Clima extremo: ¿pueden los ingenieros salvarnos?
Blanqueamiento de nubes, paraguas solares...

Clima extremo: ¿pueden los ingenieros salvarnos?

El mundo ha decidido seguir quemando combustibles fósiles. Con Trump presionando a favor del petróleo y la UE revisando sus compromisos verdes, la pregunta ya no es si podemos evitar el desastre reduciendo emisiones; algo que nunca hemos conseguido aunque llevemos 30 cumbres del clima. La pregunta es si la tecnología puede salvarnos. Aspiradoras de dióxido de carbono, paraguas estratosféricos, 'plantación de nubes' para bloquear el sol... Bienvenidos a la geoingeniería, el plan B para hackear el clima del planeta por si el plan A fracasa. Y está fracasando. 

Carlos Manuel Sánchez

Viernes, 20 de febrero 2026, 10:51

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Solo una vez en la historia, la humanidad ha resuelto un problema atmosférico global: la capa de ozono. Pero lo hizo de la forma más sensata posible: dejando de emitir los gases que la destruyen. Los CFC (los compuestos químicos derivados de hidrocarburos utilizados históricamente como refrigerantes, aerosoles y agentes espumantes) se prohibieron, la industria encontró sustitutos, y el agujero empezó a cerrarse. Ahora, la propuesta es distinta. No se trata de dejar de quemar combustibles fósiles responsables de la emisión de dióxido de carbono (CO2) que genera los cada vez más frecuentes desastres medioambientales. Se trata de seguir con la fiesta y encontrar la manera de evitar la resaca.

Experimento de blanqueamiento de nubes llevado a cabo en San Francisco en 2024.

Hay tres maneras de sortear el problema sin tocar las emisiones. Por tierra: capturar el CO2 y enterrarlo. Por mar: manipular los océanos para que absorban más carbono. Y por aire: hackear la atmósfera para que nos llegue menos sol. ¿Cómo son de efectivos?

Solución I: capturar el dióxido de carbono y enterrarlo a 2600 metros bajo el mar

Noruega prohibió los vertederos de basura en 2009: todo lo que no se recicla se quema en plantas de incineración que generan electricidad y calefacción. Hasta ahí, un modelo envidiable. Pero, a partir de 2029, Oslo va a dar un paso más: capturar el CO2 que sale de quemar esa basura.

El proyecto se llama Oslo Celsius. La idea es instalar un sistema de captura en la planta de incineración de Klemetsrud que atrapará 350.000 toneladas de CO2 al año. Una vez capturado, el gas se licúa, se carga en camiones (por supuesto, eléctricos) y se lleva al puerto de Oslo. Cada cuatro días, un barco lo recogerá y pondrá rumbo a una terminal en Øygarden, cerca de Bergen. Desde allí se bombeará a un yacimiento geológico a 2600 metros bajo el lecho del mar del Norte.

China está desplegando el mayor programa mundial de modificación del clima. Lanza yoduro de plata a las nubes para provocar o evitar lluvias según sus intereses

Esa terminal se llama Northern Lights y está financiada en parte por el Estado noruego. En la actualidad almacena 1,5 millones de toneladas al año, pero se ampliará la capacidad a más de cinco millones a partir de 2028. Tiene acuerdos con Dinamarca y Suecia. Es el germen de la primera red europea de almacenamiento de carbono. Además, Northern Lights ya trabaja con Heidelberg Materials, que ha inaugurado en Brevik la primera cementera del mundo con captura de carbono a escala industrial. La industria del cemento es responsable del 7 por ciento de las emisiones globales de CO2.

Analizando el sol. El observatorio solar Sunrise, lanzado desde el Centro Espacial Esrange en Kiruna, Suecia, es un gigantesco globo de helio que transporta un telescopio que permite explorar la posibilidades de bloquear la luz y el calor del sol.

