solo había una manera: con ideas originales.
XL. Fue un pionero.
A.C. No había más remedio. Me hacía los reactores con mis manos, los soldaba yo mismo. Reparaba equipos como podía. A veces compraba piezas con mi propio dinero. Solo tuve una tentación seria de marcharme, y fue con el 23-F. Llamé a mi profesor en Canadá y le dije: «Si esto va adelante y tú me aceptas, me vuelvo». Cuando salió el rey por televisión y vi que aquello no prosperaba, respiré.
XL. Su juventud parece sacada de una novela de Manuel Vicent.
A.C. Es verdad. Mis padres eran pequeños agricultores. Al venir a Valencia, mi padre compró un secano y lo transformamos entre todos: verduras primero, frutales después, naranjos. Pusimos una tienda. Yo iba con él a la lonja a las cinco de la mañana, cargaba para la tienda y luego salía corriendo a la universidad. Por la tarde, después de prácticas, vuelta a por género, descargar y limpiar. Los sábados ayudaba; los domingos, al campo hasta mediodía. En quinto de carrera le pedí a mi padre tener libre el domingo entero. Me respondió en valenciano: «¿Tú te has pensado que eres hijo de un marqués?».
XL. Tiempos duros…
A.C. Lo eran. Pero esa generación de la que nadie se acuerda hizo posible la siguiente. Nos dieron la posibilidad de estudiar y de vivir mejor.
XL. Cuando se habla de descar-bonizar, ¿solo hablamos de paneles solares y molinos de viento?
A.C. Es mucho más complejo. Por un lado, están las renovables. Pero, por otro, seguimos necesitando carbono.
XL. ¿Pero el carbono no es lo que queremos eliminar?
A.C. Una cosa es el carbono que se quema y va a la atmósfera, y otra el que se usa como materia prima en la industria. La química orgánica está hecha de carbono: los plásticos, los medicamentos, los tejidos sintéticos, los combustibles. Necesitamos átomos de carbono para fabricar todo eso. La cuestión es de dónde los sacas. Hasta ahora los hemos sacado siempre del petróleo, del gas y del carbón mineral. La alternativa renovable es coger ese mismo carbono del aire o de la biomasa, que es dióxido de carbono (CO2) que las plantas ya capturaron al crecer.
XL. ¿Y eso, en concreto, cómo se aplica?
A.C. Tres líneas de trabajo. Células solares más eficientes y baratas. Electrificar todo lo electrificable: no solo procesos químicos, sino industriales en general. Y para lo que no vamos a poder electrificar fácilmente –la aviación, por ejemplo, o la fabricación de fertilizantes, acero, cemento–, producir combustibles e intermediarios químicos a partir de CO2, biomasa e hidrógeno renovable.
XL. El famoso hidrógeno verde.
A.C. El hidrógeno es el combustible más limpio que existe: cuando lo quemas, lo único que sale es vapor de agua. Y se puede fabricar partiendo de la electrólisis. El problema es que esa operación gasta mucha electricidad. Si la electricidad viene de quemar gas o carbón, estás solucionando un problema creando otro: el CO2 lo emite la central térmica, no el tubo de escape, pero lo emites igual. A eso lo llamamos 'hidrógeno gris'. Pero si la electricidad la pones tú con un parque eólico o con paneles solares, entonces sí es hidrógeno verde.
XL. Y aun así no acaba de despegar. ¿Cuál es el cuello de botella?
A.C. El precio, primero. Producir hidrógeno verde sale todavía dos o tres veces más caro que el gris. Y luego está el transporte, que tampoco es trivial. El hidrógeno es un gas tan ligero que se escapa por cualquier rendija. Necesita tuberías especiales, depósitos especiales.
XL. ¿Entonces?
A.C. Hay una alternativa y es no transportarlo solo, sino meterlo dentro de moléculas más estables que ya sabemos manejar. Gasolina, queroseno y metano sintéticos.
XL. Perdone, pero eso suena a combustibles contaminantes…
A.C. No es lo mismo. La gasolina convencional sale del petróleo: su carbono llevaba millones de años enterrado y al quemarla lo devuelves a la atmósfera. La sintética se fabrica con hidrógeno verde y capturando CO2 que ya estaba en el aire, circulando. No suma nada.
XL. ¿Le preocupan los políticos que hacen bandera de negar el cambio climático?
A.C. También hay gente que dice que la Tierra es plana. Pero eso no puede impedir que avancemos en la dirección correcta. Ahí tienen que estar firmes los gobiernos. Y si no están los gobiernos tendrán que presionar los ciudadanos.
El rey de las zeolitas y el orgasmo total
Avelino Corma fundó el Instituto de Tecnología Química (ITQ) en 1990 con una idea que entonces se consideró provocadora: que un laboratorio público podía hacer ciencia de frontera y, además, hablar de tú a tú con la industria. Hoy es referencia mundial en catálisis y materiales para la transición energética. Más de 200 patentes —24 en explotación comercial— avalan medio siglo de trabajo. Corma ha donado a la universidad los royalties que le correspondían: siete millones de euros. El ITQ trabaja en tres frentes para sacar a Europa de su dependencia energética: combustibles sintéticos, queroseno de aviación a partir de biomasa —clave para un sector que no puede electrificarse y del que depende el 15 por ciento del PIB español vía turismo— y metano como vehículo para transportar hidrógeno por la red de gasoductos existente. El producto estrella son las zeolitas: materiales con poros tan diminutos que solo dejan pasar las moléculas del tamaño exacto, como un colador hecho a medida. Sirven para acelerar reacciones químicas y están en la gasolina, el detergente, los fertilizantes y medio botiquín. Una de cada cinco zeolitas lleva su firma. Corma tiene ya todos los grandes: Príncipe de Asturias, Fronteras del Conocimiento, Mejor Inventor Europeo, Medalla de Oro de la Sociedad Europea de Química, y su nombre suena cada año para el Nobel. «A mí lo que más me ha gustado siempre es la faena. Jamás le he pedido a nadie que me presentara a un premio. Si llega, llega. Si no llega, la satisfacción está en publicar. Si patentas el invento y lo aplicas, ya es orgasmo total».