Aksel Plener es el jefe de operaciones de Northern Lights. Tiene 58 años y ha pasado toda su vida profesional en yacimientos petrolíferos. «Pero no hay vuelta atrás. Y tengo tres hijas muy 'verdes' que no me dejarían», bromea. Reconoce que al principio la transición no fue fácil. «La tecnología era cara e inmadura, y había que convencer a mucha gente. Pero ahora la infraestructura ya está desplegada. Y en el camino, investigando, surgen las sorpresas». Y pone como ejemplo el transporte marítimo: los cargueros usan búnker fuel, muy contaminante… «Por el contrario, el barco de Northern Lights lleva rotor sails, unas columnas blancas giratorias que funcionan como velas, y un sistema de burbujas bajo el casco que reduce la fricción con el agua. La huella de carbono se reduce un tercio».

El proyecto más distópico es el de Israel: crear una 'sombrilla' global de partículas reflectantes que devuelva parte de la luz solar al espacio. La composición de esas partículas es un secreto comercial

En la cercana Islandia, a 35 kilómetros de Reikiavik hay una instalación llamada Orca que aspira CO2 directamente del aire. Unos ventiladores gigantes lo succionan y se inyecta a 700 metros bajo tierra en roca basáltica. En dos años se convierte en piedra. El problema es la escala. Orca captura 4000 toneladas al año. La humanidad emite 37.000 millones. Eso equivale a tres segundos de emisiones globales. Climeworks, la empresa suiza que opera Orca, ha construido una planta mayor llamada Mammoth, diseñada para 36.000 toneladas anuales. Aun así, para capturar las emisiones anuales de la humanidad se necesitarían más de un millón de plantas similares.

En Texas, Occidental Petroleum ha construido Stratos, otra planta de captura directa, financiada por el fondo de inversión BlackRock. Pero el CO2 capturado se bombea al subsuelo para empujar hacia arriba petróleo que de otra forma sería inaccesible. Capturan carbono para extraer más carbono. La CEO de Occidental, Vicki Hollub, admite que el objetivo es «mantener viva la industria del petróleo durante décadas». Según un informe de Amigos de la Tierra, el 81 por ciento del carbono capturado hasta la fecha se ha usado exactamente para eso: para sacar más petróleo. Occidental también vende créditos de carbono. Amazon, Airbus y otras compañías los compran para compensar sus propias emisiones. La pregunta es obvia: si el CO2 que capturas lo usas para sacar más petróleo, que al quemarse volverá a la atmósfera, ¿qué estás compensando exactamente?

Solución II: bajar la temperatura de la tierra con una sombrilla en la estratosfera

En junio de 1991, el volcán Pinatubo explotó en Filipinas y lanzó millones de toneladas de dióxido de azufre a la estratosfera. El gas se convirtió en una niebla de gotitas de ácido sulfúrico que envolvió el planeta como un velo. Esas gotitas reflejaron parte de la luz solar de vuelta al espacio. Resultado: la Tierra se enfrió casi medio grado durante más de un año. La naturaleza demostró que se puede bajar el termostato del planeta. La pregunta es si podemos hacerlo a propósito sin provocar un desastre. Stardust, una start-up israelí, cree que sí. Ha levantado 60 millones de dólares para desarrollar partículas reflectantes que se rociarían en la estratosfera. La idea: crear una sombrilla global permanente que devuelva parte de la luz solar al espacio. La composición de esas partículas es un secreto comercial. La empresa dice que son «seguras para humanos y ecosistemas», pero no muestra sus cartas. No planea desplegarlas ella misma, sino vender el 'kit de herramientas' a los gobiernos.

Solución III: blanquear las nubes para que reflejen el sol

Menos agresivo es el blanquea-miento de nubes marinas, una técnica que consiste en dispersar partículas de sal marina en nubes bajas para aumentar su reflectividad, devolviendo más luz solar al espacio y enfriando la superficie terrestre.

La Universidad de Washington lanzó el primer experimento de blanqueamiento de nubes en 2024, sobre la cubierta del portaaviones desmantelado Hornet, anclado en Alameda (California). De momento solo calibran la máquina que rocía partículas microscópicas de sal marina, midiendo tamaño y concentración. Cuando el agua se evapora, quedan partículas de sal del tamaño de una milésima parte de un pelo humano. La segunda fase, blanquear nubes reales frente a la costa con aviones, está detenida por las protestas ciudadanas. En Australia, un proyecto similar ya está operativo (y cuenta con respaldo popular) para proteger la Gran Barrera de Coral. A diferencia de los israelíes de Stardust, que quieren inyectar partículas en la estratosfera, esto es blanqueamiento de nubes marinas bajas, casi a nivel del mar.

Solución IV: evitar sequías sembrando tempestades

China tiene el mayor programa gubernamental de investigación en geoingeniería. Y en paralelo despliega desde hace años el programa de modificación del clima más grande del mundo: cloud seeding, que consiste en lanzar yoduro de plata a las nubes para provocar lluvias (o evitarlas) donde le interesa. En la actualidad, el programa ya cubre, según China, casi el 60 por ciento de su territorio. Además, ha desplegado 500 cámaras de combustión en el Tíbet para desviar las precipitaciones hacia el norte de China. El problema: esa meseta alimenta los ríos que dan de beber a la India, Tailandia, Vietnam, Camboya... Manipular las lluvias allí puede alterar los monzones de medio continente.

Solución V: añadir hierro al océano

El océano ya absorbe una parte enorme de nuestras emisiones. La idea es ayudarlo. ¿Cómo? Una manera es echar hierro al mar. El hierro es un nutriente: añadirlo hace crecer fitoplancton, que absorbe CO2 al hacer fotosíntesis. Si al morir el fitoplancton se hunde, el carbono queda secuestrado durante siglos. Los experimentos han dado resultados contradictorios: en algunos casos, la biomasa se hundió a más de mil metros. En otros, los restos del fitoplancton flotaron en la superficie durante semanas, creando zonas sin oxígeno donde murió toda forma de vida.

Todos estos proyectos se financian, en parte, con fondos públicos. Pero el grueso del dinero privado viene del mercado de créditos de carbono. Y es muy controvertido, sobre todo desde que primero Wall Street y luego Silicon Valley lo han acaparado. Funciona así: si una empresa no puede reducir sus emisiones, paga a otra para que retire CO2 de la atmósfera en su nombre. Un crédito equivale a una tonelada. Microsoft es el mayor comprador individual del mundo: en 2025 compró más de diez millones de toneladas. ¿Por qué esa urgencia? Porque las grandes tecnológicas prometieron ser carbono-negativas cuando sus emisiones eran mucho menores. Desde entonces, la inteligencia artificial ha disparado su consumo energético. La fecha es 2030. No les da tiempo a reducir emisiones reales, así que compran créditos masivamente. El lado perverso: parte de ese carbono 'compensado' acaba usándose para extraer más petróleo.

Vaclav Smil, el mayor experto mundial en energía, explica por qué nada de esto es sencillo. Nuestra civilización se sostiene sobre cuatro pilares que no se pueden electrificar con la tecnología actual: acero, amoniaco, cemento y plásticos. Eliminar los combustibles fósiles en 2050, sentenció Smil, es una fantasía. Siempre lo fue. David Keith, físico de la Universidad de Chicago, va un paso más allá. Aunque dejáramos de quemar mañana el CO2 que ya hemos lanzado a la atmósfera, seguirá calentando el planeta durante siglos. Reducir emisiones es imprescindible, pero no basta. Pero Keith deja la puerta abierta al optimismo. Y defiende en particular la geoingeniería solar, la vía atmosférica, aunque sea la más radical. «Puede lograr una reducción rápida de daños reales».

Pero los riesgos son serios. Las simulaciones muestran que enfriar una zona puede calentar otra y alterar los patrones de lluvia a miles de kilómetros de distancia. Pero existe también el riesgo moral: la ilusión de que podemos seguir como si nada porque una sombrilla 'mágica' nos protegerá.

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